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Palabras que hacen daño en la infancia y te acompañan de por vida

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La memoria puede ser un archivo de momentos pequeños que, con los años, adquieren el peso de una losa, dice Sarah Mitchell en 10 Silicon Canals.

Un colega, hoy con treinta y ocho años, recuerda con precisión el día que su madre, agotada, le dijo en la cocina de su casa: "No puedo esperar a que cumplas dieciocho". La frase quedó suspendida en el aire de esa tarde, y desde entonces ha sido una compañera constante en su vida adulta. Ella, la madre, probablemente sólo pensaba en un futuro con menos responsabilidades intensas, en poder respirar de otra manera. Pero lo que el niño  escuchó fue otra cosa: "No puedo esperar a deshacerme de ti".

Este es solo un ejemplo de un patrón que se repite en incontables hogares. Las palabras, lanzadas al aire en un momento de pura fatiga parental, atraviesan la piel de la infancia y se instalan como una verdad interna. No es un acto de malicia, sino el resquebrajamiento de una persona que vuela un avión en medio de una tormenta mientras trata de construirlo, como describió una vez una abuela. El agotamiento rompe la contención y deja escapar frases cuyo eco puede durar décadas.

Una ejecutiva de cuarenta y cinco años, durante una entrevista, confesó que a los ocho años escuchó a su padre decir, en medio de una crisis financiera: "Nunca quise esta vida". Ella, ya adulta, razona que él se refería al estrés económico, a las largas jornadas. "Pero mi cerebro de niño escuchó: 'Nunca te quise a ti'", relató. Esa inseguridad fundamental sobre el propio derecho a existir, esa sensación de ser una carga que complicó los sueños ajenos, es una herida que suele reaparecer años después en las dinámicas de las relaciones y en la sala de terapia.

El padre sólo quería expresar su frustración por las circunstancias; el niño no tiene la capacidad para separar "esta vida" de su propia existencia.

Los comparaciones son otra herramienta común de la fatiga. "¿Por qué no puedes ser más como tu hermano?" es una frase que, más allá de la intención de buscar un alivio momentáneo en el hijo "fácil", siembra una semilla de rivalidad y de duda permanente. Crea una grieta entre hermanos que puede extenderse por décadas y alimenta en el niño señalado un síndrome del impostor que lo persigue hasta la adultez, siempre sintiendo que no alcanza un estándar invisible. Un hombre que hoy trabaja en ingeniería de software recuerda cómo, durante su infancia, él era constantemente el ejemplo contra el que su hermano mayor era medulado en los momentos de cansancio de sus padres.

Otra frase que parece inofensiva en la superficie es "Yo lo hago todo por ustedes". Los sacrificios parentales son innegables y profundos. Sin embargo, cuando se pronuncia con un tono cargado de resentimiento, su significado se transforma. El mensaje que se internaliza es: "Mis necesidades son excesivas". Los niños aprenden entonces a minimizarse, a pedir menos, a disculparse por ocupar espacio. Como resultado, muchos adultos hoy encuentran casi imposible pedir ayuda, quemándose en el intento de una autosuficiencia total porque una voz interna les recuerda que fueron, una vez, una carga demasiado pesada.

Las comparaciones con el otro progenitor tras una separación son especialmente personales y punzantes. "Eres igual que tu madre" o "Eres igual que tu padre", dichas nunca como un elogio sino como un reproche codificado por todos los defectos que llevaron al divorcio, hacen que el niño se sienta portador de los fracasos ajenos. Una mujer contó que evitó cualquier relación sentimental durante todos sus veinte años porque su madre le repetía constantemente que era "igual que su padre", quien las había abandonado cuando ella tenía cinco años. La frase le hizo creer que estaba destinada a repetir un patrón que ni siquiera había creado.

Tal vez una de las más dolorosas es la frase que queda inconclusa: "Si no fuera por ustedes, los niños…". El final no se pronuncia, pero el niño lo completa: tendría ese trabajo, ese título, esa vida con la que soñaba. El mensaje es claro: tú eres el obstáculo entre mi felicidad y yo. Quienes crecieron escuchando esto suelen convertirse en adultos que o bien se exigen de forma desmedida para intentar justificar el sacrificio, o bien se paralizan, convencidos de que nunca podrán valer lo que sus padres dejaron atrás.

Finalmente, está la frase que cierra cualquier conversación: "Lo entenderás cuando seas mayor". Nacida de la incapacidad para explicar problemas complejos a una mente infantil, esta sentencia crea un abismo.

Le dice al niño que sus sentimientos no son válidos, que su comprensión es insuficiente y que sus preguntas no merecen una respuesta verdadera.

El patrón que establece es duradero: no busques claridad emocional, no esperes respuestas reales, no confíes en que lo que sientes importa lo suficiente como para que alguien se tome el tiempo de explicártelo.

El objetivo de señalar estas frases no es señalar a los padres con un dedo acusador. La crianza es un territorio de agotamiento extremo y de esfuerzos sobrehumanos. La perfección no existe en ese viaje. Pero traer a la luz el peso duradero que estas palabras pueden tener, el modo en que los niños las absorben y las cargan consigo hasta la vida adulta, quizás sirva de algo. Para quien es padre, conocer este impacto puede ayudar a atrapar alguna de estas frases antes de que caigan. Para quien las escuchó y las lleva consigo, saber que no está solo en esa carga puede, tal vez, hacerla un poco más ligera.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Gustavo Fring

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