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Cinco gestos de cariño al despedir a tus niños en la escuela

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Hay mañanas que se repiten como un déjà vu emocional. Mochilas listas, prisas y, al llegar a la puerta de la escuela, ese nudo en el estómago cuando el hijo se aferra, llora y no quiere soltar. El adulto intenta sonreír, pero por dentro también vive esa despedida como un drama. Esta escena, común en escuelas infantiles y colegios, se debe en gran medida a la ansiedad de separación. Los niños todavía no se sienten lo suficientemente seguros quedándose solos, por lo que separarse de su figura de apego principal activa su sistema de alerta.

La ansiedad de separación suele disminuir alrededor de los dos o tres años, pero en situaciones estresantes o de cambio, como la vuelta al colegio, suele reactivarse porque el niño se siente inseguro. Por ese motivo, esos minutos antes de entrar en clase no son un simple tránsito logístico, sino un momento clave. Lo que se haga en ese instante puede marcar la diferencia.

La despedida matutina es un ritual de seguridad. No tiene que ser perfecto, tan solo predecible y reconfortante. Esas pequeñas acciones contribuyen a regular el sistema nervioso infantil enviándole un mensaje de calma y serenidad.

Mirar a los ojos desde la misma altura

Antes de despedirse del hijo, la recomendación es agacharse y colocarse a su altura para poder mirarlo a los ojos. Parece un gesto simple, pero tiene un impacto enorme. Sentirse "visto" es fundamental para desarrollar la seguridad emocional, según la teoría del apego. Cuando el adulto se inclina y busca el contacto visual, el niño percibe una atención plena. No hay prisas ni distancias, sino conexión. Así también disminuye la sensación de poder y autoridad que suele generar la postura erguida del adulto, sobre todo en momentos de vulnerabilidad.

No hace falta hacer un discurso largo. A veces basta con mirarle y decir: "sé que cuesta, pero estarás bien. Luego vuelvo". No se trata de convencerle, sino de validar lo que siente y transmitirle seguridad.

El beso que se guarda

Quien escribe el texto original recuerda que cuando era pequeña y no quería entrar a la escuela, su madre le dejaba un "beso guardado" para que la acompañara hasta que regresara a recogerla. Ese gesto simbólico la calmaba. Hoy muchos psicólogos infantiles lo recomiendan como una forma de ayudar a los niños a lidiar con la separación, porque representa la presencia de la figura de apego en su ausencia.

Se puede dar un beso en la palma de la mano o "meterselo" en el bolsillo del abrigo. Para los adultos es un simple juego, pero para los niños es una herramienta de gestión emocional muy eficaz. Cuando se sienten ansiosos, temerosos o inseguros, pueden mirar su mano y reconectar mentalmente con el adulto. En cierto modo, es una forma de decirle: "una parte de mí se queda contigo".

Un abrazo breve pero consciente

Los abrazos son una de las formas más poderosas de transmitir emociones sin palabras. Por eso, antes de dejar al hijo en el colegio, se recomienda abrazarlo durante unos segundos. La ciencia ha confirmado que un abrazo libera oxitocina, la llamada hormona del apego, y reduce los niveles de cortisol, asociados al estrés.

Sin embargo, es importante dosificar. Si el abrazo es demasiado rápido, el niño puede percibirlo como frío y sentirse desorientado o incluso abandonado. Si es excesivamente largo, podría transmitirle inseguridad y reforzar la idea de que tiene motivos para preocuparse. Los psicólogos suelen recomendar despedidas afectuosas pero breves. Es un equilibrio delicado en el que se valida la emoción sin amplificar la ansiedad. El consejo es dar un abrazo consciente, sin alargar demasiado el momento del adiós.

Introducir un pequeño ritual divertido puede cambiar por completo el tono de la despedida. Puede ser un choque de pulgares, rozar las narices, hacer una secuencia inventada (mano, beso y guiño) o cualquier otra cosa que se ocurra. A nivel neuropsicológico, este tipo de despedida "secreta" activa el modo conexión y juego en el cerebro, que es incompatible con el estado de alarma. Es decir, desplaza la ansiedad y el miedo sustituyéndolas por emociones más positivas.

Además, implica crear un código único entre el adulto y el niño. Es una forma de decirle: "tenemos algo especial que sigue existiendo aunque no estemos juntos". Esa continuidad emocional es clave en el apego seguro.

La actitud hacia el maestro o la maestra

El último momento, aquel en el que el niño cruza el umbral de la puerta, también comunica mucho. La actitud del adulto hacia el docente influye directamente en cómo el niño percibe ese entorno, sobre todo cuando es pequeño y el adulto es su punto de referencia. Si se saluda con cercanía, se sonríe y se muestra confianza, se está enviando un mensaje extraverbal implícito: "es un lugar seguro y esa persona es de fiar".

Para el niño, que todavía busca en el adulto ese tipo de lectura del entorno, son pistas fundamentales que le ayudan a sentirse más seguro. Cuando se deja al niño en la escuela infantil o en el colegio no solo se separa físicamente, también necesita sentirse seguro a nivel emocional. Con la actitud del adulto, se le está ayudando a confiar en su maestro o maestra, que durante unas horas será la persona que le cuide y le dé tranquilidad. Eso facilita la adaptación.

Lo que no se arregla en un día

Estos pequeños gestos no eliminarán instantáneamente los llantos o la resistencia. Pero irán cambiando la experiencia, de manera que se pase de una despedida improvisada y cargada de tensión a un ritual más predecible que transmite confianza y serenidad. Con el paso de los días, ese momento irá siendo cada vez más llevadero.

La idea no es evitar que el niño sienta ansiedad, sino enseñarle que puede seguir adelante independientemente de ello. Ese aprendizaje, que empieza justo en la puerta del colegio, le acompañará mucho más allá de esas primeras separaciones.

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