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“¿Es normal que mi hijo…?” Seis respuestas de una psicóloga para ahorrar preocupaciones

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La crianza -dicen en Ser Padres- llega con su propio fardo de dudas y preocupaciones. Ocurre cuando el hijo hace algo que toma por sorpresa o cuando no se tiene claro si está alcanzando los hitos de desarrollo a su debido tiempo. Entonces, el móvil se convierte en el primer recurso: "¿Es normal que todavía duerma conmigo?", "¿Es normal que haga rabietas a los cuatro años?", "¿Es normal que no coma verduras?", "¿Es normal que no quiera hablar con desconocidos?".

Internet devuelve miles de respuestas. Algunas tranquilizan. Otras alarman. Y no es inusual que, al cabo de diez minutos, un comportamiento perfectamente normal parezca el síntoma de algún problema grave.

Preocuparse por el bienestar de los hijos es completamente normal. De hecho, sería extraño no hacerlo. El problema aparece cuando la búsqueda constante de certezas termina sustituyendo la capacidad para observar realmente al niño que se tiene delante y acalla por completo la herramienta más potente que ha existido durante milenios: la intuición parental.

Jennifer Delgado, educadora, psicóloga y psicopedagoga, ha elaborado una lista de seis respuestas en Ser Padres que, según ella, pueden ahorrar muchas preocupaciones a los padres que viven atrapados en esa espiral de dudas. La primera de ellas es que el hijo no tiene que crecer dentro de una media estadística. Las tablas del desarrollo son herramientas útiles para los profesionales, pero muchos padres las convierten, sin querer, en una especie de carrera por llegar a la meta. Que un niño empiece a leer antes, otro aprenda a caminar un poco más tarde o uno necesite más tiempo para dormir solo o para dejar el pañal no significa automáticamente que exista un problema. El desarrollo infantil no avanza en línea recta, es mucho más parecido a una espiral con subidas, pausas, retrocesos y acelerones. Las diferencias individuales entre un niño y otro suelen ser enormes. Por eso, en vez de preguntarse si algo es normal, solo debería comprobarse si está progresando, aunque sea a su ritmo.

La segunda respuesta apunta a un fenómeno muy extendido: comparar es una de las formas más rápidas de aumentar la ansiedad. Las redes sociales tampoco ayudan. Se ven a diario niños que hablan tres idiomas, comen brócoli con entusiasmo, jamás tienen rabietas, parecen disfrutar recogiendo sus juguetes y obedecen rápidamente. Mientras tanto, el propio hijo acaba de pintar la pared del salón con yogur de fresa. Cada vez que se busca si algo es normal, se está comparando implícitamente al hijo con otros, obviando que cada niño tiene un temperamento distinto, una historia diferente y unas necesidades únicas.

El tercer consejo de Delgado tiene que ver con el equilibrio entre la opinión de los expertos y la observación directa. Los profesionales aportan una experiencia y unos conocimientos imprescindibles. Los psicólogos, pediatras, logopedas y profesores pueden detectar precozmente dificultades del desarrollo, problemas emocionales o trastornos que necesitan atención especializada. Pero existe el riesgo de que cuando se buscan demasiadas opiniones, se deje de observar. Como resultado, se puede acabar conociendo mejor las listas de síntomas que las expresiones faciales del propio hijo.

La cuarta respuesta es quizá la más subjetiva pero también la más poderosa: la intuición parental importa, y mucho. Delgado explica que en todos los casos de trastorno del espectro autista que ha diagnosticado, los padres siempre le comentaban que intuían que algo no iba bien desde muy temprano. Eso se llama instinto parental y es muy difícil que se equivoque. Los padres pasan muchísimo tiempo con sus hijos, los conocen mejor que nadie y se dan cuenta de que algo no encaja mucho antes de que sea evidente para los demás. No obstante, a veces también ocurre lo contrario: las comparaciones externas los hacen dudar. La intuición no sustituye a una valoración profesional cuando existe una preocupación real, pero tampoco debería silenciarse por cada comentario que se lee en Internet.

La quinta advertencia es clara: no convertir cada diferencia en un diagnóstico. Se vive en una época en la que se tiene acceso a muchísima información sobre la salud mental y el desarrollo infantil. Eso tiene enormes ventajas, pero también ha generado un fenómeno curioso: etiquetar cada peculiaridad, llegando a patologizar lo que antes se consideraba normal. Como resultado, un niño tímido ya no siempre es simplemente tímido, tiene ansiedad social. Un pequeño muy activo parece tener TDAH y uno sensible podría tener algún trastorno del procesamiento sensorial. La realidad es que los niños pueden mostrar conductas intensas, extrañas o difíciles en determinados momentos del desarrollo sin que ello represente un trastorno. La frecuencia, la intensidad, el contexto y el impacto en su vida diaria son los elementos que permiten distinguir si se trata de un problema que debe ser evaluado.

El sexto y último consejo resume todos los anteriores: criar al niño que se tiene delante, no al que se imaginaba. Con demasiada frecuencia los padres se agobian en exceso intentando que sus hijos encajen en una idea preconcebida de cómo deberían ser. Quieren que duerman cuando toca, que aprendan las cosas que tocan a determinada edad o que reaccionen como esperan. Pero los niños no vienen con un manual de instrucciones bajo el brazo. Cada uno tiene su propio temperamento, fortalezas, dificultades y manera particular de entender el mundo. Criar consiste menos en moldear a los niños y más en conocerlos.

Delgado recuerda también que confiar en el desarrollo natural no significa ignorar las señales de alarma: la pérdida de habilidades que ya había adquirido, un cambio brusco en su comportamiento, dificultades persistentes que interfieren claramente en su vida cotidiana o simplemente algo que preocupa y no desaparece con el tiempo. En esos casos, merece la pena consultar con un profesional, no para buscar un diagnóstico necesariamente, sino para comprender mejor qué está ocurriendo.

Su recomendación final es simple: la próxima vez que se esté a punto de escribir "¿Es normal que mi hijo...?" quizá es mejor hacer una pequeña pausa para mirarlo jugar, escucharlo, recordar cómo era hace seis meses o qué acaba de pasar en la familia. Preguntarse si realmente se ve un problema o si solo se está intentando calmar la ansiedad por algo que no se conoce bien. La ciencia ofrece herramientas extraordinarias para acompañar la crianza, pero también hay una fuente de información insustituible que conviene no olvidar: la conexión con el hijo.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Negative Space

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