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La soledad de los niños: tres maneras de superarla

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Todos los niños se sienten solos de vez en cuando. No es una confesión dramática. Es una frase que cualquier padre podría pronunciar después de ver a su hijo mirar por la ventana un rato de más, o tras recogerlo del colegio y notar ese silencio que no es cansancio, sino otra cosa. Los niños se pueden sentir mejor, eso también es cierto. No por arte de magia, sino cuando sus padres trabajan con ellos para ayudarles a practicar ciertas habilidades: las que permiten conectarse con otros, sentir que pertenecen a un grupo y sentirse cerca de personas.

Ese conjunto de herramientas se llama habilidades de conexión social. Y no se heredan. Se aprenden.

La primera manera de ayudar a un hijo es la más obvia y a la vez la más difícil de sostener cada día: conectarse con el propio hijo. Reservarse un tiempo para conectar cada día, aunque solo sea unos pocos minutos. Una breve conversación. Escuchar cómo le ha ido la jornada, pero con toda la atención puesta en él. Contacto visual. Una sonrisa. Un abrazo. Hacerle saber que siempre puede contar con el apoyo del adulto. Con el tiempo, el niño aprenderá que una de las mejores maneras de aliviar su soledad consiste en pensar y conectarse con alguien de quien ya se sentía cerca.

La segunda vía tiene que ver con los otros niños, con las amistades. Ayudar al hijo a forjar amistades sanas implica hablar con él sobre sus relaciones. Averiguar con quién le gusta pasar el tiempo y por qué. Una vez sabido eso, se pueden enseñar habilidades concretas: ser amable, ser leal, incluir a otros, esperar el turno, escuchar, tener espíritu deportivo. También ayudarle a aprender a dar la cara por sí mismo y por los demás. Los niños se sienten menos solos cuando mantienen unas relaciones positivas y cercanas y sienten que forman parte de una familia, un grupo de amigos o una comunidad.

La tercera manera suena a manual de buenas costumbres, pero los especialistas la defienden: enseñar al niño a ayudar, a ser amable y a dar las gracias. Mostrarle cómo ayudar, tanto en casa como en la escuela y en la comunidad. Enseñarle a agradecer los favores. Y, sobre todo, ser un ejemplo. El adulto que muestra agradecimiento cuando el niño es amable con él está haciendo más que dar las gracias: está modelando un comportamiento. La verdadera recompensa será cómo se sienta el niño cuando vea el impacto de su comportamiento y note esa conexión social. Por eso, las personas que son amables y que ayudan a los demás se sienten más conectadas y menos solas.

Pero no siempre funciona del todo. La pregunta que muchos padres se hacen es: ¿y si mi hijo necesita más ayuda? La mayoría de las veces, los niños y adolescentes son capaces de afrontar sus sentimientos de soledad. Algunos encuentran la manera de sentirse mejor por sí solos o gracias al apoyo de un padre o de un buen amigo. La soledad se esfuma cuando un niño encuentra una forma de conectar, de sentirse aceptado, de ser comprendido o de que le recuerden que pertenece a un grupo que lo acepta tal como es.

Pero también hay soledades más profundas y difíciles de superar. Si un padre nota que los sentimientos de soledad le duran demasiado a su hijo, o que ocurren con demasiada frecuencia, el consejo es claro: hable con su médico. A su hijo le podría ir bien hablar con un terapeuta u otro profesional de la salud mental. No para etiquetarle, sino para encontrar maneras de afrontar las cosas. Porque la soledad, cuando se enquista, deja de ser un sentimiento pasajero y se convierte en un peso que un niño no debería llevar solo.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Tatiana Syrikova

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