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Neuropediatras alertan del “autismo digital infantil” por el abuso de pantallas

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La consulta de neuropediatría ha cambiado en los últimos años. No solo por el aumento de diagnósticos de trastorno del espectro autista, sino por el perfil de algunos de los niños que llegan. No tienen una base neurobiológica clara. No presentan los marcadores genéticos que a veces acompañan al autismo. Pero muestran síntomas muy similares: no responden cuando se les llama por su nombre, evitan la mirada, prefieren el aislamiento. Y todos tienen algo en común. Pasan muchas horas frente a una pantalla.

La Sociedad Española de Neurología Pediátrica (SENEP) ha enviado un comunicado con motivo del Día Mundial de Concienciación del Autismo, que se celebró este mes de abril. En él, alertan de un aumento de casos en las consultas de lo que denominan "autismo digital". El término, advierten, no constituye una categoría diagnóstica oficial. No está en el DSM-V. Pero describe una realidad que los neuropediatras ven cada vez más: niños pequeños con conductas que imitan al trastorno del espectro autista (TEA) asociadas a un uso abusivo de dispositivos electrónicos a edades tempranas.

Begoña Huete, cocoordinadora del Grupo de Trabajo de Trastornos del Neurodesarrollo de la SENEP, explica que el uso sin medida de las pantallas interfiere en los procesos más importantes del neurodesarrollo, especialmente en los relacionados con la interacción social recíproca. "Los niños que pasan largas horas frente a los estímulos digitales pueden mostrar una falta de respuesta al nombre, escaso contacto ocular, y una preferencia por el aislamiento, que imitan a las conductas autistas", advierte esta neuropediatra.

El cerebro infantil, recuerda Huete, requiere interacción humana cara a cara para aprender no solo el lenguaje expresivo, sino también la pragmática del lenguaje, la atención conjunta y la regulación emocional. "Cuando estos estímulos naturales son sustituidos por una pantalla, lo que vemos es un 'retraso' en el desarrollo de las áreas prefrontales que, afortunadamente, en muchos casos puede revertirse retirando las pantallas, y a través de programas de estimulación", afirma. Añade que "esto debería hacernos conscientes de la importancia de educar a las familias sobre los riesgos de la digitalización precoz".

El informe PASOS Longitudinal 2022-2025, el primero en España que analiza la evolución de los estilos de vida y el estado ponderal, reveló un aumento claro del uso de pantallas en niños: 11,33 horas a la semana. Eso equivale, según los cálculos de los investigadores, a 25 días completos adicionales al año frente a una pantalla.

La Asociación Española de Pediatría ha elaborado un documento con recomendaciones por edades. Para los niños de 0 a 6 años, no se recomienda el uso de ninguna pantalla. Como excepción, se podría utilizar con fines concretos de contacto social (una videollamada, un cuento o una canción) y siempre acompañado de un adulto. De 7 a 12 años, el máximo de uso recomendable es de una hora diaria, incluyendo el período escolar. No se debe tener acceso ilimitado a Internet. Se deben establecer límites de contenido, tiempo y lugar de uso. De 13 a 16 años, se recomienda un máximo de dos horas diarias, también incluyendo el período escolar. Es aconsejable la supervisión por parte del adulto, al menos con herramientas de control.

En España, se estima que el autismo afecta a 1 de cada 100 personas, lo que implica una población de aproximadamente 500.000 personas en el país. Huete pone sobre la mesa el aumento progresivo de los diagnósticos de TEA durante las últimas dos décadas, un incremento que, precisa, no responde a un único factor etiológico. Menciona la transición de los criterios del DSM-IV al DSM-V en 2013, que supuso la fusión de categorías que previamente eran independientes, como el síndrome de Asperger y el trastorno generalizado del desarrollo no especificado, bajo el paraguas único del TEA. Eso, dice, "ha permitido incluir perfiles con sintomatología más sutil que antes quedaban fuera de los sistemas de apoyo".

También destaca que la formación de los neuropediatras ha mejorado, lo que permite identificar signos que antes se atribuían a otros trastornos del aprendizaje o del lenguaje. "La mayor concienciación a nivel social también juega un papel clave, y los padres y educadores están hoy en día más alerta ante las señales de riesgo, lo que ha reducido la edad media de sospecha, aunque el diagnóstico final sigue estando en torno a los 4-5 años", puntualiza.

El diagnóstico del TEA, recuerda, es fundamentalmente clínico a través de los criterios DSM-V, pero necesita un proceso riguroso para descartar comorbilidades y establecer una etiología cuando sea posible. "Es el neuropediatra el encargado de dicho proceso realizando una evaluación multidisciplinar, que incluye: la historia clínica detallada, la observación del comportamiento, y la exploración física y neurológica minuciosa, buscando estigmas cutáneos, rasgos dismórficos que sugieran síndromes genéticos, o alteraciones en el perímetro cefálico", explica. Y concluye: "El neuropediatra no solo hace el diagnóstico, sino que coordina la derivación a otros especialistas como logopedas, psicólogos, y terapeutas ocupacionales, asegurando un plan de acción coherente y basado en la evidencia".

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Werner Pfennig

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