Noticias

Por qué los niños de hoy se caen más y corren peor

publisher

mcora

En las últimas dos décadas, los médicos han observado un cambio silencioso pero generalizado en la forma en que los niños se mueven. No se trata de una epidemia con síntomas evidentes, sino de una pérdida gradual de lo más básico: la coordinación, el equilibrio y la agilidad. Detrás de esta dificultad se esconde un término técnico, el control neuromuscular, que no es más que el circuito de comunicación constante entre el cerebro y los músculos.

Las causas, según explican los especialistas, son dos y aparentemente contradictorias. Por un lado, los niños pasan más tiempo sentados, generalmente frente a una pantalla. Por otro, algunos pequeños se vuelcan de manera excesiva y temprana en un solo deporte, repitiendo los mismos movimientos una y otra vez. Para entender este fenómeno, hemos hablado con el doctor Calvin Duffaut, profesor asociado clínico en el departamento de medicina familiar y ortopedia de la Escuela de Medicina David Geffen de la UCLA. Duffaut atiende a jóvenes de entre 8 y 18 años en el Instituto Ortopédico para Niños Luskin y es médico de equipo para los UCLA Athletics, los Chargers de Los Ángeles y los Lakers de Los Ángeles.

El doctor Duffaut define el control neuromuscular como "la comunicación bidireccional entre el cerebro y los músculos para mover el cuerpo. Los músculos le dicen al cerebro dónde está el cuerpo, en el tiempo y el espacio. El cerebro le dice a ciertos músculos que se activen, cuándo contraerse y con qué fuerza". No se trata solo de ser fuerte, aclara. Es tener propiocepción, que no es otra cosa que saber dónde está uno en relación con el suelo y el aire.

Para un niño, esta capacidad es fundamental. Es la base para rodar, gatear, caminar, correr, mantener el equilibrio sobre una pierna o trepar a una roca. "El control neuromuscular hace que el cuerpo se mueva con suavidad, lo que algunos llaman ser atlético", señala Duffaut. La edad crítica para que se formen estos circuitos es de los 6 a los 10 años. Pero luego, durante los estirones de la preadolescencia y la adolescencia, esos caminos se interrumpen. Los huesos crecen, los músculos se estiran y el cuerpo no es capaz de seguir el ritmo de sus propios cambios. Los adolescentes se vuelven torpes, explica el médico, porque tienen que reaprender parte de esos movimientos.

¿Cómo puede un padre darse cuenta de que su hijo está perdiendo esta capacidad? Duffaut lo tiene claro: observando cómo se mueve. "Puede que los veas un poco más torpes de lo habitual, tropezando con las cosas, cayéndose, teniendo dificultades con el equilibrio". Un ejemplo común: cuando saltan y aterrizan, las rodillas deberían estar alineadas sobre los dedos de los pies. Si pierden el control, las rodillas se van hacia dentro, lo que aumenta el riesgo de lesiones. Una prueba sencilla: retar al niño a que se sostenga sobre cada pie durante quince segundos.

El doctor Calvin Duffaut, profesor asociado clínico en el departamento de medicina familiar y ortopedia de la Escuela de Medicina David Geffen de la UCLA, es contundente sobre el papel de las pantallas. "Cuanto menos activo eres, menos control neuromuscular desarrollas". Y cree que se ha perdido algo fundamental: el tiempo de juego no estructurado. "Estar fuera y jugar con amigos, sin estructura, como ir al parque, saltar de las cosas, trepar por las rocas y los árboles. Esas actividades enseñan a tu cuerpo a equilibrarse, a usar ciertos músculos". Además, señala una paradoja: "Hemos hecho los parques y los patios de recreo súper seguros. Las superficies son lisas y planas. Al no haber superficies irregulares, los niños pierden parte de ese desarrollo". Algunos niños ni siquiera salen a jugar en el recreo.

Pero el problema también afecta a los que hacen mucho deporte, especialmente cuando se especializan en uno solo antes de los 10 años. "Una variedad de deportes significa una variedad de movimientos", explica Duffaut. Él mismo jugaba al baloncesto y al fútbol. El baloncesto es un deporte explosivo, de sprints, saltos y cambios de dirección. El fútbol, de resistencia. El médico aporta un dato: el 91% de los jugadores elegidos en el draft de la NFL del año pasado practicaban múltiples deportes en el instituto. Y una investigación de UCLA encontró que el 70% de los atletas de la División I de la NCAA no se especializaron en un solo deporte hasta después de los 12 años.

Las lesiones son la consecuencia más visible de esta pérdida de control. Duffaut atiende a niños que se lesionan por sobreuso, por repetir el mismo gesto miles de veces. Pero también a niños que se hacen daño haciendo cosas que muchos dan por sentado. "Por ejemplo, se tuercen el tobillo simplemente corriendo sobre una superficie plana. No tienen esa propiocepción en la que el cerebro le dice al músculo: 'Mi pie va a aterrizar, mantenlo recto, no dejes que se tuerza'".

La buena noticia, según el doctor, es que el control neuromuscular perdido se puede recuperar, aunque sea más difícil. A veces basta con descansar del deporte o reducir la frecuencia, y recurrir a la fisioterapia para reforzar esa conexión. Duffaut ofrece una regla sencilla para los padres: la edad del niño es el número de horas semanales que debería practicar un deporte. Un niño de diez años no debería hacer más de diez horas de fútbol o baloncesto. Y sobre todo, insiste: "Sacarlos al exterior a jugar. Esa es parte de la alegría de ser niño. Salir a jugar con tus amigos y hermanos. Eso es clave".

© SomosTV LLC-NC / Photo: © PICRYL

Comentarios

Leave a Reply

NOTICIAS DESTACADAS