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La resiliencia infantil no es un superpoder, sino “magia ordinaria”, según 40 años de investigación

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La historia que suele contarse sobre la resiliencia es personal y heroica: alguien supera la adversidad gracias a su fuerza interior, su determinación o su carácter. La investigación científica, sin embargo, cuenta una historia más modesta y colectiva. Tras décadas de estudio, los psicólogos han llegado a una conclusión sorprendentemente sencilla: los niños que se vuelven adultos resilientes casi siempre han tenido al menos un adulto estable y atento en sus vidas.

El trabajo fundacional es el Estudio Longitudinal de Kauai, dirigido por la psicóloga Emmy Werner. En 1955, los investigadores comenzaron a seguir a los 698 niños nacidos ese año en la isla hawaiana de Kauai, y continuaron el seguimiento hasta que cumplieron treinta años. Muchos de ellos crecieron en condiciones adversas: pobreza, complicaciones prenatales, hogares marcados por conflictos, alcoholismo o enfermedad mental.

El hallazgo principal fue que un tercio de estos niños de alto riesgo no desarrollaron los problemas que sus circunstancias predecían. Se convirtieron en adultos competentes, cuidadosos y seguros de sí mismos.

Werner identificó dos factores que diferenciaban a los niños resilientes: el temperamento (eran más sociables y desarrollaban mejores habilidades para resolver problemas) y, sobre todo, una relación: casi todos tenían al menos un adulto estable que los apoyaba. No siempre era un padre; podía ser una abuela, un maestro, un hermano mayor o un vecino.

Una generación después, la psicóloga Ann Masten denominó a este fenómeno "magia ordinaria". Su argumento, basado en décadas de investigación, es que la resiliencia no es una propiedad rara de individuos extraordinarios, sino algo común que surge del funcionamiento cotidiano de sistemas humanos ordinarios: un vínculo con un cuidador capaz, la capacidad de gestionar la atención y las emociones, un sentido de que las propias acciones importan, una comunidad que ofrece un lugar al que pertenecer.

"Cuando esos sistemas funcionan, los niños tienden a desenvolverse sorprendentemente bien incluso bajo presión", señala Masten. El daño más grave, añade, proviene de la adversidad que daña los propios sistemas de protección.

La conclusión tiene implicaciones significativas: si uno es resiliente, la explicación más probable no es que haya nacido con una fuerza inusual, sino que el mecanismo de protección ordinario estaba intacto y alguien ayudaba a mantenerlo funcionando. La resiliencia se construye con relaciones, no es un rasgo que se otorga al nacer. Y si es algo que las personas pueden darse unas a otras, la presencia o ausencia de un adulto comprometido en la vida de un niño no es un detalle menor.

Los investigadores advierten, sin embargo, que la resiliencia no es un rasgo fijo: cambia a lo largo del tiempo y según las situaciones, como demostró Werner al encontrar personas que se recuperaban en la treintena. La investigación también subraya que decir que la resiliencia es ordinaria no significa que la adversidad sea inofensiva, y no justifica tratar a quienes no se recuperaron como si hubieran fracasado.

"Sobrevivir no es prueba de virtud, y tener dificultades no es prueba de debilidad", resumen los expertos.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Persolog

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