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Combatir la sobreprotección hacia tus niños

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El parque infantil de un barrio residencial es, a menudo, un escenario revelador. Desde la orilla de la arena o el borde de los columpios, se puede observar un fenómeno que va más allá del juego: padres y madres que se mueven como sombras en sincronía con sus hijos, comentando cada movimiento, anticipando cada tropiezo, celebrando cada logro con un entusiasmo que parece más un deber que una reacción espontánea. "Los padres locutores deportivos", los llama Kaili Colford en un relato personal publicado a fines de 2025. Ella observa desde una banca, a veces apretando la madera para resistir el impulso de intervenir, mientras sus hijos dudan, trepan más alto o lo intentan de nuevo.

Esta escena cotidiana encapsula una tensión más profunda que está siendo discutida por padres y expertos: la posibilidad de que la sobreprotección, impulsada por la ansiedad parental, esté alimentando la misma ansiedad que se intenta prevenir en los niños. "Clínicamente, estamos viendo una generación de niños con menos oportunidades para experimentar una frustración manejable y recuperarse de ella", explica la Dra. Nina Mafrici, psicóloga clínica y codirectora del Toronto Psychology & Wellness Group. "Cuando los padres absorben toda la incertidumbre, los niños pierden la posibilidad de desarrollar músculos emocionales como la paciencia, la resolución de problemas y la tolerancia a la angustia. Cuanto más ansioso está el padre por prevenir la incomodidad, más ansioso se vuelve el niño al enfrentarla".

Las cifras parecen respaldar un clima generalizado de cautela. Una encuesta nacional del C.S. Mott Children's Hospital reveló que el 44% de los padres de niños de cinco a ocho años, y más de la mitad de los padres de niños de nueve a once, afirmaron que las preocupaciones sobre seguridad les impiden permitir que sus hijos hagan cosas de forma independiente. La misma encuesta encontró que el 56% cree que los niños sin supervisión "causan problemas", y uno de cada cuatro ha criticado a otro padre por una supervisión inadecuada. Otro sondeo, el "Parenting in America Today" de Pew, señala que el 45% de los padres se describe a sí mismo como sobreprotector.

Para Colford, el punto de inflexión llegó en un momento aparentemente pequeño. Una amiga le hizo notar, con una sonrisa, su tendencia a interrumpir constantemente el juego de su hija con preguntas y comentarios. "Sé que sentimos que tenemos que intervenir, pero no es necesario", le dijo. "Nosotras también podemos tener nuestro tiempo de adultas". Ese comentario cristalizó una reflexión que ya estaba en marcha: la de que su papel constante como maestra, entrenadora, narradora y animadora podía estar, sin quererlo, socavando la autonomía de sus hijos.

El concepto de "dejar hacer" choca frontalmente con una cultura que a menudo equipara la dedicación parental con la intervención constante.

Lenore Skenazy, presidenta de Let Grow y autora de "Free-Range Kids", una vez etiquetada como "la peor madre de América" por dejar que su hijo de nueve años volviera solo a casa en metro, reflexiona sobre la necesidad de dejar vagar la mente de los niños. "Piensa en algo que te haya dejado boquiabierto por asombro. Ahora imagina a tu madre justo a tu lado, diciendo: 'Vaya, ¿viste esa ardilla? Las ardillas son mamíferos... la palabra 'ardilla' empieza con una mezcla de sonidos, 'es-cu'... pueden tener rabia, así que no nos acerquemos demasiado. ¿Qué nombre le pondrías a esa ardilla si fuera tu mascota? A algunas personas les gustan los nombres de la mitología griega, como Hermes...'".

Skenazy argumenta que los adultos creen que deben proveer "momentos enseñables", pero que "los niños aprenden más cuando sus mentes se abren por el asombro, lo cual requiere una oportunidad para realmente asombrarse, no para ser enseñados".

Crear ese espacio para el asombro y la autonomía implica, en la práctica, una retirada deliberada. No se trata de desentenderse de la logística —los correos del colegio, los tentempiés, los horarios—, sino de retroceder en la microgestión emocional y lúdica. Significa no correr a explicar cómo funciona el mundo cuando un niño pregunta adónde va el agua del inodoro, y en su vez preguntarle qué piensa él. O, como relata Colford, dejar que una pregunta como "mamá, ¿por qué tenemos barbilla?" quede flotando en el aire de la habitación a la hora de dormir, sin una respuesta inmediata que cierre el misterio.

Esta restricción puede sentirse contracultural, como señala Colford, como si uno fuera el único padre que se queda quieto. Y conlleva juicios sociales. Skenazy lo expone con crudeza: "Es desafortunado que juzgar a los padres se haya convertido en un pasatiempo nacional". Ante la presión por estar presente en cada actividad, ella propone una respuesta sencilla: "Amo a mis hijos, pero ese es su momento para jugar. Confío en ellos y en su entrenador, y ellos saben que son amados, incluso si no estoy allí para cada gol".

La conclusión de la Dra. Mafrici ofrece un marco para entender esta distancia no como negligencia, sino como un acto de fe. "La confianza no crece en momentos de perfecta comodidad; crece en los pequeños espacios donde se confía en que los niños resuelvan las cosas por sí mismos.

Desde una perspectiva del desarrollo, esta distancia no es desapego; es fe en la capacidad del niño para afrontar y adaptarse".

El relato de Colford cierra con una idea simple pero poderosa en un contexto de paternidad intensiva: "Estamos todos haciendo nuestro mejor esfuerzo, pero quizás el punto sea hacer menos y dejar que nuestros hijos hagan más". Es una invitación a soltar, no por cansancio, sino por la convicción de que al retirar la sombra protectora, se deja entrar la luz que necesita la autonomía para crecer.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © William Fortunato

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