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Cuando la maternidad te supera

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Muchas madres sufren crisis cuando el trabajo, dentro y fuera de casa, o incluso solo en el hogar, las supera. La acumulación de responsabilidades, tareas domésticas, cuidado de los niños, compras, juegos... pueden desgastar, incluso cuando sus parejas colaboran. Sobre ello ha escrito Lauren Ferranti-Ballem en Today's Parent.

Cada seis semanas más o menos, Lauren Ferranti-Ballem se derrumba. Ocurre siempre un día de diario, después de que los niños se acuestan. Ella llora. Su pareja guarda silencio. Y aunque la escena se repite con regularidad, lo cierto es que después de cada crisis pocas cosas cambian. Ella lo ha llegado a llamar su botón de reinicio.

Ferranti-Ballem no está casada con un hombre que desatiende sus responsabilidades. Scott, su pareja desde hace diecisiete años, es un hombre atento, implicado y trabajador. Cuando se mudaron juntos a mediados de los veinte, las tareas domésticas se distribuían sin necesidad de negociación. Pero una década después, todo es más grande: las carreras profesionales, la casa, la familia —tienen dos hijos— y también el estrés.

En su hogar, las tareas se reparten de manera relativamente equitativa. Ella cocina y lava la ropa la mayor parte del tiempo. Él juega más con los niños, hace la compra y se ocupa del mantenimiento general. Como la mayoría de los padres, viven en un equilibrio precario, y cualquier imprevisto —un niño resfriado, una noche sin dormir— puede desajustarlo todo. La mayoría de los días lo llevan adelante, se ríen, intentan no fallar. Pero cada cuarenta días más o menos, ella estalla.

Lo que Ferranti-Ballem describe en un artículo publicado recientemente no es un caso aislado. Es un patrón que reconoce en su círculo de amigas, en sus colegas y en los más de dos mil madres que forman parte de los tres grupos de padres en Facebook a los que pertenece. Son muchas las mujeres frustradas, muchas las que están furiosas. Y sin embargo, cuando se mira desde fuera, todo parece funcionar.

El problema, explica Ferranti-Ballem, es casi invisible. No se trata de parejas con hombres desatentos o desinteresados. Ella y sus amigas eligieron compañeros inteligentes, sensibles y empáticos. Tienen carreras profesionales que las satisfacen. Pero cuando los hijos llegaron, muchas se encontraron sumergidas en una carga que no habían previsto: demasiado trabajo con demasiado poco apoyo. Y la pregunta que surge es si sus expectativas estaban desajustadas, si el sueño de una igualdad real implicaba realmente hacerse cargo de la lavadora casi a diario y levantarse antes del amanecer para conseguir plaza en las clases de natación para los niños.

Los datos respaldan lo que muchas mujeres viven en silencio. Entre 2021 y 2024, diversos estudios y encuestas mostraron que un porcentaje elevado de madres se sienten desbordadas. Casi la mitad de las madres trabajadoras reportaron haber experimentado agotamiento, y el 67 por ciento expresó preocupación por su bienestar emocional. Un estudio de la Universidad del Sur de California de 2024 reveló que las madres manejan más del 72 por ciento del trabajo cognitivo en sus hogares: la planificación, la organización, el recordatorio de todo lo que hay que hacer para que la vida familiar funcione. Incluso las tareas físicas no se reparten a partes iguales: las madres siguen realizando cerca de dos tercios del trabajo ejecutivo.

Lisa Wade, profesora de sociología en Occidental College en Los Ángeles, ha estudiado este fenómeno. Su explicación apunta a una contradicción aparente: tanto los padres como las madres trabajan más horas que antes, y las horas trabajadas son prácticamente iguales entre unos y otras. Y sin embargo, las mujeres son consistentemente más insatisfechas con la división del trabajo en sus hogares. Un estudio de 2014 publicado en el "Journal of Marriage and Family" ya apuntaba esta brecha: solo el 11 por ciento de las mujeres casadas con hombres consideraban que la división del trabajo en sus hogares era justa, frente al 45 por ciento de los hombres casados con mujeres.

Lo que marca la diferencia, según Wade, no es tanto la cantidad de tareas físicas como la carga mental y emocional. Las mujeres son quienes piensan, se preocupan, organizan y delegan. Es ese trabajo invisible el que las desgasta. Y no porque estén biológicamente mejor equipadas para hacerlo, sino porque el contexto las ha situado ahí.

"La gente tiende a volverse buena en lo que hace todo el tiempo. Nuestros cerebros son hermosos así", explica Wade, desmontando el mito de que las mujeres estén naturalmente mejor dotadas para la organización doméstica. "Son estereotipos que se rompen cuando cambias el contexto. Nuestros cerebros no hacen tantas cosas diferentes: prestan atención y hacen que nuestros cuerpos funcionen. Las habilidades que necesitamos son las mismas en el trabajo y en el hogar. Solo hemos decidido que cuando se trata del hogar, las mujeres deben ser mejores".

Wade señala además una diferencia en la frecuencia de las tareas que suelen asumir los hombres frente a las que recaen sobre las mujeres. Las tareas culturalmente masculinas —negociar un mejor precio en el seguro del coche, cambiar el filtro de la calefacción— son semanales como mucho, y a menudo mensuales, estacionales o incluso anuales. No son comparables en frecuencia con las tareas diarias de las que muchas mujeres se sienten responsables: la cena, la lavadora, los desplazamientos al colegio, los entrenamientos y las clases extraescolares. "La mente de las mujeres tiende a estar más implacable e incesantemente ocupada que la de los hombres", concluye Wade.

En la vida de Ferranti-Ballem, esa ocupación mental incesante se traduce en una lista que nunca se acaba: qué comidas cocinar el fin de semana para maximizar las sobras que servirán para comidas y cenas, rellenar el mini bote de champú que llevan a la piscina, lavar los bañadores y las toallas para que estén listos al día siguiente, comprobar que el pan no esté mohoso, saber que solo queda una bolsa de leche, confirmar la cita con el dentista, pagar al profesor particular, cancelar la clase de piano, devolver los libros a la biblioteca antes de que se acumule la multa. Todo eso, cada día.

La cuestión, entonces, es qué se puede hacer. La respuesta no es sencilla, y probablemente requerirá una buena dosis del mismo trabajo emocional y mental que ya está agotando a las mujeres. Pero quizás el primer paso sea nombrar lo que hasta ahora ha permanecido invisible: esa carga que no aparece en los estudios de distribución de tareas, que no se refleja en las estadísticas de horas trabajadas, pero que consume tiempo y energía en una proporción que los números no terminan de capturar.

Ferranti-Ballem lo resume con una imagen que muchas madres reconocerán: el resentimiento bullendo justo debajo de la superficie, la sensación de que se está haciendo demasiado con muy poco apoyo, el agotamiento que se acumula hasta que cada seis semanas, más o menos, algo se rompe.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Keira Burton

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