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Pros y contras de negociar con los pequeños de la casa

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La noche se alarga. Son las ocho, o las nueve, o quizás las diez, y lo que debía ser un simple "ve a lavarte los dientes" se ha convertido en una sesión parlamentaria. El niño propone, el niño insiste, el niño contrapropone. "Cinco minutos más". "¿Y si hoy no me los lavo?". "Vale, pero entonces mañana no voy al cole". Los padres, agotados después de un día de trabajo y de apagar pequeños incendios domésticos, se sienten atrapados. Ceder les parece una claudicación. No ceder les parece una renuncia. Y en medio de esa tensión, una pregunta flota en el aire: ¿desde cuándo poner límites se ha convertido en una negociación? Jennifer Delgado, educadora, psicóloga y psicopedagoga, plantea en un artículo reciente que algo se está desdibujando en la crianza contemporánea. 

Señala un posible origen: la confusión entre crianza respetuosa y negociación permanente. En los últimos años, dice, se han popularizado pautas valiosas: escuchar a los niños, validar sus emociones, evitar el autoritarismo. Pero la simplificación de esos principios ha llevado a muchos padres a pensar que para criar bien hay que consensuarlo todo. Delgado lo resume así: "Escuchar a tus hijos no significa someter cada decisión a votación. Validar sus emociones no implica renunciar a poner límites. Y respetar a un niño no exige convertir cada norma familiar en una negociación abierta".

El problema, cuando todo se debate, es que los niños reciben un mensaje confuso. Aprenden que las reglas son flexibles. Que solo tienen que insistir un poco más. No es que pretendan manipular, explica Delgado; simplemente comprenden que, si protestan durante diez minutos, a veces consiguen acostarse más tarde. Y el cerebro registra esa relación: debatir aumenta las posibilidades de salirse con la suya. Con el tiempo, esa insistencia se convierte en la estrategia automática frente a cualquier cosa que no les guste.

Pero hay más. Negociarlo todo agota a los padres. La crianza ya está llena de pequeñas decisiones: qué preparar de comer, cómo encajar los horarios, cómo gestionar las discusiones entre hermanos. Si además cada límite cotidiano exige abrir un debate, la carga parental se multiplica. Lo que debía ser una rutina sencilla termina consumiendo una energía que muchos padres simplemente no tienen al final del día. Y ese cansancio acumulado, lejos de favorecer una crianza positiva, genera estrés.

También se diluye la autoridad. Delgado observa que en los últimos tiempos la palabra "autoridad" genera cierta alergia, como si implicara automáticamente rigidez o control excesivo. Pero aclara: tener autoridad no significa dar miedo, sino generar respeto y transmitir seguridad. Le dice al niño que hay un adulto capaz de gestionar las cosas. Cuando se cede constantemente ante límites y normas básicas, esa autoridad se desdibuja, se invierten los roles y se abre la puerta a la inseguridad.

Delgado no propone eliminar toda negociación. Negociar puede ser muy positivo, dice, porque fomenta la autonomía y desarrolla habilidades de argumentación y persuasión. Lo que propone es delimitar cuándo y sobre qué se negocia. Por ejemplo, se puede negociar si el niño prefiere ducharse antes o después de cenar, si empieza a recoger por los bloques o por los coches, o si apaga la tableta ahora o en cinco minutos. En todos esos casos, el límite central no se discute. Solo se ofrece un margen de elección dentro de una estructura ya definida.

También se puede negociar en aspectos donde la opinión del niño es importante, como la decoración de su habitación, las actividades del fin de semana, la elección de la ropa o cómo organizar sus tiempos de estudio. Pero hay cosas que no deberían estar sujetas a negociación. Delgado propone una pregunta práctica para trazarla línea: "¿Este límite protege la salud y seguridad o garantiza el respeto y el funcionamiento familiar?". Si la respuesta es sí, probablemente no debería negociarse. Ahí entran la higiene básica, el descanso, la seguridad, el respeto hacia los otros, las rutinas esenciales y el cumplimiento de responsabilidades. No se debate si hay que usar el sistema de retención infantil en el coche. No se debate si hay que ir al colegio. Hay cosas que no son opinables.

Y luego están las estrategias para poner límites sin entrar en debates eternos. Delgado sugiere anticiparse: muchas luchas de poder aparecen cuando el límite surge de repente. Un aviso con tiempo ("en diez minutos debes apagar el móvil") hace la transición más sencilla. También recomienda hablar menos durante el conflicto: los discursos largos suelen empeorar las cosas. Mensajes breves como "entiendo que quieras seguir jugando, pero ahora toca dormir" funcionan mejor, porque son empáticos pero firmes. Y aconseja mantener la calma. Si el padre se enfada, el conflicto se convierte en un choque emocional. Un tono sereno reduce la tensión y se convierte en un ejemplo de autorregulación.

Delgado cierra con una reflexión sobre la visión a largo plazo. Educar, dice, no va de convertirse en un negociador experto, sino de ayudar a los hijos a desarrollar habilidades para la vida: tolerancia a la frustración, capacidad para aceptar límites, convivencia, posposición de deseos, entender que no todo gira alrededor de ellos. Todo eso se puede enseñar con cariño, empatía y respeto, pero también con firmeza. Criar de forma respetuosa no significa decir sí a todo ni tener que justificar cada decisión. A veces, la mejor respuesta es la más simple: "sé que no te gusta, pero es lo que tenemos que hacer ahora". Esa frase, admite Delgado, quizá no ganaría un debate de argumentación. Pero tiene el poder de devolver el orden y la calma al hogar.

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