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El peso de un nombre extranjero en la escuela

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Para muchos niños, especialmente aquellos de familias inmigrantes o racializadas, la escuela no es solo un lugar de aprendizaje académico, sino también el escenario donde se produce un primer y silencioso ajuste de identidad. Amina Yousaf, profesora e investigadora en Estudios de la Primera Infancia, lo describe a partir de su propia experiencia: «De niña paquistaní que crecía en Canadá, aprendí pronto que mi nombre podía sonar diferente dependiendo de quién lo dijera». Lo que en casa era una sonoridad familiar y profunda, en la escuela se convertía en una versión anglicanizada, una adaptación que muchos asumen para encajar en el espacio profesional y social.

Este fenómeno, que podría parecer un detalle menor, es en realidad una de las primeras formas de microagresión que pueden sufrir los niños en el entorno educativo. Las investigaciones en este campo son concluyentes: la pronunciación errónea, la alteración o el evitamiento del nombre de un niño no son asuntos triviales. Tal y como señala la literatura académica, estas prácticas, a menudo iniciadas o normalizadas por los propios educadores, erosionan el sentido de pertenencia y pueden generar lo que los expertos denominan «vergüenza de identidad».

Yousaf, que escribe desde su doble perspectiva como académica y como persona con esta experiencia, advierte que la intención del educador no anula el impacto. «Cuando un educador tropieza con el nombre de un niño año tras año, o cuando la comida o el idioma de un niño son tratados como algo extraño, estos mensajes se acumulan», explica. Son los cortes más tempranos, los que enseñan al niño, mucho antes de que pueda articularlo, que una parte de sí mismo debe quedarse en la puerta de la escuela.

Frente a esto, las prácticas para construir una verdadera sensación de pertenencia son sencillas pero requieren un compromiso consciente. La investigadora propone tres pilares fundamentales en la educación infantil. El primero es el más básico: aprender y usar el nombre real de cada niño a diario. «Preguntar a los cuidadores cómo se pronuncia, practicar hasta que sea fluido y usar los nombres completos en los saludos y las rutinas», sugiere Yousaf, como actos que refuerzan que cada identidad tiene cabida en el aula.

El segundo pilar es celebrar las lenguas y culturas que los niños traen consigo. Incorporar letreros multilingües, libros bilingües o invitar a las familias a compartir canciones en su idioma de origen durante la asamblea son formas de reflejar que esas lenguas, lejos de ser un obstáculo, son un activo. Finalmente, el tercer pilar apela a la construcción de pequeños rituales diarios: un saludo cálido por la mañana, un breve registro en el que se escuche la voz de cada niño o la colocación de sus fotos y nombres a su altura son gestos que, en su repetición cotidiana, tejen la red de la confianza y la seguridad. «Si queremos que cada niño entre por la puerta con su ser completo, tenemos que mostrarle, cada día, que todo lo que es tiene cabida aquí», concluye Yousaf.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © The Breakie Bunch

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