Crisis en tasa de natalidad: riesgos, controversias políticas e inmigración
publisher
mcora
Un informe del Pew Research Center señala que la fertilidad en Estados Unidos ha tocado un mínimo histórico: cada mujer tiene, en promedio, 1,6 hijos. Esa cifra está muy por debajo de la “tasa de reemplazo” de 2,1, ese punto mágico en el que una población se mantiene estable sin crecer ni decrecer. Al mismo tiempo, casi la mitad de los adultos menores de 50 años encuestados en 2024 dijeron que es poco probable que tengan hijos en el futuro, un salto significativo desde el 37% que decía lo mismo en 2018. En un planeta que parece gemir bajo el peso del consumo humano, la pregunta se impone: ¿no deberíamos celebrar una población más pequeña?, se preguntan en The Observer.
La respuesta, sin embargo, tiene aristas profundas y consecuencias que ya se pueden observar en otros lugares. Para ver un ejemplo extremo, se puede mirar a Corea del Sur, donde la tasa de fecundidad se ha desplomado hasta el 0,82, una de las más bajas del mundo. Si la tendencia continúa, se calcula que la mitad de la población surcoreana tendrá más de 65 años. Hoy en Estados Unidos, ese grupo de edad representa aproximadamente el 17%. La pregunta deja de ser retórica y se vuelve práctica: ¿cómo puede un país mantenerse económicamente a flote cuando la mitad de sus ciudadanos está, mayoritariamente, fuera de la fuerza laboral? ¿Qué sistema de salud, por robusto que sea, podría soportar semejante carga sin colapsar? ¿Quién pagará esas facturas?
Estados Unidos, con una tasa casi doble que la surcoreana y amortiguada por sus históricamente altas tasas de inmigración, parece en mejor posición. La llegada constante de inmigrantes jóvenes, cuya infancia y educación fueron costeadas en otro país, funcionaba como un rejuvenecedor demográfico, pero ahora mismo se desea frenar... incluso por medios violentos.
Lo que para unos es una solución lógica (recibir inmigrantes con mayores tasas de natalidad), para otros es la esencia de un problema. Lo que alguna vez fue una teoría conspirativa marginal de grupos neonazis, la llamada “Gran Sustitución” –la idea de que “ellos” fomentan deliberadamente la inmigración no blanca para debilitar el poder blanco–, se ha convertido hoy en un argumento mainstream dentro de sectores importantes del Partido Republicano.
Esta es, quizás, la razón principal por la que la conversación nacional sobre la fertilidad se ha envenenado. En la visión de quienes abrazan estas ideas, la única forma de resolver el problema demográfico real sin caer en la trampa imaginaria de la “sustitución” es fomentar el nacimiento de bebés “estadounidenses de pura cepa”. ¿El método?
Restringir el aborto y el acceso a la anticoncepción, promover un retroceso de las mujeres al ámbito doméstico y difundir una estética de estilos de vida tradicionales que, a menudo, se parece más a un comercial de aspiradoras de los años 50 que a la vida real.
Sin embargo, más allá de este ruido ideológico, existen problemas adicionales vinculados a una población que envejece, problemas de los que se habla menos. El primero es la gerontocracia, el gobierno de los mayores. Existe una gerontocracia directa y evidente en las instituciones: los baby boomers, que representan el 20% de la población total, ocupan el 39% de los escaños en la Cámara de Representantes y el 60% en el Senado. Como se vio en la reciente elección del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, importa que quienes gobiernen estén más cerca en edad y preocupaciones de la mayoría de la población.
Pero existe también una gerontocracia indirecta, más insidiosa, en la cultura, el consumo y la propiedad. El ejemplo más claro es la vivienda.
Más del 75% de los baby boomers son dueños de sus casas, en comparación con aproximadamente el 25% de la Generación Z. Y se podría argumentar que esto es una causa importante, y no solo un efecto, de la crisis de vivienda en Estados Unidos. Lo que a menudo se llama NIMBYismo (el “no en mi patio trasero”) no es, en muchos casos, más que el interés de una generación mayor, ya establecida, priorizando la preservación de su entorno y su patrimonio por encima de necesidades comunitarias como la asequibilidad, la densidad poblacional o el acceso al transporte público.
El segundo problema se expande hacia la política y la cultura en general. Esos vídeos de inteligencia artificial que promueven la “esposa tradicional” pueden provocar rechazo en muchos, pero están alcanzando a su público objetivo. La fertilidad en los condados que votaron por Donald Trump en 2024 es, en general, significativamente más alta que en los que votaron por Kamala Harris. Para muchos, el conservadurismo actual representa una amenaza existencial, no solo para la democracia, sino para el planeta, al combinar políticas climáticas basadas en extraer más combustibles fósiles con una desestabilización geopolítica constante. Si bien es cierto que algunos hijos de conservadores pueden “ver la luz” al crecer, en términos generales, más bebés de padres conservadores ahora significarán más adultos conservadores en el futuro.
Ambos problemas forman un círculo vicioso: a medida que los jóvenes se desilusionan con una política gerontocrática y comienzan a ver la crianza de los hijos como un asunto de la derecha, ambas tendencias se aceleran. Es por eso, argumenta el texto, que el debate no puede cederse a figuras como Elon Musk, que han hecho del alarmismo natalista una bandera personal.
Pero más allá de la política macro, la decisión de tener un hijo es profundamente íntima. Imaginemos a un estudiante universitario, luchando por terminar sus clases y encontrar su lugar en el mundo. Probablemente no sepa aún cuál será su trabajo definitivo ni dónde vivirá, y se esfuerza por asegurar un lugar en una clase media que parece encogerse.
Tener un hijo es probablemente lo último en lo que piensa. No puede permitírselo, tiene una carrera por delante.
Esa, se argumenta, es la causa fundamental de la caída de la fertilidad.
En Estados Unidos existe una cultura poderosa de superación personal. La idea de posponer la familia para “llegar más lejos” es omnipresente.
Tener un hijo implicaría, en la percepción de muchos, hacer compromisos serios con la carrera y el tiempo libre. Aquí es donde la situación de Corea del Sur resulta aún más extrema. Su milagro económico tras la Guerra de Corea se construyó sobre una aterradora cultura de trabajo que agobia a los padres, obligados a ser los sostén de la familia, y sobre todo a las madres, para quienes es casi imposible mantener sus carreras tras el parto. Aunque la situación en Estados Unidos no es tan grave, está claro que el modelo societal actual de conciliación entre trabajo y familia presenta serias fisuras.
Pero estos problemas no son solo externos. Muchas personas afirman que simplemente no pueden tener hijos porque no pueden pagarlos o no tienen tiempo. Históricamente, sin embargo, los pobres siempre han tenido hijos. La diferencia hoy, se sugiere, es que la vida sin hijos ha mejorado a un ritmo mucho más acelerado que la vida como padre o madre.
Antes, un hijo podía ser una fuente crucial de mano de obra o seguridad en la vejez. Hoy, para una gran parte de la población, los beneficios percibidos de tener hijos no superan los enormes sacrificios y compromisos profesionales que conlleva.
© SomosTV LLC-NC / Photo: © RDNE Stock project















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































Comentarios