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La taza agrietada: una metáfora para una crianza respetuosa sin perfección

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Hay días en los que, a pesar del esfuerzo consciente, la crianza termina con un nudo en el estómago. Días en los que la paciencia se agota, la voz se eleva o la duda sobre cómo acompañar una rabieta o un miedo se instala como una losa. Entonces llega la culpa, esa sensación corrosiva de que no se está haciendo bien, de que la llamada crianza respetuosa quizá no sea para uno. Muchos padres y madres viven esta contradicción en silencio, atrapados entre el deseo de acompañar desde el respeto y la abrumadora exigencia de una calma y una coherencia que a veces se siente inalcanzable.

Este malestar a menudo nace de un error común en la comprensión del concepto. La crianza respetuosa con frecuencia se interpreta como un modelo en el que todo debe hacerse de manera impecable: no gritar, no perder el equilibrio, no cansarse. Se convierte en un ideal de perfección que, además de ser irreal, resulta profundamente injusto para las familias. Tampoco se trata, como a veces se cree, de una permisividad absoluta donde los niños hacen siempre su voluntad. Criar con respeto implica poner límites claros, pero sostenidos desde la conexión y la presencia, no desde el miedo o la amenaza.

Para dar voz a esta sensación de desgaste y duda, la maestra y madre Eva Matsa compartió en sus redes sociales una metáfora que ha resonado en muchas familias. "La crianza respetuosa no es una taza nueva, es una taza usada, con alguna grieta o con la marca de haber caído alguna vez", explicó. "No es perfecta, pero sigue sosteniendo, sigue calentando, sigue siendo la que elegías cada mañana". La imagen es cotidiana y poderosa: esa taza con el asa reparada, descascarillada por el uso, que no por eso deja de ser válida ni de cumplir su función. Sus marcas, de hecho, cuentan su historia.

Matsa profundizó en la idea con una cita del poeta Leonard Cohen: "Hay una grieta en todo, porque así es como entra la luz". A partir de ahí, lanzó la idea central: "La crianza respetuosa es eso, no es romperse nunca, es dejar que la luz entre por donde un día no salió perfecto". El foco, por tanto, se desplaza de la imposible meta de no fallar nunca, hacia la capacidad de reparar. Criar con respeto no significa no equivocarse, sino permitirse volver atrás, pedir perdón, acompañar después del error y, en definitiva, enseñar con el ejemplo que los buenos vínculos no se rompen por una grieta, sino que pueden fortalecerse en la reparación.

Lo que los hijos necesitan, en esencia, no son padres perfectos. Necesitan adultos presentes, reales y emocionalmente disponibles, que puedan sostenerles incluso desde el cansancio. Personas que, aunque puedan enfadarse, sean capaces de autorregularse y reconocer un error sin desentenderse emocionalmente. La crianza respetuosa no es, entonces, la ausencia de conflicto, sino la presencia en el conflicto. Se trata de no abandonar el vínculo cuando las cosas no salen como se esperaba, algo que ocurre con frecuencia en el día a día.

Como concluye Eva Matsa, "si hoy te sientes agrietada, no te asustes, quizá por ahí está entrando lo más importante". La crianza, desde esta mirada, no es un camino recto y pulcro, sino un andar con una taza usada en las manos, sabiendo que lo que importa no es su perfección, sino el calor que es capaz de contener y ofrecer.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Timur Weber

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