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La “brecha de las palabras” tiene que ver con la pobreza infantil

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El término tiene más de tres décadas. Surgió de un estudio realizado en Estados Unidos en 1995, donde los investigadores Betty Hart y Todd R. Risley revelaron una diferencia en el número de palabras al que accedían los niños de familias con mayores ingresos, en comparación con aquellos de entornos con menos posibilidades económicas. La cifra que se popularizó fue una brecha de 30 millones de palabras. Durante años, este concepto ha servido para explicar, en parte, por qué los niños de familias más adineradas suelen obtener mejores resultados académicos que aquellos de trasfondos menos privilegiados. La llamada "brecha de palabras" vinculaba el bajo nivel de alfabetización inicial con los resultados a largo plazo y las diferencias sociales y económicas.

Sin embargo, en los últimos tiempos, la noción ha sido objeto de revisión. Molly McManus, investigadora de la Universidad de Texas en Austin, advierte que centrarse en esta brecha puede ser contraproducente. En declaraciones recogidas por The Conversation, McManus señala que la idea ha persistido a pesar de las críticas a su metodología original, y "es considerado evidencia para muchas iniciativas y programas". Su preocupación es que este enfoque desvía la atención de los problemas estructurales de desigualdad en la educación y la concentra en una supuesta carencia abstracta de vocabulario.

"Cuando utilizamos la frase 'brecha de palabras' para identificar de antemano a los niños pobres antes de que comiencen la escuela, esto afecta la visión del docente con respecto a lo que estos niños son capaces de hacer", explica McManus. Según su análisis, este marco dirige la mirada del educador hacia lo que los niños de entornos menos favorecidos no tienen, en comparación con sus pares de familias con mayores ingresos. El riesgo, dice, es que se pase por alto lo que sí poseen.

La investigadora argumenta que bajo la lógica de cerrar la brecha, muchas prácticas docentes se orientan a aumentar el vocabulario de manera mecánica, a través de pruebas y repetición, centrándose "fundamentalmente en la obediencia y conductas calmadas". Este enfoque, sostiene, tiene un doble efecto negativo: "Limita las oportunidades de los estudiantes de desarrollar el lenguaje y además afectan negativamente la visión personal de estos estudiantes con respecto a su habilidad de aprender". El resultado puede ser que los estudiantes se sientan menos capaces de triunfar por lo que perciben que no saben.

McManus extiende su crítica a otras hipótesis similares que se centran en las carencias de los jóvenes. Este tipo de marcos, afirma, hacen que muchos docentes no logren explotar "las fortalezas y experiencias útiles que estos jóvenes tienen y les niegan la posibilidad de explorar, hablar y colaborar". Para ella, las diferencias académicas que estos niños pueden presentar no son únicamente "el resultado de lo que sus padres pueden ofrecerles, sino del tipo de experiencias que tienen en sus escuelas".

Los datos sobre la desigualdad en los resultados persisten. Un informe titulado "Infancia, pobreza y crisis económica", publicado por Estudios Sociales de la Caixa, cita datos del estudio PISA de la OCDE. Según esos datos, la diferencia en los resultados académicos entre alumnos de familias con menor nivel sociocultural y económico y los de mayores recursos es del 15,8% en España, una cifra por encima de la media de la OCDE, que es del 14,6%.

El debate, por lo tanto, parece estar virando. Ya no se trata solo de cuantificar una supuesta falta de palabras, sino de cuestionar si el marco mismo de la "brecha" es la herramienta más adecuada para entender y abordar la desigualdad educativa. La pregunta subyacente que queda es si, al enfatizar lo que falta, el sistema educativo podría estar, sin querer, obstaculizando la posibilidad de ver y cultivar lo que ya está presente.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Eden Castle

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