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Cómo proteger a tus niños durante una tormenta

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Durante junio, las tormentas son frecuentes en diferentes lugares de nuestro país. El sonido del trueno, el destello del relámpago, el viento que golpea contra los cristales. Para un niño, una tormenta fuerte no es solo un fenómeno meteorológico, sino una experiencia que puede resultar abrumadora. Los adultos, acostumbrados a interpretar los signos del clima, a veces olvidan que los más pequeños perciben la tormenta de una manera muy distinta: como una fuerza impredecible y amenazante que escapa a su control.

Los niños son extraordinariamente sensibles a las reacciones de sus padres o cuidadores durante momentos de estrés. Suelen reflejar las estrategias de afrontamiento que observan en los adultos. Si un padre se muestra nervioso o angustiado mientras se prepara para una tormenta, el niño captará esa inquietud y la hará suya. Por eso, el primer consejo para proteger a los niños es, paradójicamente, protegerse uno mismo: mantener la calma, aunque sea complicado. "Los niños van mejor cuando los cuidadores se muestran tranquilos y son capaces de contestar sus preguntas de manera simple y honesta".

La preparación: el primer escudo

Las tormentas, especialmente en primavera y verano, pueden aparecer sin previo aviso, pero también hay ocasiones en que el pronóstico permite anticiparse. Esa ventana de tiempo, que puede resultar estresante para los adultos mientras se abastecen de agua, comida, baterías y otros suministros, también afecta a los niños. Observan los preparativos y pueden empezar a sentir ansiedad.

Enseñar a los niños a distinguir entre las distintas alertas meteorológicas puede ayudar a que se sientan más seguros y preparados. La diferencia entre un aviso (cuando la tormenta es probable) y una advertencia (cuando la tormenta es inminente) es crucial para entender el nivel de peligro real. Una advertencia, por ejemplo, indica que el clima severo ha sido reportado por observadores o por radar, y supone un peligro inminente para la vida y la propiedad. Explicar estas diferencias con un lenguaje sencillo, sin alarmismos, puede reducir la incertidumbre.

El refugio: un lugar seguro dentro y fuera de casa

Cuando el primer trueno retumba, la regla de oro es clara: "Cuando oigas un trueno, inmediatamente dirígete a un refugio seguro". Un edificio sólido con electricidad o fontanería, o un vehículo cerrado con techo metálico y las ventanillas subidas, son los lugares más seguros. Hay que permanecer en ese refugio al menos treinta minutos después de oír el último trueno.

En casa, el refugio seguro suele estar en el centro de la vivienda, en la planta más baja o en el sótano, lejos de ventanas y puertas de vidrio. Es importante cerrar puertas y ventanas para evitar corrientes de aire, que pueden atraer rayos. También hay que alejarse de las tuberías (no bañarse, ducharse ni lavar los platos) y de los teléfonos con cable, ya que la electricidad de un rayo puede viajar a través de ellos. Los dispositivos electrónicos deben desenchufarse para protegerlos de posibles subidas de tensión.

Si la tormenta sorprende al aire libre, el peligro es mayor. Hay que evitar las zonas elevadas como colinas o picos, y nunca refugiarse bajo un árbol aislado. Tampoco hay que acercarse a objetos metálicos como vallas, tendidos eléctricos o herramientas de deporte. Si no se encuentra un refugio, la postura recomendable es agacharse en posición de bola, con la cabeza baja y las manos sobre las orejas, minimizando el contacto con el suelo. Esto reduce la superficie de contacto y, con ella, el riesgo de una descarga eléctrica.

Cuando el miedo se instala: las reacciones de los niños

Las reacciones de los niños ante una tormenta pueden ser muy variadas según su edad, su etapa de desarrollo y sus experiencias previas. Algunos pueden mostrar inquietud y preocupación por la seguridad de los demás, mientras que otros se vuelven especialmente pegajosos o temen la separación de sus padres. Es común que aparezcan dificultades para concentrarse, arranques de irritabilidad o quejas físicas como dolores de cabeza o de estómago. Los más pequeños pueden mostrar un miedo renovado al trueno o al viento, y tener problemas para dormir, queriendo incluso hacerlo en la cama de los padres. Es importante que los adultos reconozcan estas reacciones como respuestas normales ante una situación de estrés, y no como "mal comportamiento".

La conversación y la rutina: anclas en la tormenta

Los niños tendrán muchas preguntas durante y después de la tormenta. A menudo, las repetirán una y otra vez, incluso si ya han recibido una respuesta. Esta repetición no debe interpretarse como un desafío, sino como un mecanismo para dar sentido a una experiencia atemorizante. Es preferible dejar que los niños tomen la iniciativa en las conversaciones y responder con información directa y sencilla, sin abrumarlos con demasiados detalles.

Cuando se pierde la electricidad, como suele ocurrir en tormentas fuertes, hablar de la recuperación de la comunidad puede ser tranquilizador: explicar que hay personas trabajando para restaurar el servicio ayuda a los niños a sentirse seguros. Mantener la rutina diaria, en la medida de lo posible (cenar a la misma hora, seguir los rituales antes de acostarse), proporciona una sensación de orden y control en medio del caos. Y, sobre todo, transmitir optimismo y la certeza de que todo va a salir bien puede ser el mejor bálsamo: "Aún en las situaciones más estresantes y difíciles, su perspectiva esperanzada servirá para que sus niños se sientan seguros que todo va a salir bien".

La tormenta pasa, pero la sensación de seguridad que los padres puedan transmitir perdura mucho más allá del último trueno.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Jeffrey Pioquinto

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