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Investigación china abre preguntas sobre el autismo y la estimulación cerebral

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En China, en algún momento de los últimos meses, doscientos niños se sentaron en una silla. Tenían entre cuatro y diez años. Eran 167 varones y 33 niñas. Todos tenían un diagnóstico dentro del espectro autista. La mitad, además, presentaban discapacidad intelectual. Y cada uno de ellos recibió, durante cinco días consecutivos, una sesión diaria de diez minutos con una bobina apoyada sobre su cuero cabelludo. La bobina, conectada a un aparato de estimulación magnética transcraneal, emitía pulsos rápidos y repetitivos sobre la corteza motora, esa región del cerebro que, como su nombre indica, tiene que ver con el movimiento.

Pero los investigadores no buscaban mejorar la motricidad. Buscaban mejorar la comunicación social.

Los resultados, publicados en el BMJ, sugieren que lo lograron. Al menos por un mes. El ensayo clínico fue aleatorizado, lo que significa que algunos niños recibieron la estimulación real y otros recibieron una simulación, una especie de placebo con la bobina puesta pero sin el pulso magnético. Los que recibieron la estimulación real mostraron mejorías tanto en habilidades sociales como en lenguaje durante las cuatro semanas posteriores al tratamiento. O eso indica la medición a través de la escala SRS-2, una herramienta estandarizada para evaluar dificultades en la interacción social.

Como suele ocurrir con estos estudios, las noticias llegaron acompañadas de matices. Dos expertos, consultados por el Science Media Centre, ofrecieron sus lecturas. El primero fue Roi Cohen Kadosh, profesor de neurociencia cognitiva en la Universidad de Surrey. Dijo que el comunicado de prensa es "generalmente preciso" y que refleja un ensayo "bien conducido, relativamente grande y aleatorizado". Calificó los hallazgos como "alentadores". Pero señaló un detalle que no es menor: al inicio del estudio, el grupo que recibiría la estimulación real ya tenía puntuaciones más altas en la escala SRS-2 que el grupo de simulación. Es decir, empezaron con dificultades más severas. Esa diferencia de base, explicó, puede contribuir al tamaño de la mejora observada después del tratamiento. Los autores del estudio, en su defensa, reconocieron esta limitación.

Cohen Kadosh también mencionó que los investigadores abordaron varios factores de confusión, incluyendo los "efectos expectativa", que su propio grupo de investigación demostró hace dos años que pueden explicar parte de los efectos de la estimulación magnética. Pero advirtió que se necesita un seguimiento más largo para determinar si los beneficios se mantienen en el tiempo. "No podemos esperar ya en esta etapa examinar lo que sucederá, por ejemplo, seis o doce meses después", aclaró. Y pidió no sobredimensionar lo que el estudio muestra. "El trabajo apoya una mayor investigación de este enfoque como una posible adición a los apoyos existentes", escribió. Nada más.

El segundo experto fue David McGonigle, profesor en las escuelas de Psicología y Biociencias de la Universidad de Cardiff. Su lectura fue más cautelosa. Reconoció que el ensayo proporciona evidencia de mejoras "estadísticamente significativas", pero subrayó que son "bastante modestas y decididamente a corto plazo", con tamaños del efecto pequeños y un seguimiento limitado a un mes. También cuestionó la elección del blanco de estimulación, la corteza motora. "Desde mi propia experiencia, la elección del blanco de estimulación – la corteza motora – también plantea preguntas sobre la especificidad mecanicista", señaló. Y expresó una preocupación de fondo: "Me preocupa el uso de estimulación cerebral en una población tan joven, ya que todavía no estamos seguros de su efecto en el cerebro en desarrollo".

Ambos expertos coincidieron en algo: el estudio es un comienzo prometedor, pero no una conclusión. Cohen Kadosh dijo que es "un muy buen comienzo prometedor". McGonigle, más seco, afirmó que estos hallazgos "se interpretan mejor como evidencia preliminar de efectos modestos a corto plazo, más que como un respaldo para la implementación clínica en esta etapa".

El ensayo incluyó a 200 niños chinos. No hubo participantes de otros países. No se sabe si los resultados serían replicables en otras poblaciones. Tampoco se sabe si los efectos duran más de un mes, porque el estudio no los midió después de ese período. Lo que se sabe es que, durante treinta días, los niños que recibieron los pulsos magnéticos mostraron, en promedio, una mejora en su capacidad para comunicarse socialmente. Una mejora pequeña, medida con escalas, pero una mejora al fin.

La estimulación utilizada se llama "accelerated continuous theta-burst stimulation", una forma rápida de estimulación magnética patroneada. Se aplicó durante diez sesiones diarias en cinco días consecutivos. Es un protocolo intensivo, pensado para comprimir en una semana lo que antes tomaba semanas. Y funcionó, dentro de los límites que los propios investigadores reconocen.

El niño de cuatro años que miraba al techo mientras la bobina hacía clic, o la niña de diez que quizá sintió un cosquilleo en el cuero cabelludo, no sabían que estaban participando de un ensayo que terminaría publicado en el BMJ. Ellos hicieron lo que se les pidió: sentarse, esperar, y después continuar con sus terapias habituales. Un mes después, alguien volvió a pasarles el test. Y anotó los números.

Esos números, ahora, están en manos de la comunidad científica. Que los mira, los discute y, como siempre, pide más estudios.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © R.Cohen Kadosh - Wikimedia

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