Inteligencia emocional en la infancia
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La frase aparece en los primeros párrafos, casi como un recordatorio de lo que ya se sabe pero pocas veces se articula con tanta claridad: ser padres es, posiblemente, la tarea vital más importante y compleja a la que un ser humano se enfrenta. No es una hipérbole. Es, para quien lo vive, una verdad que se instala en el día a día con la misma naturalidad con la que se instala la fatiga o la alegría. La vida de los hijos y su futuro dependen de los actos de los padres, y eso, se diga en voz alta o no, resulta abrumador.
No solo está la salud, que ya es bastante. Está también ese otro vértigo silencioso: que cuando crezcan sean adultos felices, que entiendan el éxito de una manera que no los dañe, que sean capaces de construir relaciones sanas. El futuro pesa tanto como el presente, y para que ambos estén a la altura, según la experta en crianza Reem Raouda, hay un camino imprescindible: enseñarles a desarrollar habilidades vinculadas a la inteligencia emocional.
Raouda no es una improvisada. Es madre, sí, pero también formadora certificada por el Conscious Parenting Coaching Institute del Dr. Shefali Tsabary, colabora en el programa de Oprah y ha fundado The Connected Discipline Method, un programa de entrenamiento para padres donde enseña eso que se ha dado en llamar crianza consciente. A lo largo de su carrera, ha estudiado el comportamiento de más de 200 niños. Y de esa observación ha extraído un conjunto de señales, pequeñas pero significativas, que indican si el trabajo de los padres va por el buen camino.
La primera de esas señales es, quizá, la más básica y al mismo tiempo la más esquiva: que el niño sea capaz de nombrar sus emociones. Parece sencillo, pero no lo es. Identificar lo que se siente y ponerle un nombre es algo que a muchos adultos se les atraganta, en parte porque arrastran la idea de que hay emociones negativas y positivas, como si unas hubiera que ocultarlas y otras pudieran exhibirse sin reparo. La psicóloga Iria Reguera lo resume con una claridad que desmonta esa trampa: todas las emociones son válidas, y “lo que realmente importa es cómo las gestionas y lo que haces con ellas”.
Pero para gestionarlas, primero hay que saber qué son. Y ahí los adultos tienen un papel que va más allá de la teoría. La manera de que los niños aprendan a nombrar lo que sienten empieza, según los expertos, en que los padres nombren lo que sienten delante de ellos. Frases como “estoy feliz porque hemos pasado un día en familia muy divertido” o “me siento frustrada en el trabajo” no son meros ejercicios retóricos. Son, en realidad, el material con el que los niños construyen su propio vocabulario emocional. Para los más pequeños, el psicólogo y Doctor en Educación Rafael Guerrero propone en su libro ‘Educación emocional y apego’ usar juegos, dibujos, cuentos, ponerle una palabra a la emoción para que vayan familiarizándose con ella.
Hay una segunda señal que Raouda ha identificado en los niños con alta inteligencia emocional: son capaces de reconocer señales no verbales. A través del lenguaje corporal, de las expresiones faciales, captan lo que otros sienten. No hace falta que se lo digan. Ven una cara triste y lo saben. Para desarrollar esta habilidad, Raouda sugería en una entrevista con la CNBC algo que tiene que ver con la conversación pausada: “tener conversaciones reflexivas con ellos sobre su día y analizar las emociones que observaron en las personas con las que interactuaron”. Un gesto tan simple como preguntar, cuando mencionan a un amigo del colegio, “¿cómo crees que eso hizo sentir a tu amiga?” abre una puerta a algo que, de otro modo, podría quedar sin explorar.
De esa capacidad para leer las emociones ajenas se deriva otra característica: la empatía. No se trata solo de ponerse en el lugar del otro, sino de entender lo que le ocurre aunque no se esté de acuerdo con él. Iria Reguera apunta a los efectos que tiene esta habilidad: “tener mejores relaciones sociales, reduce los prejuicios, el bullying, las discriminaciones y el racismo y nos hace sentir personalmente mejor”. En los niños pequeños, la empatía no se enseña con discursos. Se muestra. La ven en los adultos cuando estos ayudan a otros, cuando escuchan, cuando preguntan. No hay magia, dice Raouda. Solo un poco de trabajo.
Hay una cuarta señal que a veces pasa desapercibida porque los adultos tienden a pensar que los niños no escuchan. Pero los niños con inteligencia emocional desarrollada demuestran lo contrario: practican la escucha activa, la escucha reflexiva. Captan lo que se les dice, hacen preguntas, muestran curiosidad. Y de nuevo, la fórmula para llegar hasta ahí es la imitación. “Cuando tu hijo tenga una historia que contar, préstale toda tu atención. Haz contacto visual, deja todo lo que estés haciendo y ponte a su nivel. Reflexiona y repite lo que te están diciendo para demostrarle que realmente estás escuchando”, asegura Raouda. Es una forma de devolverles el gesto que luego ellos replicarán con otros.
La quinta señal tiene que ver con la adaptación. La capacidad para ajustarse a los cambios es innata en los seres humanos, pero también se cultiva. Iria Reguera lo explica con una frase que despeja cualquier idea de fragilidad: “Las personas no solo debemos adaptarnos a las circunstancias, sino que somos extremadamente capaces de hacerlo”. Si un niño ve que un cambio de planes no se vive como una catástrofe sino como la posibilidad de hacer algo diferente, está aprendiendo algo que más tarde se convertirá en resiliencia. La clave está en la reacción de los adultos. Si son flexibles, si mantienen la calma, si ante un cambio preguntan al niño “¿qué podemos hacer ahora?”, están transfiriéndole no solo una habilidad sino una manera de estar en el mundo. Pasar la tarde en el parque y que llueva a mares puede convertirse, si se deja, en un problema que el niño resuelve.
Por último, dentro de la gestión emocional, aparece la autorregulación. La experta lo resume así: “Los niños emocionalmente inteligentes pueden manejar sentimientos importantes, mantener la calma cuando las cosas se ponen difíciles y tomar decisiones inteligentes”. Aprender a perder en un juego de mesa sin que eso sea el fin del mundo, gestionar la frustración, esperar el turno. Raouda sostiene que la mejor forma de desarrollar esta habilidad empieza en los adultos y en su propia autorregulación. Si los padres reaccionan de forma exagerada, los niños aprenden eso. Si, en cambio, mantienen la calma en situaciones cotidianas como conducir al colegio sin gritar a otros conductores, están dando una lección mucho más poderosa que cualquier discurso. Propone además una herramienta concreta: la técnica de “pausa y respiración”, enseñar al niño a respirar profundamente o contar hasta diez en momentos difíciles. Y añade, con una honestidad que descoloca, que es algo que los adultos deberían practicar más a menudo.
No se trata de una lista de instrucciones. No es un manual. Es, más bien, un espejo. Porque todas estas habilidades que los niños deberían desarrollar, según Raouda, empiezan en los adultos. Son los padres los que nombran las emociones, los que escuchan con atención, los que se adaptan con calma, los que regulan sus propios impulsos. Los niños, mientras tanto, observan. Y lo que ven, lo replican. No hay atajos. Solo la constancia de un gesto repetido, una conversación a la altura de los ojos, una pausa antes de perder los nervios. Algo que, visto así, no parece magia. Solo un poco de trabajo.
© SomosTV LLC-NC / Photo: © Yan Krukau


































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































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