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Viajar con un niño autista: la mochila, los auriculares y un plan B en el bolsillo

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El coche está cargado. Las maletas, en el maletero. Los billetes, en el móvil. El itinerario, apuntado en una libreta. Todo está listo para las vacaciones. La familia mira el mapa, comprueba la hora de salida y respira hondo. Es el momento de arrancar el motor y lanzarse a la carretera hacia ese destino elegido después de semanas de planificación.

Pero para una familia como la que describe este artículo, escrita en primera persona por alguien que vive la experiencia cada día, el viaje implica una capa adicional de preparación que va mucho más allá de elegir el hotel o reservar las actividades.

Se trata de viajar con un ser querido autista. Y sí, puede ser abrumador. Según Experienced Autism Alliance, a veces los nervios aprietan, las dudas asaltan y la tentación de quedarse en casa, en el entorno conocido y seguro, es muy grande. Pero el mensaje central que quiere transmitir es otro. Hay que viajar. Hay que hacer memorias. Hay que salir a disfrutar de la vida.

La clave no es tenerlo todo atado al milímetro, prepararse con inteligencia y aceptar que la flexibilidad no es un plan B, sino el plan A.

Lo primero que hay que hacer es empezar por lo que ya sabemos que funciona. Cada persona autista tiene sus propias herramientas de regulación. Unos necesitan llevar su manta favorita, ese trozo de tela deshilachado que les acompaña desde bebés. Otros, sus auriculares con cancelación de ruido para amortiguar los sonidos estridentes de un aeropuerto o de un centro comercial. Otros, una tableta con sus aplicaciones familiares o un juguete específico que los ancla a la calma en medio de la novedad. No se trata de caprichos. Son dispositivos de supervivencia emocional. Y en la maleta, deben ir en el sitio de más fácil acceso, no enterrados bajo la ropa de invierno o las chanclas de repuesto.

También hay que empacar la comida segura. Los snacks favoritos, esos que se comen sin rechistar cuando la ansiedad aprieta o cuando el apetito desaparece por el estrés del viaje. Porque en un destino desconocido no siempre se encuentra la misma marca de galletas o el mismo tipo de yogur. Llevar provisiones conocidas es una forma de mantener un trozo de rutina dentro del caos controlado de unas vacaciones.

El siguiente paso es pensar en el entorno antes de llegar a él. Si el plan es alojarse en un hotel, no está de más llamar con antelación y pedir una habitación en un piso alto, alejada de las áreas comunes ruidosas o del ascensor. Si se va a visitar un parque temático, conviene estudiar el mapa en casa, ver vídeos en internet del recorrido, mostrarle al niño o al adulto autista fotografías de los lugares que van a ver. La predictibilidad reduce la ansiedad. Lo que se puede anticipar, deja de dar miedo.

Pero la autora advierte de un error común. No hay que sobreplanificar.

Es tentador llenar el calendario de actividades, aprovechar cada hora del día porque las vacaciones son caras y hay que rentabilizarlas. Eso es un error. Hay que construir los días con espacios vacíos, con momentos de descanso programados, con la posibilidad de quedarse en la habitación viendo una película si el cuerpo o la mente piden una tregua.

Los planes deben incluir la no-actividad como una actividad más.

Y luego está el plan B. O mejor dicho, el plan de escape. La autora lo llama "pivotar". Si algo se vuelve abrumador —un espectáculo demasiado ruidoso, una cola excesivamente larga, una comida en un restaurante lleno de gente—, hay que tener previsto un movimiento de salida. Puede ser salir al exterior a tomar el aire. Puede ser refugiarse en el coche durante veinte minutos con el aire acondicionado puesto y la música familiar sonando. Puede ser simplemente cancelar lo que quedaba del día y volver al alojamiento. El éxito de unas vacaciones no se mide por la cantidad de atracciones visitadas o de monumentos fotografiados. El éxito se mide porque todos los miembros de la familia han vuelto a casa sintiéndose seguros y apoyados.

El miedo no debería ser el que decida si una familia sale o se queda en casa. "No dejes que el miedo te impida vivir la vida", escribe. Y añade, con una convicción que solo puede nacer de la experiencia directa:

"Nuestras familias merecen alegría. Nuestros seres queridos merecen experiencias. Y nosotros, como padres y cuidadores, merecemos crear recuerdos a su lado."

Hay recursos para ayudar. La autora menciona a la Experienced Autism Alliance, una organización que ofrece apoyo, información y conexión comunitaria para familias que navegan este camino. Tener una red de personas que entienden por lo que uno está pasando, que no juzgan una crisis en medio de un aeropuerto porque ellos también la han vivido, es un salvavidas en los días malos y una celebración compartida en los días buenos.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Europa.Tips

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