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Por qué tus niños no actúan como tu cuando tenías su edad

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Los padres llegan a la consulta del doctor John La Puma con una mezcla de frustración y extrañeza que ya reconoce antes de que abran la boca. Dicen: “Mi hijo no puede concentrarse como yo lo hacía a su edad”. Y también: “El colegio se le hace más cuesta arriba”, “cualquier cosa lo desborda”, “está todo el día disperso”. La Puma, médico y especialista en bienestar, lleva años escuchando esta queja recurrente. Y lo que observa no es un brote repentino de indisciplina infantil ni una epidemia de vagancia adolescente. Es otra cosa. Algo más silencioso, más estructural y, sobre todo, más colectivo.

“La explicación por defecto suele ser personal”, escribe el doctor en Psychology Today. “Creen que necesitan más disciplina. Que tienen que esforzarse más”. Pero la atención, sostiene, no es un rasgo moral. No es una virtud que unos niños poseen y otros carecen. La atención es una capacidad cognitiva, y como tal se ve profundamente moldeada por las condiciones que rodean al niño: el sueño, el estrés, la saturación sensorial, el entorno en el que se le pide que se concentre.

Cuando esas condiciones cambian, la atención cambia con ellas.

El pediatra no formula esta idea como una teoría. La presenta como una constatación respaldada por décadas de investigación y por un dato incontestable: la infancia, tal como se vivía hasta hace apenas una generación, ha dejado de existir. Hoy los niños crecen mayoritariamente en interiores. Y pasan una parte sustancial de ese tiempo mirando pantallas.

En Estados Unidos, los niños de ocho a doce años dedican una media de cuatro a seis horas diarias a interactuar con dispositivos digitales.

Los adolescentes pueden llegar a las nueve horas o más. Esa exposición no es neutra. Estudios realizados en distintos países han vinculado el aumento del tiempo de pantalla con una constelación de síntomas: inestabilidad emocional, ansiedad, alteraciones del sueño y una reducción drástica del tiempo al aire libre.

De modo que cuando los padres dicen “algo es diferente”, no están exagerando. El entorno basal de la infancia se ha transformado por completo.

La Puma explica que, desde un punto de vista psicológico, la atención es un recurso finito. El cerebro solo puede filtrar una cantidad determinada de estímulos antes de que aparezca la fatiga. La vida en interiores, tal como se configura hoy, implica una entrada constante de información: notificaciones, ruido de fondo, desplazamiento infinito, multitarea digital, escasas pausas naturales. Cuando la carga cognitiva se mantiene alta durante todo el día, los niños no obtienen la recuperación que sus sistemas nerviosos necesitan.

En ese contexto, la distracción no es desobediencia. Es saturación.

Uno de los vínculos menos evidentes entre las pantallas y la falta de concentración tiene que ver con el sueño. Los dispositivos electrónicos emiten longitudes de onda de luz azul que, históricamente, el ser humano recibía casi exclusivamente del sol. Durante el día, esa luz puede mejorar la atención y el estado de ánimo. Por la noche, sin embargo, interfiere en la capacidad del cerebro para desconectar.

La investigación ha demostrado que la exposición a la luz azul en horario nocturno suprime la melatonina, la hormona que regula los ritmos circadianos y los patrones de sueño. Y cuando el sueño se altera, se produce un efecto dominó: disminuye la regulación emocional, se deteriora la capacidad de concentración, aumenta la irritabilidad y se eleva la reactividad al estrés. Con el tiempo, la falta de sueño de calidad se asocia con ansiedad, trastornos del estado de ánimo y una menor resiliencia.

A veces, lo que durante el día parece un problema de atención comenzó la noche anterior como un problema de descanso.

La Puma advierte también contra otra trampa interpretativa frecuente: la de tratar la ansiedad como un fenómeno separado de la atención. En realidad, compiten entre sí. Cuando el sistema nervioso se activa, el cerebro se orienta hacia la vigilancia: escanear, reaccionar, mantenerse en alerta. Ese estado dificulta enormemente el aprendizaje sostenido.

Muchos elementos de la vida moderna acentúan esta activación sin que los adultos sean plenamente conscientes. El sueño fragmentado. La escasa exposición a la luz diurna. La comparación social permanente. La falta de experiencias sensoriales calmadas. Los niños no eligen distraerse.

Responden a un entorno que mantiene sus cerebros en estado de alerta.

Frente a este panorama, el doctor propone un cambio de enfoque. Uno de los hallazgos más consistentes en la psicología ambiental es que ciertos entornos restauran la atención mejor que otros. Los espacios naturales, el movimiento al aire libre, las condiciones sensoriales tranquilas: todo ello permite que la fatiga cognitiva se disuelva. Los niños no recuperan la concentración mediante el castigo. La recuperan mediante la restauración.

“A veces la intervención más poderosa no son reglas más estrictas, sino ritmos diferentes”, escribe La Puma. Tiempo al aire libre. Mañanas sin pantallas. Pausas para moverse. Aficiones que absorban la atención de forma natural, sin imposición.

Cuando un niño se dispersa o se desborda, la reacción instintiva del adulto suele intensificarse: más recordatorios, más consecuencias, más presión. Pero el entorno, sostiene el especialista, suele ser más eficaz que la disciplina. Unos pocos ajustes pueden reducir la fricción cotidiana: no empezar el día conectado, mantener los dispositivos fuera del dormitorio por la noche, fijar límites temporales a las tareas en línea, programar tiempo diario al aire libre, tratar la atención como algo que necesita recuperación y no castigo.

La solución rara vez es “esfuérzate más”. Es diseñar contextos en los que la atención pueda regresar.

El doctor La Puma cierra su reflexión con una idea que condensa décadas de práctica clínica y observación: “La distracción no siempre es desobediencia. La ansiedad no siempre es fragilidad”. A menudo, estos síntomas son señales de que el entorno está ejerciendo una influencia más poderosa de lo que creemos. Y reconocerlo no exime a los niños de responsabilidad, pero sí libera a los adultos de una condena inútil: la de pensar que todo depende de cuánto aprieten las riendas.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Ron Lach

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