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Los abuelos de hoy fueron niños más resilientes y no por una educación autoritaria

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Se suele decir que aquellos niños que crecieron en las décadas de 1960 y 1970, los llamados Baby Boomers, hoy muchos de ellos abuelos, tienen una fortaleza superior a la de los niños de hoy en día. No es raro escuchar expresiones como: "Si le hubieran dado una torta a tiempo no sería tan malcriado". Hay quien piensa que la dureza durante la crianza, algo que se veía normal hace unas pocas décadas, era lo que iba a marcar la fortaleza de la persona. Pero lo cierto es que estudios psicológicos han demostrado que no es para nada así. Esa fortaleza está más bien ligada al aburrimiento.

A día de hoy es prácticamente imposible aburrirse. Si el niño llora o se queja, se le da una pantalla para que se entretenga. Puede ser la televisión, el móvil, la tablet, una consola... Cualquier cosa con tal de que "no moleste". Lo que no saben todos los padres que hacen esto es que generan dependencia en sus hijos. Algo que en la generación boomer no existía. En aquel entonces, la imaginación y la creatividad aparecían en cuanto lo hacía también el aburrimiento. Ellos eran capaces de entretenerse por sí solos y gracias a ello desarrollaron autonomía, pensamiento propio e imaginación.

Dejar a los niños aburrirse es bueno para ellos, según coinciden diversos expertos. No se trata de abandonarlos a su suerte, como ocurría en décadas pasadas, sino de ofrecerles espacios sin estímulos constantes para que su ingenio eche a andar. El problema contemporáneo, explican los psicólogos, es que los menores están sometidos a una sobreexposición a pantallas y actividades dirigidas que anulan cualquier atisbo de tiempo vacío. Y ese tiempo vacío, paradójicamente, es el más fértil para el desarrollo de la resiliencia.

La sobreprotección no significa responsabilidad

Un estudio de la Universidad de Wisconsin-Madison junto a la Universidad de Handong, dirigido por los profesores Qi Zhang y Wongeun Ji, puso el foco en la "infancia moderna". Analizaron los resultados de 52 investigaciones y realizaron un metaanálisis para identificar patrones que se repiten entre todos ellos. Según lo que se desprende, los niños cuyos padres han sido demasiado protectores tienden a desarrollar niveles más altos de depresión y ansiedad a medida que van creciendo.

Lo que se detectó en el estudio fueron pequeñas asociaciones de sobreprotección parental y problemas de este tipo. Aunque no se ha demostrado una relación de causa y efecto, a largo plazo podría llegar a ser perjudicial. Los participantes rondaban los 20 años, así que son resultados que reflejan la realidad de adolescentes y adultos jóvenes en la actualidad y en diferentes contextos culturales y económicos, lo que demuestra que no es un fenómeno aislado. Preocupación continua, tristeza o aislamiento social son algunos síntomas que aparecen en estas personas.

Esto no hace más que demostrar que la sobreprotección no es sinónimo de una implicación saludable con los hijos, sino que es una serie de intervenciones constantes que hacen que la persona se sienta minimizada. Pueden ser situaciones desde conflictos entre amigos hasta decisiones más importantes como qué estudiar. De esta manera, aparece la autorregulación, que sería clave para gestionar esos comportamientos por uno mismo. Es lo que defiende Marc Brackett, del Centro de Inteligencia Emocional de Yale, aunque el artículo no recoge sus declaraciones literales.

La importancia del juego libre y el entorno

Otras investigaciones también destacaron algo muy importante que parece nimio: el juego libre. Yeshe Colliver y su equipo realizaron el Estudio Longitudinal de Niños Australianos en 2022 y llegaron a la conclusión de que cuanto más tiempo dedicaban al juego no estructurado, más capacidad de autorregulación desarrollaban con los años. Un segundo factor que influye en todo esto es, por supuesto, el entorno. Un informe del Policy Studies Institute para la Fundación Nuffield, que englobaba 16 países, reveló que cada vez hay normas más restrictivas en los colegios que fomentan evitar riesgos más que el juego activo.

El juego libre, aquel que no tiene reglas impuestas por adultos ni objetivos pedagógicos explícitos, es precisamente el que permite a los niños enfrentarse a pequeños desafíos por sí mismos. Caerse, discutir con un compañero, aburrirse en un columpio, inventar un juego con una caja de cartón: todas esas experiencias, que parecen menores, son las que van forjando la capacidad de gestionar la frustración y de resolver conflictos sin un adulto al lado. Cuando un padre o una madre interviene a la mínima, le quita al niño la oportunidad de ensayar sus propias soluciones.

Los expertos aseguraron que tampoco se trata de dejar a los niños tan "libres", o más bien sin ningún tipo de vigilancia, como se hacía en los años sesenta o setenta. Lo que se debería hacer es ofrecerles oportunidades para que ellos mismos tomen decisiones, afronten situaciones y resuelvan algunos problemas, por supuesto adaptado a su edad. Todo apunta a que la resiliencia se constituye a través de experiencias cotidianas. Y si no dejamos que los más pequeños vivan esas experiencias, entonces es imposible.

También llaman a enseñar y a aprender que el aburrimiento no es algo negativo, pues junto a él aparece el tiempo libre. Dejar que los niños encuentren qué hacer cuando no tienen nada que hacer es muy positivo para la imaginación, el pensamiento simbólico e incluso el desarrollo cognitivo. Actualmente, están bajo estímulos constantes que no dejan que se impliquen tanto en el juego activo. Es también una manera de gestionar emociones negativas. Fomentar ciertos ratos de aburrimiento ayuda a mejorar la tolerancia a la frustración, por lo que crea niños más fuertes.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © theirhistory

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