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Gran mayoría de niños superdotados no llegarán a genios en edad adulta

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Cuando Albert Einstein tenía cinco años, su padre le mostró una brújula. La aguja señalaba siempre al norte movida por una fuerza que el niño no podía ver pero que intuyó que existía. Esa escena, ocurrida en Múnich a finales del siglo XIX, despertó en él una curiosidad que lo acompañaría toda la vida. Einstein aprendió a tocar el violín, leyó libros de física, se sumergió en la filosofía y jugueteó con la geometría. No destacaba especialmente en nada de eso. Era simplemente un niño curioso. Décadas más tarde, aquel niño formularía la teoría de la relatividad y se convertiría en el científico más famoso del siglo XX. Su caso, lejos de ser una excepción, podría ser la regla.

Un equipo internacional de investigadores se preguntó el año pasado si los científicos, músicos y atletas más talentosos del planeta alcanzaban su máximo rendimiento pronto o tarde en sus carreras. Para responder, analizaron los datos de más de 34.000 adultos de alto rendimiento: premios Nobel, compositores de música clásica reconocidos, campeones olímpicos y algunos de los mejores ajedrecistas de la historia.

Los resultados, publicados en la revista Science, contradicen buena parte de lo que se suele pensar sobre el talento infantil. Solo el 10% de los adultos que alcanzaron la excelencia en su campo habían sido niños prodigio. El 90% restante no destacó especialmente durante la infancia o la adolescencia. Tuvieron compañeros que parecían más prometedores que ellos, compañeros que luego quedaron en el camino.

El patrón se repitió en todos los ámbitos estudiados. Entre los diez mejores ajedrecistas del mundo, solo uno había sido un prodigio infantil. El 90% de los atletas de élite no practicaron deporte de alto rendimiento cuando eran niños. Y el 90% de los científicos más brillantes no fueron los mejores estudiantes en primaria ni en secundaria.

Estos datos ponen en cuestión el modelo imperante en los programas de desarrollo del talento. Las escuelas especializadas, las academias deportivas intensivas, los conservatorios y los programas para niños con altas capacidades comparten una misma filosofía: identificar a los mejores lo antes posible para acelerar su desarrollo a base de práctica intensiva. El problema, según los investigadores, es que confunden precocidad con potencial.

Un niño puede destacar a una edad temprana simplemente porque ha practicado más que sus compañeros. Eso no significa que tenga el mayor potencial a largo plazo. De hecho, la especialización temprana suele ir acompañada de experiencias limitadas en otras áreas. El niño que dedica seis horas diarias al violín no tiene tiempo para trepar árboles, leer novelas de aventuras o desmontar juguetes para ver cómo funcionan. Y ese tiempo de exploración, ese período de prueba y error sin presión, podría ser más valioso de lo que se cree.

Los adultos que terminan alcanzando niveles extraordinarios de rendimiento compartían tres características, según el estudio: menos especialización temprana, más práctica multidisciplinaria y un progreso más gradual al principio. Exploraron más antes de concentrarse en un solo ámbito.

Durante la infancia existe una ventana de exploración en la que los niños prueban actividades distintas sin la presión de tener que destacar inmediatamente. A ojos de algunos adultos, ese recorrido puede parecer disperso o incluso una pérdida de tiempo. Pero desde el punto de vista del desarrollo cumple funciones importantes.

Construye habilidades transferibles. Cuando un niño practica diferentes actividades, desarrolla capacidades que luego puede aplicar en otras esferas. Con el tiempo, ese mosaico de competencias crea una base más rica que la que surge de la hiperespecialización.

Estimula la creatividad. Las ideas más innovadoras no suelen nacer de campos estancos. Surgen cuando alguien conecta conocimientos que pertenecen a mundos distintos. La capacidad para relacionar ideas aparentemente inconexas ha estado en la base de los grandes inventos.

Y permite descubrir lo que realmente apasiona. Cuando un niño explora sin presión, encuentra lo que le interesa de verdad, no lo que le dijeron que debía interesarle o aquello en lo que era "bueno". Con los años, esa diferencia se convierte en motivación intrínseca, un motor mucho más potente que la obligación.

El estudio no niega la importancia del talento ni de la práctica temprana. Pero advierte que empujar a los niños a avanzar demasiado rápido puede ser contraproducente. La infancia no es tanto un período de entrenamiento como una etapa de descubrimiento.

Para los padres que creen que su hijo tiene una capacidad especial, los investigadores sugieren algunas pautas. No convertir un talento en una jaula. Que un niño destaque en algo no significa que deba dedicarse a ello a tiempo completo. Dejar espacio para otras actividades no diluye el talento, en la mayoría de los casos lo fortalece.

No presionar demasiado. Si una actividad se convierte en obligación demasiado pronto, puede perder su componente lúdico. Sin juego, la motivación suele desaparecer. El niño puede acabar rechazando las clases de piano o los entrenamientos de tenis precisamente porque dejaron de ser un juego.

Y proteger la curiosidad. Es uno de los motores más potentes del aprendizaje. Cuando los niños tienen libertad para explorar, investigar, jugar y probar cosas nuevas, se vuelven más creativos. Intentar encasillar esas inquietudes en una sola área puede limitar su desarrollo.

Quizá la conclusión más importante es que el talento no es una carrera de velocidad, sino de fondo. Durante ese recorrido, conviene detenerse a disfrutar del paisaje o desviarse para explorar otras rutas. La infancia no es el momento para optimizar cada hora o seguir programas rígidos. Es una etapa para probar, equivocarse y descubrir. Los niños que tienen esa libertad para explorar son, a la larga, los que desarrollan al máximo su potencial.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Parkwood Clinic

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