Catorce frases que los niños interpretan de forma muy distinta a los adultos
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Hay frases que los adultos pronuncian casi sin pensar, arrastradas por la costumbre, heredadas de generaciones anteriores o simplemente porque surgen de forma automática en el calor del momento. Bromas, coletillas, expresiones hechas. Pero lo que para un adulto es una exageración inofensiva o un modo de aligerar una conversación, para un niño puede convertirse en una fuente de confusión, miedo o incluso dolor. La diferencia radica en que los adultos distinguen el sentido figurado del literal, mientras que un niño pequeño se queda con las palabras tal como suenan, y eso puede generar malentendidos profundos, dicen en Ser Padres.
Un estudio publicado en la revista Frontiers in Psychology explica que la capacidad para comprender metáforas y expresiones figuradas se desarrolla de forma gradual durante la infancia. Los niños no nacen sabiendo que un "me muero de hambre" no significa que alguien vaya a morirse de verdad. A medida que crecen, su razonamiento verbal y funciones cognitivas como la memoria de trabajo y el control de los impulsos mejoran, pero hasta entonces, sus oídos captan el significado más inmediato, el más literal.
Algunas de las frases que más suelen interpretarse de forma diferente son las siguientes. Cuando un adulto dice "estoy hasta las narices", está expresando cansancio o pérdida de paciencia. Pero un niño puede quedarse con la idea de que el enfado es tan grande que el padre ya no le quiere o que está haciendo algo imperdonable. El vínculo de apego seguro que se está construyendo puede resquebrajarse sin que el adulto sea consciente de ello.
Algo similar ocurre con "eres un pesado". Muchos padres lo dicen casi como una coletilla, sin intención de herir. Pero el niño no escucha una crítica a su comportamiento, sino a sí mismo. La frase se convierte en un mensaje doloroso: mamá o papá ya no quieren estar con él.
"Eres tonto", aunque se diga en broma o con un tono cariñoso, puede ser interpretado por el niño como una afirmación real sobre su capacidad. Su autoestima se está construyendo y las palabras de los adultos tienen un peso que los mayores a menudo subestiman. Apelativos como "mi gordito", que en muchas familias se usan con cariño, pueden ser entendidos por el niño como una señal de que los adultos están señalando su aspecto físico.
El tiempo es otro campo de batalla lingüístico. "Ahora voy" significa para un adulto "espera un momento". Para un niño significa "ya". Si pasan diez minutos y el adulto no aparece, la sensación de incumplimiento es inevitable. "En cinco minutos nos vamos" es igualmente problemático porque la percepción del tiempo en la infancia no funciona como la de los adultos; cinco minutos es un concepto abstracto y la frustración puede surgir cuando el momento llega mucho antes o mucho después de lo esperado.
"Pórtate bien" es una de las frases más repetidas y, al mismo tiempo, una de las menos concretas. ¿Qué significa exactamente portarse bien? ¿No correr? ¿No gritar? ¿No tocar nada? Cuanto más específica sea la indicación, más fácil será que el niño sepa qué se espera de él.
"Compórtate como un mayor" adolece del mismo problema: se pide al niño que actúe como alguien que todavía no es.
"Luego hablamos" puede ser una respuesta inevitable cuando el adulto está trabajando, conduciendo o haciendo otra cosa. Pero si esa conversación nunca llega, el niño puede sentir que lo que quería contar no era importante o que sus emociones siempre tienen que esperar.
"No pasa nada" es otra frase que se usa para tranquilizar, pero si el niño acaba de caerse, le duele algo o está asustado, para él sí está pasando algo.
Las exageraciones también generan confusión. "Me vas a matar de un disgusto" es una hipérbole que un adulto entiende perfectamente, pero un niño pequeño puede llegar a pensar que realmente podría hacer daño a sus padres o que algo terrible puede ocurrir por culpa de lo que ha hecho.
"Se me cae la casa encima" es una expresión de estar desbordado, pero un niño puede imaginar exactamente eso: una casa desplomándose.
"Tengo mil cosas que hacer" puede ser interpretado literalmente o como una señal de que siempre habrá algo más importante que jugar con él.
"Ya veremos" suele ser una forma de ganar tiempo, pero para el niño es una posibilidad real, una promesa en suspenso que, cuando finalmente se convierte en un "no", rompe sus ilusiones de golpe.
No se trata de que los padres midan cada palabra que sale de su boca. Todos utilizamos expresiones hechas y exageraciones sin darnos cuenta. Lo importante es recordar que los niños están aprendiendo cómo funciona el lenguaje y que muchas veces no captan la intención, sino el significado literal. Cuando algo les preocupa o les confunde, una explicación sencilla puede marcar la diferencia. A veces basta con cambiar una frase por otra más clara. Y otras, simplemente, con dedicar unos minutos a comprobar qué han entendido realmente.
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