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Cómo gestionar una rabieta en público sin perder el control

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Cualquier padre o madre ha vivido el momento de tensión que supone una rabieta infantil en un lugar público. La sensación de urgencia por detener el llanto o los gritos, sumada a la presión de las miradas ajenas, puede llevar a reacciones que, lejos de solucionar el problema, lo agravan a largo plazo. Una psicóloga ha identificado los cinco errores más comunes en estas situaciones y propone alternativas basadas en la regulación emocional.

El primer error, y quizás el más habitual, es ceder a la petición del niño únicamente para que cese el "espectáculo". Aunque comprensible por el agotamiento, esta acción refuerza la conducta. El cerebro infantil aprende rápido: si tras la rabieta llega la recompensa, la estrategia se repetirá con mayor intensidad. La alternativa no es ignorar al niño, sino mantener el límite con calma. Frases como "entiendo que quieres eso" seguidas de un "pero hoy no lo vamos a comprar" validan la emoción sin ceder al contenido de la demanda.

El segundo error es intentar razonar o dar largas explicaciones en medio del estallido. Durante una rabieta, el niño sufre un "secuestro emocional": la amígdala toma el control y la parte racional del cerebro se desconecta. Por ello, intentar argumentar es contraproducente. La psicóloga recomienda usar frases cortas y directas, bajar el tono de voz y, si el niño lo permite, ofrecer un abrazo. El objetivo no es enseñar en ese momento, sino contener y calmar el sistema nervioso.

Gritar o perder el control es el tercer error. Esto provoca una escalada o "desregulación compartida", donde el adulto entra en el mismo estado de activación que el menor. La función del adulto debe ser la de un "regulador externo", un punto de estabilidad. Respirar más profundo y lento, hablar menos y bajar el volumen son herramientas más efectivas que el grito.

El cuarto error, muy específico de los espacios públicos, es preocuparse más por la reacción de la gente que por la necesidad del niño. La vergüenza o la presión social llevan a respuestas rígidas o inconsistentes. La psicóloga recuerda que el niño no intenta desafiar al entorno, sino que está desbordado. Centrar la atención en el hijo, ignorando la "audiencia", y si es posible, alejarse físicamente del lugar, son las mejores estrategias.

El quinto y último error es amenazar con castigos imposibles o con el abandono, como decir "me voy sin ti". En plena desregulación, el niño interpreta estas frases como una posible ruptura del vínculo, generando ansiedad y miedo. La autoridad se construye con coherencia, no con amenazas. Si hay una consecuencia, debe ser real, breve y aplicable después del episodio. La estructura es la clave: "cuando te calmes, hablamos". El mensaje final debe ser de acompañamiento: "te entiendo, pero el límite se mantiene".

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Arzella BEKTAŞ

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