Las huellas invisibles del trauma en la infancia
publisher
mcora
No todos los niños lloran de la misma manera. Tampoco todos callan igual. La dificultad, para quien los cuida, está en saber distinguir cuándo un berrinche es solo un berrinche y cuándo es otra cosa.
Sheila Modir, psicóloga clínica licenciada y supervisora de la línea de servicios de salud mental en el Rady Children's Hospital Orange County, lleva años observando esa diferencia. Según explica, los signos del trauma y las experiencias adversas en la infancia —conocidas como ACEs, por sus siglas en inglés— varían mucho según la edad del niño. En los más pequeños, por ejemplo, el trauma puede manifestarse como regresiones: perder el control de esfínteres después de haber aprendido a ir al baño solo, o necesitar ayuda para comer que antes no requerían. También aparecen llantos frecuentes, pesadillas, rabietas y ansiedad por la separación.
Cuando esos niños crecen y entran en la etapa escolar, las señales cambian. Aparecen la ansiedad, la tristeza, un apego excesivo a los padres, dificultades para dormir o para concentrarse en clase. También son frecuentes las quejas físicas sin una causa médica aparente: dolores de estómago, dolores de cabeza. Muchos de esos niños terminan en la consulta del pediatra antes de que nadie vincule sus síntomas con algo emocional.
La cosa se complica aún más en la adolescencia. Modir lo explica con detalle: "Tu adolescente puede involucrarse en autolesiones, consumir sustancias, restringir su alimentación o mostrar agresividad física en la escuela. Pueden aislarse y retraerse, dormir demasiado o dormir muy poco. Pueden estar más nerviosos e irritables". La psicóloga insiste en que el trauma impacta de forma distinta en cada etapa del desarrollo y provoca reacciones emocionales diferentes a lo largo de la vida.
Pero ¿qué son exactamente esas experiencias adversas? El concepto nació de un estudio conjunto de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) y Kaiser Permanente. Se refiere a diez tipos específicos de trauma, que incluyen diversas formas de abuso y negligencia, vividos entre los cero y los dieciocho años. Una de las conclusiones más importantes de aquella investigación fue que el trauma resulta mucho más común y está mucho más extendido de lo que se creía, y afecta a personas de todas las comunidades y niveles socioeconómicos.
Modir añade: "Se oye hablar mucho más de las experiencias adversas en la infancia últimamente porque es lo que publican los artículos de investigación y es sobre lo que muchos profesionales están haciendo presentaciones y recopilando datos". La ayuda, según Modir, puede empezar con lo que ella llama las "5 Es".
La primera es explorar lo que el niño ya sabe: hacerle preguntas suaves para entender su perspectiva y abrir una conversación. La segunda es explicarle la situación con un lenguaje adecuado a su edad, corrigiendo posibles informaciones erróneas y asegurándole que está a salvo. La tercera es expresar que todos los sentimientos —la tristeza, la rabia, el miedo— son normales, al tiempo que se limita la exposición a los medios de comunicación y se modelan estrategias de afrontamiento saludables. La cuarta es modelar emocionalmente: mostrar al niño cómo el adulto gestiona su propio estrés, ya sea respirando hondo o hablando abiertamente de lo que siente. La quinta es asegurar la estabilidad, manteniendo rutinas y estructuras predecibles que ofrezcan al niño una sensación de control y seguridad.
No siempre es suficiente. Los padres y cuidadores deben estar atentos a los cambios en el comportamiento habitual del niño. Algunas señales de malestar, como alteraciones en el sueño o el apetito, pueden ser normales después de una transición o un evento traumático, como la muerte de una mascota. Pero si esos signos persisten en el tiempo y empiezan a interferir en la capacidad del niño para funcionar social, académica o emocionalmente, puede ser el momento de buscar ayuda profesional. Modir lo resume así: "Se trata realmente de ser consciente de esas señales emocionales que su hijo puede presentar y de ser capaz de entender y saber si los síntomas están empezando a afectar su funcionamiento diario".
El papel de los adultos, añade, es crucial. Los niños observan e imitan el comportamiento de los mayores, incluso cuando estos no son conscientes de ello. Mantener la calma ayuda a los niños a regularse a sí mismos, internalizando esas señales emocionales. Hablar abiertamente de las estrategias de afrontamiento como familia refuerza esas habilidades y ayuda a construir resiliencia.
Y, llegado el caso, no hay que dudar en acudir a un terapeuta. Modir lanza un mensaje claro: "Contactar con un terapeuta durante momentos difíciles es muy importante, para reducir ese persistente estigma de la salud mental. Hay que saber que hablar con un profesional cuando se ha llegado a cierto punto es una oportunidad, no un 'fracaso' de ningún tipo". Y concluye: "Ayudar a su hijo a procesar sus sentimientos es una inversión en su futuro".
No es una intuición sin respaldo científico. Varias publicaciones de la Universidad de Harvard, entre ellas el estudio "Excessive Stress Disrupts the Architecture of the Developing Brain", han señalado que el desarrollo saludable del cerebro infantil puede verse alterado cuando los sistemas de respuesta al estrés se activan de forma excesiva o prolongada. Los investigadores de Harvard distinguen tres tipos de estrés. El positivo es breve y ayuda al desarrollo siempre que el niño esté acompañado. El tolerable es más intenso, pero puede superarse si existe apoyo de un adulto. El tóxico es el problemático: ocurre cuando hay adversidad prolongada sin apoyo emocional, como maltrato, negligencia o pobreza extrema. Este último puede alterar el desarrollo de áreas del cerebro relacionadas con el autocontrol, la memoria y la toma de decisiones.
La buena noticia, si se puede llamar así, es que no todo estrés parental deja huella. La clave está en la regulación. Y para eso, Bendeck propone varias herramientas.
La primera es la respiración consciente. Algo tan simple como inhalar durante cuatro segundos y exhalar durante seis ayuda a reducir la activación fisiológica del estrés. No es una solución mágica, pero es un primer paso que está al alcance de cualquiera y en cualquier momento.
La segunda es crear espacios de calma en familia. Compartir una comida sin teléfonos móviles, dedicar un rato a jugar con los hijos sin ninguna otra obligación de por medio. Son gestos pequeños que, según Bendeck, fortalecen el vínculo emocional y crean un entorno más seguro para el niño.
La tercera es el movimiento físico. Caminar, bailar, hacer ejercicio, jugar. Todo ello ayuda a reducir los niveles de cortisol —la hormona del estrés— y mejora el estado de ánimo general. No hace falta apuntarse a un gimnasio ni correr una maratón. Con salir a la calle un rato cada día puede ser suficiente.
La cuarta herramienta es la más sencilla y quizá la más infravalorada: un abrazo. La psicóloga sostiene que es una de las formas más simples y efectivas de transmitir seguridad y afecto. Cuando un adulto se calma y abraza a su hijo, el niño recibe una señal directa de que está a salvo.
La quinta, y quizá la más difícil de todas, es la autoevaluación. Más que centrarse únicamente en cómo perciben los hijos el estrés, resulta fundamental que los padres miren hacia dentro y se pregunten cómo se están sintiendo realmente en el día a día. ¿Están descansando lo suficiente? ¿Se sienten sobrepasados? ¿Llevan semanas o meses funcionando en modo automático?
El objetivo, advierten los expertos, no es eliminar por completo el estrés —algo imposible en la vida cotidiana— sino aprender a regularlo de manera más consciente. No se trata de ser padres perfectos ni de vivir sin preocupaciones. Se trata de reconocer cuándo la preocupación se ha vuelto crónica y está afectando no solo al adulto, sino también al niño que lo observa todo desde su asiento en la sala de estar.
Cuando los padres logran estabilizar su propio estado emocional, el clima familiar mejora de forma natural. Los niños no necesitan discursos sobre gestión emocional. Necesitan ejemplos. Y el mejor ejemplo es un padre que respira hondo antes de contestar, que reconoce que está cansado sin que eso se convierta en un grito, que pide ayuda cuando la necesita. El bienestar de los hijos, concluye el artículo, está profundamente ligado al bienestar de los padres. No como una carga, sino como una oportunidad para revisar hábitos.
© SomosTV LLC-NC / Photo: © PXHere














































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































Comentarios