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Cuando el niño solo come nuggets de pollo con forma de dinosaurio: la historia de un fenómeno moderno llamado «fussiness»

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La noche en que la nevera del supermercado solo ofrecía nuggets ovalados, en casa de los Williams ocurrió algo parecido a un pequeño drama doméstico. El hijo mediano, entonces de dos años, se negó en redondo a probar aquella versión imperfecta de su plato estrella. Sus padres, por pura curiosidad, habían llegado a contar los alimentos que este niño de paladar exigente aceptaba: veinticinco, incluyendo rodajas de manzana, compota y zumo como tres entradas distintas. El resto de la lista lo completaban yogur, gofres sin nada, uvas, tomates cherry, arroz solo, perritos calientes y los mencionados nuggets con forma de dinosaurio.

Esta escena, que cualquier padre o madre del Estados Unidos actual reconocería sin dificultad, no ha sido siempre así. La historiadora de la alimentación Helen Zoe Veit acaba de publicar un libro titulado «Picky» (en español, «quisquilloso» o «melindroso») en el que sostiene que la idea de los niños como comedores selectivos es relativamente nueva y, además, particular de la América moderna. Según su tesis, no se trata de un rasgo universal ni atemporal, sino de una construcción cultural ligada a la abundancia, a la mercadotecnia infantil y a la ansiedad de los padres por la nutrición.

Veit propone recuperar el modelo del siglo XIX: la familia entera comiendo junta, compartiendo los mismos platos, sin menús separados para los más pequeños. En aquella época, explica la historiadora, no existía la categoría de «comida para niños» como algo distinto de la de los adultos. Los niños comían lo que había en la mesa o no comían. No había alternativas. Y, aunque suene duro, tampoco había la epidemia de «fussiness» que hoy llena consultas pediátricas y guías de crianza.

Los menús infantiles de los restaurantes actuales refuerzan esta idea de los niños como una especie de alienígenas con un paladar ultrarrestringido: dedos de pollo, patatas fritas, macarrones con queso y, para los más entendidos, sándwiches de queso fundido. La anécdota de los nuggets ovalados, que el autor del texto original relata con una mezcla de humor y resignación («fue una noche muy triste en casa de los Williams»), no es sino el síntoma cotidiano de un fenómeno que Veit invita a cuestionar.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Helen Zoe Veit

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