Cuando los hombres dejaron de tener más niños que las mujeres
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Durante décadas, la demografía tuvo una certeza estadística casi inquebrantable: si se miraba el promedio global, los hombres tenían ligeramente más hijos a lo largo de su vida que las mujeres. Era una cuestión de números brutos, de supervivencia, de la manera en que la población se distribuía por edades. Pero esa certeza se ha desvanecido.
Y el punto de inflexión, según un nuevo estudio publicado en la revista "PNAS", ocurrió el año pasado, en 2024.
Por primera vez en la historia registrada, el promedio de hijos que se espera que tenga un hombre a lo largo de su vida ha caído por debajo del promedio que se espera de una mujer. El cruce ya se ha producido. Y los investigadores del Instituto Max Planck de Investigación Demográfica, liderados por Henrik-Alexander Schubert, llevan meses revisando los datos para confirmar lo que sus modelos llevaban tiempo anticipando.
Para entender la magnitud de este cambio, hay que recordar cómo se mueven las cifras habitualmente. La tasa global de fecundidad en mujeres es una métrica conocida. En 1950, una mujer tenía de media unos 4,9 hijos. Para 2023, esa cifra se había reducido a 2,3. Pero ¿qué pasa con los hombres? La respuesta no es tan sencilla, porque no existe un registro directo equivalente. Los investigadores tuvieron que inferir estos datos a partir de las estadísticas femeninas y las estructuras de población. Y lo que han encontrado es una tendencia imparable.
La razón de este vuelco no es que los hombres sean menos fértiles biológicamente hablando, ni que estén teniendo menos hijos por decisión propia en términos relativos. La explicación es más estructural y tiene que ver con una palabra clave: supervivencia. Durante generaciones, la mortalidad infantil y juvenil afectaba más a los varones. Aunque nacen naturalmente unos 105 niños por cada 100 niñas —una proporción biológica que compensa esa mayor fragilidad masculina inicial—, muchos de esos niños no llegaban a la edad adulta reproductiva. El excedente masculino se diluía.
Pero eso ha cambiado. La mortalidad ha caído en picado en casi todo el mundo. Los niños que nacen ahora, en su inmensa mayoría, llegan a la edad de procrear. Eso significa que ese excedente inicial de 105 varones por cada 100 mujeres ya no desaparece en la infancia. Se mantiene, se consolida, y llega hasta los veinte, los treinta y los cuarenta años.
Hay más hombres adultos en relación con mujeres adultas. Y al haber más hombres, el promedio de hijos por cada uno de ellos se diluye entre una base mayor.
"El hallazgo clave es que estamos observando un cambio de una tasa de fertilidad total más alta entre los hombres a una tasa más alta entre las mujeres, que ha ocurrido globalmente en 2024", explicó Schubert en un comunicado. "Este cambio está impulsado por un aumento en la proporción de hombres en la población".
Sin embargo, esta media global esconde realidades muy distintas según el lugar del mundo en el que se mire. En Europa y América del Norte, el cruce no es noticia nueva. En la mayoría de estos países, la balanza se inclinó del lado de las mujeres hace décadas, principalmente en los años sesenta y setenta del siglo pasado. En cambio, en gran parte de Asia, la transición es reciente, casi de ayer. Y en África subsahariana, donde las tasas de mortalidad siguen siendo comparativamente altas, se espera que este fenómeno no se produzca hasta después del año 2100.
Hay un factor adicional que agrava el desequilibrio en algunas regiones: la selección del sexo mediante el aborto. En países como China o Vietnam, la proporción de nacimientos en 2023 era de 110 niños por cada
100 niñas. Esto, sumado a la mayor supervivencia, genera una auténtica montaña de varones en edad reproductiva sin una correspondiente montaña de mujeres. Según Schubert, una parte sustancial de la población mundial vive en países con diferencias significativas entre la fertilidad masculina y la femenina, y después de 2030, más de la mitad de la humanidad residirá en esos territorios.
Las consecuencias de esta brecha no son meramente académicas. El estudio advierte de algo que los gobiernos deberían empezar a planificar ya: una cohorte creciente de hombres que llegarán a la vejez sin haber tenido hijos y, por lo tanto, sin redes de apoyo familiar tradicionales. En sociedades donde el cuidado de los mayores recae en la descendencia, este colectivo quedará desprotegido. La demanda de cuidados institucionales se disparará en las próximas décadas, y los sistemas públicos no están preparados para absorber ese golpe.
"En la mayor parte del mundo occidental las diferencias son muy modestas, y la masculinización de la población tendrá solo implicaciones menores para la falta de hijos a nivel nacional", matiza Schubert. Pero añade que los casos extremos afectan a una porción enorme del globo. Y en esos lugares, donde la preferencia por los hijos varones sigue vigente y el aborto selectivo es una práctica real, las políticas públicas deberán centrarse en fortalecer la posición social de las mujeres. No es solo una cuestión de justicia. Es una ecuación demográfica que, si no se aborda, producirá una generación entera de hombres solos en la vejez.
El estudio del Max Planck no solo cambia la forma en que entendemos los promedios de fertilidad. Señala un mundo donde los papeles se han invertido. Durante milenios, los hombres procrearon más porque muchos de ellos morían antes de hacerlo. Ahora que viven más, el cálculo se ha roto. La estadística ha mirado al espejo y ha visto que la imagen ha cambiado.
Artículo 3: Lo que pasa en el cerebro de un niño cuando abraza una muñeca (y que no pasa con una pantalla)
En la sala de estar, sobre la alfombra, se desarrolla una escena que cualquier padre reconoce al instante. Una niña de cinco años sostiene dos muñecas. Una le habla a la otra con voz grave, luego cambia el tono a uno agudo para responder. No hay guion, no hay directrices. Hay un murmullo constante, un diálogo inventado sobre quién se cayó, quién tiene hambre o quién se siente triste. Al otro lado de la misma habitación, un niño de la misma edad tiene los ojos fijos en una pantalla táctil. Sus dedos deslizan, juntan, destruyen y construyen elementos virtuales. No emite sonidos dirigidos a nadie.
Durante años, el sentido común de muchos padres ha inclinado la balanza hacia la pantalla. Al fin y al cabo, hay aplicaciones educativas diseñadas por pedagogos, juegos que prometen mejorar la coordinación o introducir conceptos matemáticos. La muñeca de trapo, en cambio, suele ser vista como un juguete pasivo, un simple acompañante, algo "solo para divertirse" sin un propósito claro de desarrollo cognitivo.
Un equipo de investigadores, entre los que figuran Sarah Gerson, Ross E. Vanderwert y Salim Hashmi, ha puesto esta percepción patas arriba. En una serie de estudios publicados recientemente, los científicos compararon el impacto del juego con muñecas frente al juego con tablets en niños de entre cuatro y ocho años. Y los resultados, lejos de ser anecdóticos, sugieren que el juego tradicional de imitación tiene un efecto medible y positivo en una habilidad crucial para la vida: la capacidad de entender lo que otra persona está pensando o sintiendo.
El diseño del experimento fue cuidadoso. Primero, los investigadores evaluaron a los participantes para medir su "teoría de la mente", es decir, su capacidad para comprender que otras personas pueden tener creencias, deseos e intenciones distintas a las suyas propias. Este es un hito fundamental en el desarrollo social infantil. Un niño que entiende que su madre no sabe dónde escondió el juguete, o que su amigo está enfadado porque él rompió algo sin querer, está usando esta habilidad.
Después de esa evaluación inicial, los niños fueron divididos aleatoriamente en dos grupos. A uno se le entregó un conjunto de muñecas para jugar en casa. Al otro, una tableta con juegos creativos de mundo abierto. No hubo instrucciones específicas sobre cómo jugar. Los padres solo tenían que registrar la frecuencia y las condiciones del juego. La idea era observar el comportamiento natural.
Seis semanas después, los niños volvieron al laboratorio. Repitieron las pruebas sobre comprensión de estados mentales ajenos. La diferencia fue significativa. Los niños que habían jugado con muñecas mostraron una mejora notable en su capacidad para entender las perspectivas de los demás en comparación con aquellos que habían usado las tabletas.
Los investigadores no especulan con mecanismos mágicos. Apuntan a algo más concreto: cuando un niño juega con una muñeca, incluso cuando está solo, activa las áreas del cerebro vinculadas al procesamiento social.
Estudios previos de neuroimagen realizados por el mismo equipo ya habían detectado que el juego con muñecas genera un aumento del lenguaje interno sobre pensamientos y emociones. Los niños hablan más sobre lo que los personajes "sienten" o "quieren". Inventan conflictos y los resuelven. Ensayan interacciones humanas complejas en un entorno de bajo riesgo.
La tableta, por el contrario, aunque ofrece estímulos y recompensas inmediatas, no fomenta ese ensayo de la intersubjetividad. Los juegos digitales, incluso los más creativos, suelen presentar problemas que se resuelven con acciones físicas (tocar, arrastrar, combinar), no con la negociación emocional entre personajes.
Para los padres, las implicaciones son tranquilizadoras en un sentido paradójico. No hace falta llenar la habitación de juguetes caros con certificados pedagógicos. El juego "tonto" de las muñecas, ese que a veces los adultos intentan redirigir hacia actividades más "productivas", está construyendo algo valioso. Está entrenando la empatía. Está enseñando al niño a ponerse en el lugar del otro, una habilidad que necesitará décadas después para resolver una disputa laboral, para consolar a una pareja o para simplemente convivir en una sociedad fracturada.
"Estos hallazgos sugieren que el juego con muñecas puede apoyar activamente el desarrollo de la comprensión social", concluyen los autores del estudio. Y añaden algo que debería grabarse en madera en las salas de espera de los pediatras: el juego no es solo un entretenimiento previo a la vida real. La vida real, en gran medida, se ensaya en esos diálogos susurrados entre dos trozos de tela rellenos de algodón.
Mientras una pantalla estimula los reflejos y la atención, una muñeca estimula la humanidad. Y en un mundo que se jacta de estar cada vez más conectado pero que se siente cada vez más solo, la capacidad de entender al otro no es un lujo. Es casi un salvavidas.
© SomosTV LLC-NC / Photo: © Needpix.com






















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































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