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El castigo físico a niños sigue siendo una realidad: 1.200 millones de víctimas, según la OMS

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En pleno siglo XXI, cada año, aproximadamente 1.200 millones de niños de entre cero y dieciocho años, en todo el mundo, son sometidos a castigos corporales en sus propios hogares. La cifra, que maneja la Organización Mundial de la Salud, abarca todos los rincones del planeta y afecta por igual a niñas y niños, así como a menores de familias ricas y pobres. En algunos países, además, casi todos los estudiantes declaran haber recibido golpes por parte del personal de sus escuelas.

La definición de castigo físico o corporal no admite ambigüedades. El Comité de los Derechos del Niño de Naciones Unidas, que supervisa el cumplimiento de la Convención sobre los Derechos del Niño, lo describe como "cualquier castigo en el que se utilice la fuerza física y se pretenda causar algún grado de dolor o molestia, por leve que sea".

Según este comité, la mayoría de las veces se trata de golpear a los niños con la mano o con algún objeto como un látigo, un palo, un cinturón, un zapato, una cuchara de madera o cualquier elemento similar.

Pero también pueden incluirse patadas, sacudidas, lanzamientos al suelo, arañazos, pellizcos, mordiscos, tirones de pelo, golpes en las orejas, forzar al niño a mantener posturas incómodas, quemaduras, escaldaduras o la ingestión forzada de cualquier sustancia.

El comité advierte además de que otras formas de castigo no físicas también pueden ser crueles y degradantes. Entre ellas se incluyen los castigos que humillan, denigran, señalan, amenazan, asustan o ridiculizan al niño. Estas prácticas, según el organismo, suelen acompañarse y solaparse con el castigo físico.

Las estadísticas globales ofrecen datos concretos. Alrededor del diecisiete por ciento de los niños han sufrido castigos físicos severos en el último mes. Se entiende por severos aquellos golpes en la cabeza, la cara o las orejas, o aquellos que se aplican con fuerza y de manera repetida. Las amplias diferencias que existen entre países, regiones y periodos de tiempo indican, según la OMS, que gran parte de esta carga es evitable y que se pueden lograr avances significativos mediante acciones específicas.

Salvo en algunos países donde las tasas entre niños son más altas, los resultados de encuestas comparables muestran que la prevalencia del castigo corporal es similar para niñas y niños. Los niños pequeños, de dos a cuatro años, tienen la misma probabilidad, y en algunos países incluso más, que los niños mayores de cinco a catorce años de estar expuestos a castigos físicos, incluidas las formas más duras. La mayoría de los niños están expuestos tanto a castigos físicos como psicológicos.

Muchos padres y cuidadores declaran utilizar medidas de disciplina no violentas, como explicar por qué el comportamiento del niño estaba mal o retirarle ciertos privilegios, pero estas medidas suelen usarse en combinación con métodos violentos. Los niños que solo reciben formas de disciplina no violentas son una minoría.

En el ámbito escolar, los estudios han demostrado que la prevalencia del castigo corporal a lo largo de la vida supera el setenta por ciento en África y Centroamérica. En las regiones de la OMS del Mediterráneo Oriental y el Sudeste Asiático, la prevalencia en el último año supera el sesenta por ciento. En cambio, en la región del Pacífico Occidental de la OMS se registran tasas más bajas, con una prevalencia a lo largo de la vida y en el último año de alrededor del veinticinco por ciento.

El castigo físico parece ser muy frecuente tanto en los niveles de primaria como de secundaria.

Las consecuencias de estos actos no son menores. El castigo corporal desencadena efectos psicológicos y fisiológicos dañinos. Los niños no solo experimentan dolor, tristeza, miedo, ira, vergüenza y culpa, sino que la sensación de amenaza también genera estrés fisiológico y activa las vías neuronales que ayudan a enfrentar el peligro. Los niños que han recibido castigos físicos tienden a mostrar una alta reactividad hormonal al estrés, sistemas biológicos sobrecargados —incluidos los sistemas nervioso, cardiovascular y nutricional— y cambios en la estructura y función del cerebro.

A pesar de su amplia aceptación social, las nalgadas o golpes suaves con la mano también están vinculados a un funcionamiento cerebral atípico, similar al que producen los malos tratos más graves. Esto contradice el argumento, frecuentemente citado, de que las formas menos severas de castigo físico no son perjudiciales.

Un amplio conjunto de investigaciones muestra vínculos entre el castigo corporal y una amplia gama de resultados negativos, tanto inmediatos como a largo plazo. Entre los daños físicos directos se incluyen lesiones graves, discapacidades permanentes o la muerte. Entre los daños físicos indirectos figuran el desarrollo de cáncer, problemas relacionados con el alcohol, migrañas, enfermedades cardiovasculares, artritis y obesidad que se prolongan hasta la edad adulta. En el plano de la salud mental, se han documentado trastornos de conducta y de ansiedad, depresión, desesperanza, baja autoestima, autolesiones e intentos de suicidio, dependencia del alcohol y las drogas, hostilidad e inestabilidad emocional que también continúan en la vida adulta.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Pragyan Bezbaruah

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