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Niños que muerden: Cómo evitarlo

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El niño o niña muerden. Los padres se sobresaltan. La "víctima" llora.

La escena se repite en preschools, guarderías y salas de estar de todo el mundo, y quienes la presencian suelen quedarse con una pregunta clavada: ¿por qué lo ha hecho y cómo se detiene?

La respuesta, según los especialistas, no es única. Los niños muerden por razones muy distintas, y entender cuál es el motor detrás del mordisco es el primer paso para que el comportamiento desaparezca.

Christy Campo, responsable del departamento de vida infantil del Hospital Infantil Rady, distingue al menos cuatro categorías: exploración, frustración, impotencia y estrés.

En los más pequeños, los bebés y los niños de alrededor de un año, morder suele ser un acto de exploración. El mundo se conoce con la boca, y un brazo, un juguete o un dedo son simplemente objetos que merecen ser mordisqueados. No hay mala intención, ni siquiera conciencia del daño.

En estos casos, la recomendación de los expertos es mantener una reacción calmada y breve: un "no, morder duele" sin aspavientos. Una reacción exagerada, por el contrario, puede convertir el mordisco en un juego. Lo que funciona es ofrecer alternativas seguras para morder, como anillos de dentición o paños húmedos y fríos.

La frustración es otro desencadenante común. Los niños de dos o tres años aún no tienen las palabras para decir "quiero eso" o "estoy cansado". Morder se convierte en un impulso, una respuesta automática ante una emoción que no saben gestionar. Compartir un juguete, estar demasiado estimulados, pasar hambre o atravesar una transición (como dejar el parque para ir a casa) pueden provocar el mordisco. En estos casos, la respuesta debe ser neutra y firme, retirar al niño de la situación y permanecer cerca para que pueda "tomar prestada" la calma del adulto. Una vez que se haya tranquilizado, se pueden empezar a modelar palabras o gestos sencillos como "ayuda", "para" o "ya está".

Hay también mordiscos que nacen de la impotencia. Suceden cuando un niño se siente pequeño, ignorado o arrollado por otros, a menudo hermanos mayores o compañeros más dominantes. En estos casos, lo fundamental es asegurarse de que el niño se sienta seguro y apoyado, y enseñar a los mayores a interactuar con más suavidad. Después del mordisco, se puede practicar con el niño formas asertivas de pedir ayuda o detener una situación que no le gusta.

El cuarto tipo es el mordisco vinculado al estrés. Los cambios importantes, como la llegada de un hermano, el inicio de la guardería, una mudanza, el cansancio o una enfermedad, pueden desbordar a un niño y hacer que morder sea su señal de alarma. En estos casos, los expertos recomiendan empezar por lo básico: comprobar si tiene hambre, si necesita descansar o si el entorno es demasiado estimulante. Observar los patrones, qué sucede justo antes del mordisco, ayuda a anticiparse.

Poner nombre a la emoción ("estás cansado", "estás enfadado") y establecer un límite claro ("morder no está bien") son pasos que, acompañados de la cercanía del adulto, van enseñando al niño a regularse.

Los especialistas insisten en que los niños menores de tres años no pueden regularse solos. Necesitan que un adulto les preste su calma, los retire del lugar y se quede con ellos hasta que se serenen. La respiración profunda y las habilidades de afrontamiento son aprendizajes que requieren compañía.

La buena noticia es que, salvo en casos puntuales, morder es una fase.

Si el niño muerde con frecuencia, con mucha fuerza, si sigue haciéndolo después de los tres años o si muestra retrasos en el habla o dificultades sensoriales, los pediatras recomiendan buscar orientación.

Pero en la mayoría de los casos, con respuestas tranquilas, consistentes y un conocimiento de lo que motiva al niño, el comportamiento se desvanece por sí solo.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © PGA Dentistry

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