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Las secuelas que dejan los insultos que sufren los niños

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Las palabras dichas a un niño, por parte de su familia u otros niños, no se desvanecen siempre con el tiempo. Dos psicólogos explican cómo los apelativos como "gordo", "tonto" o "perezoso" pueden dejar huellas profundas en la personalidad adulta, desde la ansiedad hasta la dificultad para confiar en los demás. Cuando un niño escucha que es "gordo", "débil" o "estúpido", su cerebro absorbe esa información sin el filtro que permite distinguir entre un hecho y una opinión. Esa capacidad, explican los especialistas, no se desarrolla por completo hasta la edad adulta. Mientras tanto, el insulto se instala.

La psicóloga Stefanie Mazer, que ofrece servicios presenciales en Florida y telepsicología en 42 estados de Estados Unidos, y el psicólogo Craig Kain, que ejerce en California, han analizado para la revista Parade cómo el hábito de poner apodos despectivos a los niños puede condicionar su desarrollo y manifestarse años después en rasgos de personalidad muy concretos.

Ambos coinciden en señalar que los insultos dirigidos a la identidad personal o cultural —burlas basadas en la religión, la raza o el género— resultan especialmente dañinos. "Pueden erosionar la autoestima de un niño y moldear la forma en que se ve a sí mismo", afirma Mazer. Kain añade que el impacto es mayor porque el cerebro infantil está en pleno desarrollo: "Las mentes de los niños son básicamente esponjas que absorben información con muy poco filtro". Once son los rasgos que, según estos especialistas, suelen desarrollar los adultos que sufrieron burlas en su infancia.

1. Depresión

"El insulto es un ataque a nuestra condición de persona. Alguien más nos está definiendo", explica Kain. "La idea de que somos esas cosas, de que son rasgos esenciales que no podemos cambiar, nos deja sin esperanza y deprimidos". Con el paso de los años, esas palabras pueden seguir resonando y hacer que quienes las escucharon cuestionen su valor. Mazer señala que esto puede manifestarse en depresión o en una tendencia al aislamiento social.

2. Ansiedad

Quienes fueron insultados de niños suelen anticipar, incluso de adultos, que volverán a ser llamados con algún término similar al que les hirió en su momento. Kain apunta que estas personas pueden llegar a invertir "una enorme cantidad de tiempo y energía" en evitar situaciones en las que sientan que pueden ser juzgadas.

3. Complacencia

No es raro que los niños que sufrieron burlas se conviertan en adultos complacientes, "con la esperanza de ganar aceptación", según Mazer. En su esfuerzo por evitar las críticas, suelen esforzarse al máximo por los demás, intentando prevenir cualquier feedback negativo antes de que pueda producirse.

4. Perfeccionismo

Algunos adultos desarrollan hábitos perfeccionistas para combatir las palabras negativas que escucharon al crecer. "Se exigen sobresalir para demostrar su valía", afirma Mazer, y pueden funcionar con la creencia de que "solo un rendimiento impecable les protegerá del juicio".

5. Baja autoestima

Mazer señala que quienes sufrieron insultos pueden mostrarse inseguros sobre su valor o dudar de sus capacidades, "incluso ante logros reales". Añade que suelen ser especialmente sensibles al rechazo y pueden interpretar "comentarios neutrales como críticas". Kain, por su parte, observa que es frecuente que estos adultos recurran al diálogo interno negativo y, en algunos casos, "continúen el trauma infantil insultándose a sí mismos".

6. Dismorfia corporal

Cuando los insultos se refieren al físico —"gordo", "rellenito" o incluso "escuchimizado"—, las consecuencias pueden ser especialmente duraderas. "Si nos dan una descripción distorsionada de nuestro aspecto, la incorporamos a nuestra psique y se convierte en nuestra propia visión literal de nosotros mismos", explica Kain. Esto puede manifestarse en trastornos alimenticios, obsesión por el ejercicio o una preocupación malsana por la apariencia.

7. Vergüenza

Aunque se dejen atrás los insultos, puede quedar una vergüenza residual, según Kain. En un intento por evitar la sensación de bochorno, muchos adultos bloquean esas partes traumáticas de su infancia, lo que afecta a las relaciones que intentan formar. "Si además persiste la creencia de que quienes insultaban podrían haber tenido razón sobre quiénes éramos cuando niños, nos mostramos reacios a dejar que la gente nos conozca de verdad", señala. "Es difícil mantener una relación íntima cuando no se habla del pasado".

8. Miedo a abrirse

Los niños a los que llamaban "demasiado sensibles" suelen convertirse en adultos que temen compartir sus sentimientos. "Estar en una situación en la que sienten emociones fuertes puede resultarles traumático", afirma Kain. Mazer añade que esto también puede manifestarse en la creencia de que los propios sentimientos no son válidos, especialmente si les llamaban "dramáticos" cuando eran pequeños. "Puede hacer que sientan la necesidad de justificar y defender cada emoción, o puede volverlos cautelosos y reticentes a abrirse".

9. Sensación de poca inteligencia

Quienes fueron llamados "tontos" en su infancia pueden llegar a dudar de su inteligencia siendo adultos. Kain señala que esto es particularmente común en niños con dificultades de aprendizaje, y puede llevarles a sentirse inferiores a sus compañeros en el entorno laboral. En casos extremos, evitan aprender cosas nuevas: "He visto a clientes adultos muy inteligentes que, porque alguien con autoridad les llamó estúpidos, no intentan aprender nuevas habilidades informáticas, cambiar de carrera o volver a estudiar".

10. Falta de motivación

Quienes fueron tachados de "vagos" cuando niños pueden tener problemas de motivación al crecer. "A menudo les cuesta sacar adelante las cosas", dice Kain. "Pero en realidad es que no estaban motivados para hacer esa tarea en concreto. Si les redirijo hacia algo que les interesa, suelen ver que la etiqueta de 'vago' no les corresponde". Mazer advierte, no obstante, que esa misma etiqueta puede llevar a situaciones en las que los adultos se exigen hasta el agotamiento "en un esfuerzo por demostrar que no son perezosos".

11. Desconfianza

"Las experiencias infantiles de insultos y acoso nos enseñan que la gente no es de fiar", sentencia Kain, especialmente si el maltrato proviene de un ser querido como un progenitor. "Aprendemos que no podemos depender de los demás para que nos cuiden. Aprendemos que la gente no es segura". Mazer añade que esto dificulta enormemente la formación de relaciones saludables en la edad adulta, porque las personas pueden temer "que dejar entrar a alguien pueda llevar al mismo tipo de dolor que experimentaron en el pasado".

Cómo sanar

Ambos psicólogos coinciden en que es posible superar estas secuelas, aunque requiere trabajo consciente. Kain propone centrarse en momentos de resiliencia o éxito propios para contrarrestar las ideas negativas sobre uno mismo, y no descartar la ayuda profesional. "La clave es desarrollar formas alternativas de verse a uno mismo, creando así nuevas vías neuronales que sustituyan a las antiguas", explica. Mazer secunda la idea de que "la curación es posible", pero requiere reconocer que las palabras negativas escuchadas en la infancia no reflejan "el verdadero valor" de la persona. La terapia, añade, ofrece "un espacio seguro para cuestionar" los viejos pensamientos y encontrar otros más saludables con los que reemplazarlos.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Dale Moore

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