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Los versos que ayudan a crecer: por qué la poesía importa en la infancia

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No hace falta que un niño sepa leer para que la poesía empiece a trabajar en él. Basta con que escuche. Basta con que alguien le recite una rima, un pareado, una canción de cuna. El ritmo entra antes que el sentido. Y eso, los educadores lo saben, es ya un primer paso.

La poesía ha existido en todas las culturas y en todos los continentes a lo largo de la historia. No es un adorno, ni una asignatura menor. Para los niños, especialmente en los primeros años, la poesía ayuda a aprender, a expresar emociones y a contar historias. No es una afirmación retórica: tiene que ver con cómo funciona el cerebro infantil cuando se enfrenta al lenguaje.

El primer beneficio, y quizá el más evidente, es el lingüístico. La rima y el ritmo de la poesía ayudan a los niños a reconocer y manipular los sonidos de las palabras. Eso se llama conciencia fonológica, y es la base sobre la que después se construye la lectoescritura. Un niño que juega con rimas está entrenando su oído para distinguir fonemas, para segmentar sílabas, para anticipar terminaciones. Todo eso, más tarde, se traduce en una lectura más fluida y una escritura más precisa. La repetición inherente a los poemas, además, refuerza la memoria. Un niño que aprende un poema de memoria no solo está almacenando versos: está ejercitando una capacidad que le servirá para retener instrucciones, para recordar secuencias, para organizar su pensamiento.

Pero la poesía no es solo técnica. También es emoción. Para un niño, entender lo que siente y ponerle nombre es a menudo difícil. La poesía ofrece un espacio seguro para eso. A través de metáforas, imágenes y símbolos, los pequeños aprenden a identificar la tristeza, la rabia, el miedo o la esperanza sin tener que explicarlos de manera directa. Un poema sobre un oso que pierde su cueva puede ser, en realidad, un poema sobre el miedo a perder el hogar. Un poema sobre una semilla que tarda en brotar puede ser un poema sobre la paciencia o sobre la frustración. Esa distancia simbólica es lo que permite al niño acercarse a sus propias emociones sin sentirse abrumado.

La organización UNICEF, que trabaja para garantizar que todos los niños tengan acceso a una educación de calidad —incluida la expresión creativa—, ha puesto en marcha en los últimos años iniciativas que utilizan la poesía como herramienta. Una de ellas es "Poemas para la paz", lanzada en 2020. En zonas de guerra y conflicto, la poesía ha servido para que los niños reflejen los desafíos que han enfrentado, las aspiraciones que guardan y sus experiencias vividas. No se trata solo de escribir: se trata de que esos versos sirvan para amplificar sus voces y para influir en los procesos de construcción de paz, al tiempo que inspiran a audiencias de todo el mundo a defender la protección de la infancia en conflictos armados.

Los poemas que han surgido de esa iniciativa muestran temas comunes: cómo afecta la guerra a los niños, pero también un sentido distintivo de esperanza. Un ejemplo es el poema "Para papá", escrito en 2025 por Victoriia, una niña de entonces once años, originaria de Krivói Rog, en la región de Dnipropetrovsk (Ucrania). Uno de sus versos dice: "Con lápiz, en secreto, dibujo la primavera / donde florecerán las flores cuando la paz eche alas / donde tú regresarás como un pájaro a los cielos azules / y nunca más el dolor nos hará llorar".

La poesía también desarrolla la empatía. Leer un poema escrito por otro niño que vive al otro lado del mundo, en una guerra o en una situación de pobreza extrema, permite al pequeño lector asomarse a una realidad distinta a la suya. No desde la lástima, sino desde el entendimiento. El poema muestra una emoción concreta, una imagen precisa, y el niño que lo lee puede sentir, aunque sea por un instante, lo que siente el otro.

Además, la poesía estimula la imaginación y el pensamiento divergente. Un poema no explica: sugiere. Y para entenderlo, el niño tiene que visualizar, tiene que completar los vacíos, tiene que hacerse preguntas. Eso es exactamente lo contrario de la respuesta única y cerrada que a veces se exige en la escuela. La poesía entrena al cerebro para aceptar múltiples interpretaciones, para jugar con las palabras, para salirse de lo previsible.

También hay un efecto en la confianza. Un niño que escribe un poema y lo comparte —en clase, en casa, en un concurso— está ejerciendo su derecho a tener voz. Está aprendiendo que sus pensamientos importan, que su manera de ver el mundo es única y que merece ser escuchada. La poesía, en ese sentido, devuelve agencia al niño: le permite contar su propia historia con sus propias palabras, preservando su dignidad y su perspectiva.

En la cultura contemporánea, los poetas jóvenes han emergido como algunas de las voces más influyentes, tendiendo un puente entre el arte y el activismo. Utilizan poemas escritos, recitados en público o difundidos en redes sociales para abordar temas como la justicia social, la política, el cambio climático, la identidad, la salud mental y otros problemas de la sociedad actual. Una de esas voces es Amanda Gorman, poeta, autora y defensora de los derechos de la infancia, que también colabora como embajadora de UNICEF. En uno de sus poemas, titulado "Con esta voz brillante", escribió: "Debemos cuidar de cada niño, en todas partes / sin importar su raza, religión o género / en esto nunca retrocedemos, nunca nos rendimos / porque cada niño merece una oportunidad / y este mundo merece un cambio".

La poesía, en definitiva, no es un lujo ni una rareza para unos pocos. Es una herramienta de desarrollo emocional, cognitivo y social. Y su lugar en la infancia no debería ser marginal. Porque un niño que aprende a decir lo que siente con imágenes y ritmos no solo está aprendiendo poesía: está aprendiendo a habitar el mundo con más herramientas.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Parkwood Clinic

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