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La huella digital que no se borra: el riesgo de exponer la infancia en redes

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Hay un vídeo de una niña de tres años que lleva semanas circulando por internet. La pequeña, que se llama Noortje, tiene una discapacidad. En la grabación, hecha por su madre en el salón de casa, la niña saca libros de un armario mientras reacciona a lo que le dice su madre. Era, en origen, un gesto de amor y orgullo. Ahora, ese vídeo es otra cosa: se ha convertido en objeto de parodias hechas por adolescentes, en contenido comentado por adultos y, lo que es más grave, en material explotado por empresas con fines comerciales.

Marije Lagendijk, educadora de medios, lleva años alertando sobre lo que ella considera un fenómeno fuera de control. Las imágenes que los padres cuelgan en redes sociales como gesto de ternura pueden acabar persiguiendo a sus hijos durante décadas. "Que los niños y jóvenes hagan bromas con vídeos de otros niños, lo puedo entender. No siempre pueden prever las consecuencias de sus actos", explica Lagendijk al diario AD.

"Pero que los adultos e incluso las empresas exploten contenido sobre el hijo de otro, eso cruza todos los límites. Es como si la persona ya no importara y se hubiera convertido en propiedad pública, algo que cualquiera puede usar a su antojo".

El caso de Noortje no es aislado. Es solo el último ejemplo de cómo la viralidad puede atrapar a quien nunca pidió salir en la foto. Lagendijk incide en que, aunque la intención de los padres sea buena —mostrar su amor, visibilizar ciertas realidades—, conviene hacer una pausa antes de publicar. "Todo lo que contribuye a la aceptación y normalización de partes de la sociedad con las que quizá no te topas a menudo es positivo", matiza. "Pero también hay que preguntarse si es bueno para el niño. Esa pregunta es cada vez más importante".

Porque lo que hoy es un vídeo gracioso o entrañable, mañana puede ser un lastre. La huella digital no entiende de contextos ni de segundas oportunidades. Cuando ese niño crezca y busque trabajo, el primer filtro no será su currículum, sino lo que Google devuelva sobre él. "Cuando tu hijo se presenta a un empleo, casi todos los empresarios buscan en Google a los posibles candidatos", advierte Lagendijk. "Vídeos de rabietas o de momentos de llanto pueden resurgir y crear una primera impresión que ya no es exacta, pero que sigue influyendo en la percepción".

Más allá del ámbito laboral, está el día a día. Lagendijk cuenta que escucha con frecuencia testimonios de jóvenes que sufren acoso escolar con material que sus propios progenitores colgaron años atrás. "Escucho regularmente historias de jóvenes que dicen: 'Me están acosando con vídeos de la cuenta de Facebook de mi madre'".

La educadora lo tiene claro: los niños tienen derecho a la privacidad. Un derecho que, mientras son pequeños, gestionan los adultos, pero que no les pertenece. "Es suyo, no nuestro", sentencia. "Tienen derecho a desarrollar su propia identidad. Nosotros podemos administrarla, pero no podemos apropiarnos de ella". Por eso, antes de publicar una imagen de un niño en la bañera, medio desnudo en la playa, llorando en la consulta del pediatra o pataleando en el supermercado, Lagendijk propone un ejercicio sencillo: "Pregúntate: ¿para quién estoy haciendo esta foto? Son momentos que nadie quiere ver expuestos públicamente, sobre todo sin su consentimiento".

Si la seguridad es lo primero, concluye, la decisión es simple. "Si la seguridad es tu prioridad, lo más seguro es no publicar nada en absoluto".

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Yan Krukau

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