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La importancia de las rutinas en la infancia

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Las rutinas, esas secuencias de acciones que para un adulto son mecánicas —levantarse a la misma hora, desayunar juntos, leer un cuento antes de dormir— funcionan para los niños como un andamio invisible.

El mundo de los niños, dice un texto que circula entre educadores y psicólogos, es siempre nuevo e impredecible. A veces es demasiado. En medio del aprendizaje y los cambios, las rutinas juegan un papel importante porque les devuelven una sensación de seguridad. Saber lo que traerá el día les permite enfrentarlo con otra disposición. No es que desaparezca lo desconocido, sino que hay un perímetro acotado que permanece igual. Esa repetición genera confianza.

No se trata solo de horarios. Las rutinas crean espacios de cercanía.

Una conversación a primera hora de la mañana mientras se sirve el desayuno, un paseo después de cenar, el momento del baño antes de ponerse el pijama: en esos intervalos predecibles ocurre algo que no está programado en ningún manual. Los niños empiezan a asociar esos momentos con afecto, con atención exclusiva. Con el tiempo, esos hábitos construyen confianza. No es una confianza abstracta, sino la que se forma cuando un adulto aparece siempre a la misma hora para hacer lo mismo.

También tienen un efecto en la autonomía. Cuando las tareas diarias se vuelven familiares, los niños empiezan a entender cuál es su lugar dentro de esa secuencia. Aprender a lavarse los dientes antes de acostarse, guardar los juguetes después de jugar o preparar la mochila para el día siguiente son acciones que al principio requieren supervisión y que con la repetición se convierten en responsabilidades propias. Esa capacidad de anticiparse a lo que viene, de cumplir con un pequeño deber sin que nadie se lo recuerde, alimenta una sensación de competencia. Se sienten capaces.

Pero quizá el momento en que las rutinas se vuelven más necesarias es cuando todo lo demás cambia. El inicio de la escuela, una mudanza, la llegada de un hermano. Situaciones que para un adulto pueden ser manejables, para un niño representan una ruptura difícil de procesar. En esos momentos, mantener ciertos rituales —la lectura nocturna, la comida familiar— actúa como un ancla. Por más que el entorno se transforme, hay algo que sigue igual. Esa continuidad ayuda a que las transiciones no sean tan abruptas, a que el estrés tenga un límite.

Los niños criados bajo rutinas, señalan los estudios, tienden a mostrar una mayor estabilidad emocional y patrones de comportamiento más predecibles. La explicación tiene que ver con las expectativas. Cuando un niño sabe lo que se espera de él en cada momento del día, la frustración y la confusión disminuyen. No hay que adivinar constantemente qué viene después. La estructura externa termina organizando también la experiencia interna.

Todo esto suena a sentido común, y quizá lo sea. Pero el sentido común, cuando se aplica a la crianza, a menudo choca con la urgencia del día a día. Mantener una rutina requiere constancia, y la constancia es uno de los recursos más escasos en una familia con horarios apretados, trabajos que se extienden y niños que tienen actividades propias. Sin embargo, los beneficios que se describen en la literatura sobre desarrollo infantil apuntan a que esos esfuerzos tienen un retorno medible: no en logros académicos tempranos, sino en la capacidad de los niños para moverse por el mundo con la certeza de que, al menos en algunos momentos, saben lo que va a pasar.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Ron Lach

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