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El olfato, una asignatura pendiente

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Los niños necesitan una educación mejor en el arte de oler. Así lo afirma el doctor Will Tullett, un historiador especializado en los olores, quien sostiene que desarrollar esta capacidad podría mejorar su bienestar y ayudarles a comprender el mundo que les rodea. Tullett, investigador de la Universidad de York, señala que la contaminación ha demostrado afectar la capacidad olfativa de las personas, mientras que muchos objetos y sustancias que nos rodean han sido despojados de sus aromas originales y "reodorizados" con fragancias sintéticas.

"Existe una cuestión abierta sobre qué hace la proliferación de ese tipo de fragancias sintéticas en nuestra vida diaria a nuestra capacidad para distinguir entre diferentes olores", explica Tullett. Como resultado, el historiador defiende la necesidad de una educación olfativa: "Me encantaría un mundo en el que en la escuela primaria y secundaria se enseñara a la gente a usar la nariz".

El enfoque que propone es sencillo: animar a la gente a oler más cosas. "Cuanto más olemos, más ampliamos el vocabulario con el que podemos describir otras cosas", afirma, señalando que los sumilleres utilizan una estrategia similar. "Van a los mercados, caminan y lo huelen todo. Lo que hacen es ampliar su abanico de puntos de referencia". La clave está en poder comparar y contrastar, en pensar en las similitudes entre diferentes aromas.

Pensar en los olores, según Tullett, también puede ayudarnos a entendernos a nosotros mismos. Por ejemplo, entender por qué ciertos olores nos resultan reconfortantes, o utilizar el olfato para obtener información práctica sobre el mundo. "Un ejemplo clásico es la seguridad alimentaria y la sostenibilidad: oler para saber si algo está fresco o no, en lugar de fiarse únicamente de la fecha de caducidad".

Además, el olfato tiene un vínculo directo con el bienestar. "Muchos estudios han demostrado que los olores y nuestra capacidad para disfrutarlos están crucialmente vinculados a nuestra sensación de bienestar, y que quienes sufren pérdidas de olfato suelen padecer depresión y ansiedad", señala Tullett.

Pero el historiador se muestra en contra de la idea de que el sentido del olfato está infravalorado. Cuando se pregunta a la gente, suelen recordar vívidos recuerdos asociados a aromas particulares. "Se tiene la sensación de que la gente quiere contarte el papel que el olor ha desempeñado en sus vidas, y que saben que es importante. Lo que ocurre es que no siempre se les da la oportunidad, ni el lenguaje, ni siquiera la confianza para hablar de ello", explica.

Tullett, cuyo libro "Sniff: A History of Smells" se publica el 8 de septiembre, desmonta también la idea de que el pasado era un lugar más apestoso. "El pasado no apestaba más o menos que el presente. Simplemente olía diferente", afirma. "Y creo que eso es importante, porque llega al centro de uno de los problemas clave en nuestra forma de abordar el olor: el olor se usa muy a menudo para marcar la diferencia".

Los olores siguen utilizándose para discriminar, desde propietarios que se niegan a alquilar a personas de determinadas etnias por el aroma de su comida, hasta propuestas legislativas que podrían criminalizar a personas sin hogar por olores "excesivos". Tullett subraya la importancia de cuestionar por qué consideramos un olor agradable o no, cómo han surgido esas asociaciones y qué pueden pensar los demás.

"Deberíamos ser más conscientes de nuestras actitudes hacia los olores, pero también más empáticos con las preferencias olfativas de los demás", afirma. "En lugar de usar el olor de forma instintiva para construir divisiones, una reflexión cuidadosa puede ayudarnos a conocernos mejor a nosotros mismos y a los demás".

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Pixnio

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