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Las catorce razones para leer cuentos a los niños desde sus primeros días

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La autora francesa Francine Ferland ha escrito un pequeño libro titulado "Raconte-moi une histoire : pourquoi ? laquelle ? comment ?" (Cuéntame un cuento: ¿Por qué? ¿Cuál? ¿Cómo?) con un objetivo claro: ayudar a padres y docentes a elegir las historias que se les leen a los niños en función de su edad. En sus páginas, esta autora propone referencias de autores de literatura infantil poco convencionales y sugiere actividades alrededor del libro para despertar el gusto por la lectura desde la más temprana infancia.

Ferland insiste en un concepto que a veces se olvida: la lectura debe ser un placer, tanto para los padres como para los hijos. "La lectura es un vínculo agradable entre los niños y los padres", explica, "y el placer es tan contagioso como la risa". De modo que si los adultos disfrutan de verdad de la historia que están leyendo, el pequeño también encontrará en ella interés y satisfacción. El autor de cómics Joann Sfar dejó escrita una frase que resume bien esta idea: "Un adulto va a leer un libro para distraerse, un niño va a leer un libro para construirse".

Pero ¿por qué molestarse en leer historias a niños que ni siquiera han cumplido un año? Ferland enumera catorce razones, y la primera de ellas es la estimulación de los sentidos. El niño mira, toca y escucha al mismo tiempo. La lectura estimula su audición y su visión a través del vínculo entre imagen y palabra.

La segunda razón tiene que ver con la motricidad fina. El niño muy pequeño empieza mordisqueando los libros, luego aprende a pasar las páginas, a levantar lengüetas o solapas, y a coordinar su ojo y su mano.

En tercer lugar está la capacidad de atención. La capacidad de mantener la concentración es un requisito previo para todos los aprendizajes posteriores.

La cuarta razón es el desarrollo de la curiosidad. La lectura es propicia para el aprendizaje y el descubrimiento, incluso desde edades muy tempranas con libros de imágenes o abecedarios, y para la adquisición de nuevos conocimientos.

El quinto punto aborda las interacciones con los adultos. La lectura es una situación propicia para el bienestar y la calma, un momento en el que el adulto (especialmente el padre o la madre) dedica tiempo al niño y fomenta su "sentimiento de importancia". Leer ciertos libros también puede ser un buen rato de risas. Reler un mismo libro una y otra vez favorece la aparición de emociones positivas: la alegría de aprender, la alegría de estar en una relación afectiva cargada de calidez, la alegría de anticipar y participar, igual que cuando los adultos cantan una canción que les gusta y se saben de memoria.

En sexto lugar está el desarrollo del lenguaje y el vocabulario. El nivel de vocabulario de un niño puede ser un indicador de su éxito escolar, y los libros pueden ser compañeros en ese camino. "La repetición cambia literalmente el cerebro", sostiene la autora. Aprender es entrenarse y repetir. Escuchar una y otra vez la misma historia es afianzar vocabulario en el cerebro. Los niños aprenden vocabulario a través de la experiencia (situaciones de comunicación e intercambio) y de situaciones que tienen sentido para ellos. La literatura infantil se presta especialmente bien a este aprendizaje: no solo porque los autores juegan con las sonoridades y las palabras, sino porque proponen situaciones que son a la vez espejos y ventanas para los niños, que les hacen reír, y eso les resulta muy significativo.

La séptima razón es la comprensión de los relatos. Familiarizar a los niños lo antes posible con la estructura de una historia (principio, aventuras, final, presencia de conectores lógicos y temporales, concordancia de tiempos) les permite contar ellos mismos eventos o historias de manera lógica y cronológica.

El octavo punto es el despertar a la escritura, lo que los especialistas llaman "literacidad". La exposición de los niños pequeños a los libros favorece su aprendizaje de la lectura y la escritura porque comprenden que las palabras impresas en el libro son las mismas que se dicen oralmente.

La novena razón es el desarrollo de la imaginación y la creatividad. "El niño creativo se siente menos desamparado ante los imprevistos de la vida", escribe Ferland. El filósofo Pierre Le Garnec añadió una definición: "La creatividad es la facultad de afrontar todos los desafíos que la vida propone".

En décimo lugar está el conocimiento de uno mismo. Los cuentos permiten a los niños reconocer sus emociones, nombrarlas, comprenderlas y enfrentar sus dificultades. El niño se identifica con los personajes y descubre que estos sienten lo mismo que él: la alegría, la ira, los celos, el miedo. Entonces el niño se siente normal, integra que sus emociones y sus fantasías no son monstruosas. Cuando el héroe gana al final, es también la victoria del niño que se ha identificado con él. Los cuentos contribuyen a disminuir los miedos.

La undécima razón es la inspiración. Los libros exponen a los niños a ideas bellas y grandes que servirán como materia noble para construir su propia vida. Los buenos libros, bien redactados y escritos por autores apasionados, dejan pequeños impactos positivos y agradables en la mente de los niños.

En duodécimo lugar, la lectura sirve como mediadora para transmitir mensajes. Leer historias a los niños ayuda a veces a los adultos a hacer llegar ciertos mensajes, ya sean de alcance filosófico (como el altruismo, la sensibilización ecológica) o de un alcance más terrenal y cotidiano (como el cepillado de dientes o las peleas entre hermanos).

La decimotercera razón es el valor terapéutico de ciertos cuentos. "La ventaja de los cuentos terapéuticos es que los niños podrán reconocerse en el héroe o la heroína, todo teniendo la impresión de que no se habla de él precisamente". Aunque la historia hable de otros niños, ellos podrán representarse las situaciones descritas en función de sus propias vivencias. Los cuentos terapéuticos están recomendados para afrontar momentos difíciles, y ayudan a los niños a atravesar las pequeñas y grandes pruebas del día a día. Estos cuentos suelen utilizar símbolos y metáforas y no se dirigen directamente a las funciones racionales o analíticas. El hecho de no privilegiar las facultades intelectuales (análisis de la situación, explicaciones sobre el comportamiento, responder a las preguntas de "por qué") permite responder mejor a cuestiones de orden emocional.

La decimocuarta y última razón es el aprendizaje en su sentido más estricto. Los niños a quienes se les lee el mismo libro varias veces retienen mejor las palabras de vocabulario y su significado que si encuentran esas mismas palabras en varios libros diferentes. Los autores de un estudio citado por Ferland añaden que releer varias veces el mismo libro facilita el aprendizaje de manera más global. En esa experiencia, unos adultos leían el mismo libro sobre la fabricación de un objeto, bien dos veces, bien cuatro veces, a niños de 18 y 24 meses. Los niños expuestos a cuatro lecturas eran capaces de imitar el proceso de fabricación de manera mucho más precisa.

Además, los niños buscan modelos y regularidad para comprender mejor los mecanismos que rigen el mundo. También se sienten seguros con los rituales que pueden predecir. Los niños pequeños se comportan como científicos que formulan hipótesis y tratan de verificar si los modelos que han establecido se repiten en el tiempo. Por eso, añade Ferland, los niños corrigen con firmeza a un adulto que modifica el texto de un libro conocido o se equivoca en la lectura.

Todas estas razones, sin embargo, no deben hacer olvidar la razón primera que hace leer a los seres humanos de cualquier edad: el placer.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © San José Public Library

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