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Cómo Estados Unidos creó a los niños más quisquillosos con la comida en su historia

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En 1915, una madre preocupada desde el estado de Maine escribió a la Oficina de Niños de Estados Unidos para plantear una pregunta que hoy parecería ingenua. Quería saber por qué su hijo rechazaba una variedad de alimentos. Se atrevió a sugerir una hipótesis: ¿podría ser que simplemente no le gustaran? La respuesta del experto de la agencia federal fue taxativa y descartó por completo esa idea. Le recomendó que llevara al niño al médico. Según el criterio de la época, debía tratarse de algún problema de estómago, una dolencia física, no una cuestión de gusto personal.

Y es que, como documenta la profesora asociada de la Universidad Estatal de Michigan, Helen Zoe Veit, en su nuevo libro, el rechazo voluntario a la comida era casi inaudito en Estados Unidos en aquella época. Los niños comían lo que sus padres ponían delante de ellos. No solo eso: incluso pedían repetir y, probablemente, lo hacían diciendo “por favor” y “gracias”. La imagen que se tenía de los menores era la de pequeños omnívoros alegres, naturalmente curiosos y deseosos de probar cualquier cosa. Los niños disfrutaban con las salsas picantes, los encurtidos avinagrados, las verduras amargas y las ostras crudas, que consumían con su paga semanal. También esperaban con ilusión su taza de café diaria, lejos de los actuales zumos de manzana pasteurizados.

Hoy, la realidad es radicalmente distinta. Veit sostiene que los niños estadounidenses se han convertido en “los comedores más quisquillosos de la historia”. En su libro, cuyo título es precisamente “Picky” (Quisquilloso), la autora denuncia los cambios en el comportamiento y el pensamiento de los adultos durante el último siglo que, en sus palabras, “permitieron que la comida selectiva secuestrara la infancia estadounidense”. La pregunta que planea sobre el ensayo es incómoda: ¿son los niños naturalmente remilgados con la comida? Todo apunta a que no, ya que durante décadas no lo fueron.

La tesis de Veit es que la actual “crisis de la comida selectiva” no es biológica, sino cultural. En algún momento del siglo XX, los padres empezaron a asumir que los niños tienen papilas gustativas especiales, que son hipersensibles a las texturas y los colores, que son incapaces de disfrutar de la “comida de adultos” y que obligarles a comer podría dañarles psicológicamente. Nada de eso se creía antes. La autora no solo diagnostica el problema, sino que propone soluciones. A través de un fascinante recorrido histórico, “Picky” muestra cómo la alimentación selectiva terminó por definir lo que se considera “comida infantil”, un segmento comercial artificial que ha empobrecido la dieta de los más pequeños. Pero, quizá lo más importante, el libro explica cómo los padres de hoy pueden recuperar las herramientas que utilizaban los padres del pasado para criar niños felices, sanos y, sobre todo, radicalmente poco quisquillosos con la comida. La clave, sugiere, no está en los menús infantiles, sino en la naturalidad con la que se presenta la variedad.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © talkshop.com.au

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