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Cómo hacer huevos de Pascua con niños en casa

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La Pascua tiene muchas formas de celebrarse. Están los conejos de chocolate, las cestas de mimbre y las búsquedas de huevos por el jardín.

Pero antes de que los niños salgan corriendo detrás de los últimos envoltorios de colores, hay un paso que convierte la tradición en algo más cercano: fabricar los huevos con las propias manos.

Hacer huevos de Pascua en casa no es una actividad especialmente complicada, ni requiere materiales difíciles de encontrar. Lo que necesita, sobre todo, es tiempo. Tiempo para sentarse con los niños alrededor de una mesa, tiempo para mancharse los dedos y tiempo para esperar a que el chocolate endurezca. El resultado, además de unos huevos más o menos perfectos, es una tarde compartida.

Lo básico: moldes y chocolate

Para empezar hacen falta pocas cosas. Lo principal son los moldes. Los hay de plástico con forma de huevo, de dos mitades que luego se unen, pero también vale cualquier molde de silicona con formas variadas: conejos, pollitos, flores. Si no se dispone de moldes específicos, se pueden usar recipientes pequeños de silicona para magdalenas y crear figuras más libres.

El chocolate es el protagonista. Lo más sencillo es usar chocolate de cobertura, que se funde con suavidad y tiene un punto de brillo que queda vistoso. También sirve el chocolate normal, aunque hay que tener cuidado al derretirlo para que no se queme. Los niños pueden participar en la elección: chocolate con leche, blanco, negro, o una mezcla de todos.

El proceso, paso a paso

El primer paso es derretir el chocolate. Lo más cómodo es hacerlo al baño maría, en un bol sobre una cacerola con agua caliente, removiendo hasta que quede líquido y sedoso. También se puede usar el microondas, con cuidado de hacerlo en intervalos cortos para que no se sobrecaliente. Los niños pueden mirar, pero conviene que sean los adultos quienes manejen el calor.

Una vez fundido, se vierte una primera capa en los moldes. Con una cuchara pequeña o un pincel de cocina, se extiende el chocolate por las paredes para que cubra bien toda la superficie. Luego se lleva el molde al frigorífico durante unos diez minutos, hasta que esa primera capa endurezca.

Después se repite la operación: una segunda capa, otra vez al frío. Así hasta conseguir el grosor deseado. Cuantas más capas, más resistente será el huevo. Los niños pueden encargarse de vigilar el reloj y de comprobar con la yema del dedo si el chocolate ya está firme.

La hora de decorar

Cuando los huevos están listos y desmoldados, llega el momento que más suelen disfrutar los pequeños: la decoración. Aquí no hay reglas fijas. Se pueden usar lacasitos, fideos de colores, coco rallado, almendras picadas, o simplemente hilos de chocolate blanco y negro que se dibujan con una manga pastelera casera (una bolsa de congelador con un pequeño corte en una esquina funciona perfectamente).

Si se quiere dar un acabado más vistoso, los rotuladores de repostería permiten dibujar con precisión. Los niños pueden escribir nombres, hacer caras, o cubrir el huevo entero de dibujos abstractos. También se pueden pegar pegatinas comestibles, o espolvorear purpurina alimentaria.

La tradición del relleno

Otra posibilidad es hacer huevos que se abren y esconden algo dentro. Para eso, antes de cerrar las dos mitades, se coloca una pequeña sorpresa: gominolas, pegatinas, o un mensaje en un papel diminuto. Luego se sellan los bordes pasando una plancha caliente por el borde o aplicando un poco de chocolate fundido. Hay que tener cuidado de que el relleno no sea demasiado pesado ni grande, para que el huevo no se rompa.

Más allá del chocolate

No todo tienen que ser huevos de chocolate. Otra opción muy extendida es decorar huevos duros. Se cuecen, se dejan enfriar, y luego se pintan con rotuladores especiales, témperas o tintes naturales. El colorante alimentario mezclado con vinagre y agua caliente permite teñirlos de colores vibrantes. Los niños pueden sumergir los huevos con cucharas y ver cómo cambian de tono poco a poco.

Los huevos de corcho blanco también son una alternativa limpia y rápida. Se compran en tiendas de manualidades, se pintan con rotuladores o acuarelas, y se adornan con pegatinas, purpurina o trocitos de tela. Como no pesan ni se rompen, son ideales para los más pequeños.

Lo que queda al final

Al terminar la tarde, lo habitual es que haya más chocolate en las manos y en las caras que en los propios huevos. Pero eso también forma parte del ritual. Los huevos, envueltos en papel de celofán o colocados en una cesta, pueden servir para regalar a los abuelos, para esconder el domingo por la mañana, o simplemente para comérselos viendo una película.

Lo importante, como suele ocurrir con estas tradiciones caseras, no es tanto el resultado final como el rato compartido. Los huevos de Pascua hechos en casa rara vez quedan perfectos. Pero nadie se acuerda de la perfección cuando lo que recuerda es el olor del chocolate fundido y las risas alrededor de la mesa.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © cottonbro studio

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