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Cómo explicar la guerra a un niño de cinco años

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No es una conversación que nadie desee tener. Pero ocurre. En la mesa, en el coche, en el momento en que un niño llega del colegio con una pregunta que no admite un "no te preocupes" sin más explicación. Cuando ocurre una masacre en una escuela del otro lado del país, o cuando un país declara la guerra a otro en un mapa que los adultos apenas entienden, los padres se enfrentan a la misma incertidumbre: cuánto decir, cómo decirlo y, sobre todo, cómo no hacerlo peor.

Stephanie Barisch lo escucha a diario. Es directora de servicios terapéuticos en el Center for Youth and Family Solutions de Illinois, una agencia que trabaja con familias vinculadas al sistema de bienestar infantil. Pero las preguntas que recibe no vienen solo de los padres adoptivos con los que trabajan. Llegan de todas partes. "Estamos recibiendo preguntas no solo de los padres de acogida con los que trabajamos, sino también de padres, de personas que buscan orientación", dice Barisch en una entrevista para WGLT's Sound Ideas. Y añade: "Es una conversación que también estamos teniendo entre nuestro propio personal: cómo lidiamos con lo que vemos en las noticias, lo que está pasando en el mundo y cómo hablamos realmente con nuestros hijos sobre esas cosas y cómo los guiamos".

Barisch ha observado un aumento en los últimos años. No solo por los conflictos internacionales —la guerra en Irán, las acciones militares en Venezuela—, sino también por temas que antes no ocupaban el mismo espacio en la conversación familiar: los derechos de la comunidad LGBTQ+, las redadas migratorias, la cobertura mediática constante que llega a los niños a través de pantallas que los padres no siempre controlan. "Creo que una buena cantidad de jóvenes están angustiados por lo que ven y escuchan en las noticias", afirma. "Probablemente obtienen la mayor parte de su exposición en línea, en redes sociales, ya sea TikTok o Instagram. Siempre hay cosas que se promueven o comparten, y creo que están bastante expuestos".

La primera recomendación de Barisch suena sencilla, pero en la práctica es la más difícil: el adulto debe estar tranquilo antes de hablar. "Tienes que estar en un lugar donde puedas ser tranquilizador", explica. "No debes estar activado, enojado o frustrado en el momento en que intentas tener esta conversación, porque los jóvenes siempre son muy conscientes del estado de las personas de las que dependen. Si no estamos tranquilos cuando tenemos esta conversación, es poco probable que les ayudemos a estarlo".

A partir de ahí, la conversación se ajusta a la edad. Cuanto más pequeño es el niño, más básica debe ser la información. Para los más pequeños, de cinco años en adelante, Barisch sugiere un enfoque que afirme la seguridad antes que los hechos. Tomemos el caso de la guerra en Irán. "Es algo que está ocurriendo al otro lado del planeta", dice que se puede explicar. "Los adultos no se ponen de acuerdo sobre lo que está pasando allí. El riesgo para ti es muy, muy bajo. No va a pasar nada, vamos a mantenerte a salvo". Y añade una advertencia: conforme crezcan, tendrán mejor capacidad para entender los matices.

Con los niños de alrededor de doce años ya se puede hablar de conceptos como guerra y gobierno, pero el desafío sigue siendo no abrumarlos con historia y política. Barisch introduce un concepto clave: los niños son, por naturaleza y desarrollo, egocéntricos. "Los niños creen que son el centro del mundo y, por lo tanto, todo lo que sucede está de alguna manera conectado con ellos". Eso significa que cuando escuchan una noticia alarmante, su primera interpretación es que algo les va a pasar a ellos o a sus seres queridos. No es hasta la edad de la escuela secundaria, aproximadamente, cuando empiezan a salir de esa fase y a reconocer que hay cosas que ocurren fuera de su mundo y que no tienen nada que ver con ellos.

Por eso, Barisch insiste en la precaución. No se trata de ocultar la realidad, sino de dosificarla con un propósito: que el niño entienda sin internalizar el miedo como propio. Y si la ansiedad persiste durante semanas, si afecta al sueño, al apetito, a la vida diaria, entonces hay que buscar ayuda profesional. "Podría ser en la escuela, podría ser acudiendo a un consejero escolar, podría ser accediendo a recursos comunitarios o a un terapeuta que esté disponible", señala.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Intentional Divorce Solutions

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