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Los niños aprenden a no revelar sus sentimientos desde la edad preescolar, cree Sam Wass

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El británico profesor Sam Wass, psicólogo infantil y experto en estrés y atención en la infancia, ha dedicado años a estudiar el comportamiento infantil y su conclusión es que el niño aprende desde el período preescolar es a no decir lo que siente.

Wass, conocido por su participación en el programa de Channel 4 "The Secret Life of 4 and 5 Year Olds", ha colaborado recientemente con Virgin Media O2's Connected Playground para ofrecer una serie de recomendaciones a familias. En una conversación con The Mirror, el especialista fue tajante: "Inhibir las emociones no funciona. No funciona en adultos y desde luego no funciona en niños. No puedes decirle a alguien que cancele una emoción".

Lo interesante, señala, no es tanto lo que los padres hacen mal, sino por qué lo hacen. Nadie enseña a los adultos a gestionar las rabietas o la tristeza infantil. La reacción automática, esa voz alegre que intenta contrarrestar el llanto, nace del deseo de proteger. Pero Wass sostiene que ese impulso, comprensible, produce el efecto contrario.

"Lo que creemos que sí funciona es simplemente describir lo que el niño puede estar sintiendo", explica. "A esto lo llamamos construir conciencia metacognitiva: es la capacidad de reconocer al niño interior y lo que está experimentando".

El problema de base, según el psicólogo, es que los niños pequeños carecen de las herramientas para identificar sus propias emociones. No es que no quieran contarlo; es que no saben qué les pasa. "No son conscientes de lo que sienten, no pueden describirlo porque ellos mismos no lo saben", señala Wass. "Solo cuando tú, como adulto, les describes lo que están sintiendo, ellos adquieren esa autoconciencia".

La propuesta del experto es, en apariencia, sencilla: poner nombre a lo que el niño experimenta, pero sin juzgarlo. No decir "no estés triste", sino "me parece que estás triste". No ordenar "cálmate", sino "parece que esto te está enfadando mucho". Ese pequeño giro verbal, ese desplazamiento de la orden a la observación, cambia por completo la dinámica.

"Algo acerca de ser consciente de lo que sentimos nos ayuda a gestionar esa emoción y contribuye a que se reduzca", explica Wass. "Lo que yo haría como padre es ayudar a mi hijo a tomar conciencia de lo que siente, expresarlo en términos no críticos, poner una etiqueta verbal para que comprenda mejor y aprenda cuáles son sus propias emociones".

No se trata, aclara, de un método mágico que elimine el llanto o la frustración. Se trata de algo más profundo: de enseñar al niño a conocerse. Y eso, dice Wass, es algo que nunca se enseña en las escuelas.

El psicólogo ya había abordado anteriormente la cuestión de las rabietas en la primera infancia. En aquella ocasión desmontó otro de los reflejos más comunes entre los adultos: apelar a la lógica. Explicó que los niños pequeños se encuentran en una fase en la que "los centros emocionales de su cerebro son enormes y los centros de razonamiento son diminutos".

Intentar argumentar con un niño de dos o tres años en plena rabieta es, según Wass, tan inútil como pretender apagar un incendio con un vaso de agua.

"Una forma mucho más efectiva de manejar una rabieta es comentar lo que el niño está diciendo y repetírselo usando su propio lenguaje", señaló entonces.

Detrás de esta recomendación hay una observación que trasciende lo puramente técnico. Los niños no son adultos en miniatura. Su cerebro procesa la realidad de otra manera. Y lo que los adultos interpretan como una conducta desafiante o irracional es, en muchos casos, el único recurso expresivo que tienen a su alcance.

Wass insiste en que no se trata de permitirlo todo ni de abandonar los límites. Se trata, más bien, de acompañar. De estar presente sin intentar arreglar lo que no se puede arreglar con palabras. De entender que, a veces, la función del adulto no es quitar el dolor, sino ayudar a nombrarlo.

La entrada al colegio, la rabieta en el supermercado, el miedo a la oscuridad. Escenas cotidianas que se repiten en miles de hogares. El experto sugiere que quizá ha llegado el momento de preguntarse no tanto qué decir, sino por qué sentimos la necesidad de decir algo. Y si ese algo, en lugar de calmar, no estará haciendo otra cosa que enseñar al niño, desde muy pequeño, que algunas emociones es mejor esconderlas.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Katrin Bolovtsova

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