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El juego lejos de las pantallas sigue siendo una herramienta fundamental de aprendizaje en niños pequeños

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No es una novedad que los niños jueguen. Lo que sí resulta menos evidente es que ese juego, aparentemente improductivo, pueda tener efectos medibles en su desarrollo cognitivo, social y emocional años después de que hayan dejado atrás la etapa preescolar. Un grupo de investigadores de Carolina del Sur se propuso entender precisamente eso: qué sucede con los niños que asisten a programas educativos basados en el juego cuando llegan a la escuela primaria. Y lo que encontraron, aunque con un tamaño de muestra reducido, apunta a que el juego no es un mero entretenimiento, sino una herramienta que moldea la manera en que los niños se relacionan con los demás y con el conocimiento.

El estudio, realizado en 2019 y 2020 en un centro preescolar de Charleston, siguió a un grupo de niños que habían completado el programa y que luego pasaron a kindergarten o primer grado en entornos más tradicionales. Los investigadores entrevistaron a los padres y a los maestros de esos niños, y los resultados fueron consistentes: los padres describían a sus hijos como niños con una capacidad inusualmente alta para la empatía y el liderazgo social. Señalaban que solían tomar la iniciativa en las interacciones y que frecuentemente defendían a los más vulnerables. También destacaban su creatividad e imaginación, cualidades que atribuían, en buena medida, al tiempo prolongado que habían dedicado al juego durante sus primeros años.

Los maestros, por su parte, coincidían en que esos niños llegaban al aula con una actitud autodirigida y un entusiasmo por aprender que no siempre se observa en otros compañeros. Uno de los docentes mencionó la "mentalidad abierta" de los alumnos que habían pasado por el programa de juego, y otro destacó su habilidad para desenvolverse en situaciones sociales complejas con una combinación de compasión y astucia. No se trataba de niños especialmente brillantes en términos académicos, sino de niños que sabían cómo moverse en el mundo de los otros.

La investigación, publicada en 2023, se suma a un cuerpo creciente de evidencia que respalda el enfoque basado en el juego. Un estudio anterior, de 2015, ya había encontrado que los niños que asistían a preescolares con este enfoque obtenían puntuaciones más altas en pruebas de vocabulario y gramática que sus pares de programas más tradicionales.

Y un trabajo de 2021, basado en entrevistas con padres y maestros, describía a los niños de programas lúdicos como "compasivos" y "empáticos", además de hábiles para navegar las relaciones sociales.

Pero, ¿qué es exactamente el juego y por qué tiene estos efectos?

Definirlo no es sencillo. Los expertos coinciden en que el juego es una actividad intrínsecamente motivada, libremente elegida y placentera, pero también flexible, creativa y, a menudo, impredecible. Esa misma falta de rigidez hace que sea difícil de medir y de investigar en entornos escolares, donde los resultados suelen evaluarse con criterios más estandarizados.

Existen, sin embargo, distintas formas de juego. El juego libre, por ejemplo, es aquel que ocurre sin intervención adulta: un niño construyendo un fuerte con ramas en el patio trasero o un grupo de amigos jugando a la escuela. El juego guiado, en cambio, implica cierta dirección por parte de un adulto, como cuando un padre pregunta a su hijo qué más podría añadir a su construcción de Lego para que sea más estable. Y el aprendizaje basado en el juego, que es una categoría más estructurada, tiene un objetivo específico, como clasificar botones por tamaño o color.

El juego dramático, o de simulación, merece una mención aparte. Este tipo de juego, en el que los niños asumen roles de padres, maestros, médicos o cualquier otra figura, ha demostrado ser especialmente eficaz para desarrollar la regulación emocional y la comprensión narrativa. Una maestra de kindergarten citada en el estudio recordaba cómo los niños procesaban eventos traumáticos, como los atentados del 11 de septiembre, a través de recreaciones en la mesa de arena. Ese tipo de actividad, aparentemente simple, les permitía dar sentido a lo incomprensible.

El juego constructivo, por otro lado, es aquel en el que los niños construyen algo, ya sea con bloques, con arte o con cualquier otro material. La investigación longitudinal ha demostrado que jugar con bloques durante los primeros años predice un mejor rendimiento en matemáticas en la escuela media y secundaria. No es que los bloques enseñen matemáticas, sino que desarrollan el pensamiento espacial y la capacidad de planificar, probar y revisar, habilidades que resultan fundamentales para el razonamiento matemático más adelante.

Los beneficios del juego no se limitan a la primera infancia. Un estudio con alumnos de sexto grado encontró que aquellos que aprendieron a resolver problemas jugando a un banco y a un supermercado obtuvieron mejores resultados en evaluaciones posteriores de matemáticas. Y los estudiantes de secundaria que construyeron una montaña rusa para aprender sobre energía cinética y velocidad no solo se mostraron más motivados, sino que también demostraron una comprensión más profunda de los conceptos. El juego, en definitiva, no es algo que se deba dejar atrás al entrar en la escuela, sino una forma de aprendizaje que puede y debe acompañar a los estudiantes a lo largo de toda su vida educativa.

Los adultos, por su parte, tienen un papel que desempeñar en el juego de los niños. La investigación sugiere que los padres y maestros pueden ser de gran ayuda cuando surgen conflictos durante el juego, mediando para que los niños aprendan a comprometerse y a resolver disputas. También pueden enriquecer el juego introduciendo nuevos personajes, vocabulario o ideas, siempre que lo hagan con delicadeza y sin imponerse. Y el juego guiado, en el que un adulto formula preguntas abiertas para estimular la reflexión del niño, ha demostrado ser más eficaz para el aprendizaje de matemáticas que la instrucción directa.

Al final, el juego es una de las pocas actividades en la infancia que combina placer, aprendizaje y desarrollo social. No es casualidad que los niños que juegan más sean también los que llegan a la escuela con una ventaja que no siempre se refleja en las pruebas estandarizadas, pero que se manifiesta en su capacidad para relacionarse, para resolver problemas y para enfrentarse a lo desconocido. Y aunque el juego pueda parecer, a simple vista, una pérdida de tiempo, la evidencia sugiere todo lo contrario: es una inversión en el futuro de los niños, una inversión que, además, no cuesta nada más que el tiempo y la atención de los adultos que los acompañan.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Children's Corner Learning Center

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