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Los consejos de una psicóloga sobre la ansiedad y los miedos infantiles

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Kathryn Hecht pasa los días frente a niños que tienen miedo. Miedo a hablar en público, miedo a separarse de sus padres, miedo a los perros, a la oscuridad, a los exámenes. A veces, también, miedo a cosas que los adultos consideran irracionales, como una mancha en la pared o el ruido del ascensor. Pero Hecht, psicóloga clínica infantil en el centro Anxiety Treatment Resources de Bloomington, Minnesota, ha llegado a una conclusión que puede sonar contraintuitiva: la ansiedad no es el problema. O, al menos, no es el enemigo que los padres creen que es.

"Una idea fundamentalmente errónea" sobre su trabajo, dice Hecht, es que puede "deshacerse" de la ansiedad de un paciente. Pero "la ansiedad es una emoción humana primaria y está presente en todos cada vez que hay algo nuevo o incierto". Lo que ella propone no es eliminar el miedo, sino enseñar a los niños a convivir con él, a usarlo como un trampolín hacia algo más grande. Su fórmula, que repite hasta la saciedad en las consultas, es tan sencilla como difícil de aplicar: "Ansiedad + Valentía = Confianza". Cuando un niño descubre que puede enfrentarse a algo que antes le aterraba, sin que sus padres intervengan para rescatarlo, gana una dosis de confianza que ningún elogio vacío puede proporcionar.

El instinto de los padres, explica Hecht, está "cableado para responder al sufrimiento de los niños". Es una reacción natural, casi biológica. Pero cuando un adulto se precipita a salvar a su hijo de una situación incómoda, "sin querer, lo privamos de la oportunidad de aprender si la situación era segura o no". El mensaje que recibe el niño, aunque no sea intencionado, es que sus padres no confían en que pueda resolver sus propios problemas. Y ahí empieza un círculo vicioso: el niño se siente menos capaz, pide más ayuda, los padres se la dan, y la dependencia se afianza. Hecht insiste en que la ansiedad es "segura, es tolerable, es temporal".

Experimentar esas sensaciones, por desagradables que sean, es un paso necesario para superarlas. Pero también advierte contra el extremo opuesto: no se puede forzar a un niño a ser valiente. "Si intentas que un niño se tire desde el trampolín de la piscina, empujarlo al agua no lo hace más valiente", compara. "Para que se construya la confianza, el niño debe dar el paso él mismo en dirección a lo difícil". Esa autonomía, ese momento en que el niño decide voluntariamente enfrentarse al miedo, es lo que convierte la experiencia en un verdadero logro.

Los padres, sin embargo, no tienen que quedarse de brazos cruzados. Pueden crear "oportunidades para la valentía", dice Hecht. Si un niño tiene ansiedad social, por ejemplo, pueden pedirle que pida el postre en un restaurante, una situación de bajo riesgo pero que supone un pequeño desafío. También pueden modelar la valentía: si un adulto le tiene miedo a las abejas, puede esforzarse por ahuyentar una con calma delante de sus hijos, mostrando que el miedo no es una orden, sino una sugerencia que se puede ignorar.

Y, sobre todo, deben celebrar cualquier paso, por pequeño que sea, que el niño dé hacia el miedo. "Cualquier paso en dirección al trampolín es algo a lo que podemos prestar atención y animar", dice Hecht. "Se trata de que empiecen a moverse en la dirección que esperamos, porque a menudo la valentía se construye sobre la valentía". Un paso lleva a otro, y otro, y otro, hasta que el miedo inicial se convierte en una anécdota, en algo que ya no da tanto miedo.

Hecht anima a los padres a convertir el enfrentamiento a los miedos en un juego. Si un niño tiene miedo a las abejas y le gustan las matemáticas, puede contar cuántas abejas ve y ponerles nombres divertidos. Si le da miedo hacer nuevos amigos, puede hacer una encuesta en clase para ver a cuántos niños les gusta su programa de televisión favorito. La clave, dice, es dejar que el niño tome la iniciativa, que siga sus propios intereses. Y esta estrategia, añade, no tiene límite de edad. "Este es un conjunto de herramientas y un enfoque que va a funcionar en todo el espectro de edades, hasta la edad adulta".

Los objetivos que merecen la pena en la vida, concluye Hecht, casi siempre requieren superar el miedo a lo desconocido o al fracaso. Cuando los niños aprenden a manejar esa ansiedad, "tienen mucha más confianza en que tienen la capacidad de lidiar con lo que la vida les depare". Y entonces, el futuro deja de sentirse como un riesgo y empieza a sentirse como una oportunidad.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Kathryn Hecht

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