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Adicción precoz a las pantallas: Dos enfoques sobre lo que se pierden los niños

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Un reciente artículo en el diario The Guardian sobre el tiempo que los niños pasan frente a pantallas abrió un debate que va más allá de la mera restricción de horas. Para Georgi Kamov, cofundador de la organización búlgara Red Paper Plane, el enfoque del problema es insuficiente. "El problema no es simplemente que los niños estén mirando pantallas. Es que no están creando nada significativo", señala.

Kamov lleva once años trabajando con más de 30.000 niños en Bulgaria a través de un programa de aprendizaje basado en proyectos llamado "Design Champions". En él, niños de cinco a diez años no consumen contenido, sino que se convierten en diseñadores de parques o ingenieros de coches.

"Trabajan en 'misiones' que duran semanas, resolviendo problemas reales con materiales reales", explica. La comparación, a sus ojos, es reveladora: mientras algunos maestros ven a niños fabricar teléfonos de cartón porque "es lo que conocen", los niños en sus programas construyen maquetas de sus parques ideales y las presentan a sus comunidades.

"Misma edad, resultados radicalmente diferentes".

Su argumento central es que lo que se describe a menudo no es un problema de pantalla, sino de propósito. "Los niños que pasan horas consumiendo pasivamente se pierden las interacciones de 'servir y devolver' que construyen el lenguaje y las habilidades sociales", afirma. Pero para él, la solución no es simplemente menos tiempo frente a la pantalla. "Es más tiempo significativo: proyectos prácticos, desafíos colaborativos, problemas del mundo real escalados para manos pequeñas y mentes cada vez más grandes". Kamov menciona que Maria Montessori ya comprendió esto hace un siglo: los niños necesitan entornos donde puedan actuar sobre el mundo, no solo observarlo.

Finalmente, hace un llamado a que la próxima guía del gobierno británico sobre el uso de pantallas no aborde solo la duración, sino el propósito.

"La pregunta no es cuántas horas pasan los niños frente a las pantallas, sino qué experiencias se están perdiendo".

Desde nuestra orilla, la psicóloga Lisa Harms, que vive en Estados Unidos, respalda la necesidad de poner el foco en los primeros años, pero desde una perspectiva neurológica y social. "El cerebro se desarrolla rápidamente durante los primeros cinco años, y ese desarrollo es crítico y depende de la interacción del niño con su 'objeto' primario, típicamente la madre", expone. Harms sostiene que esta etapa establece las bases para la vida del niño, sus relaciones, su capacidad de confiar y vincularse, y su sentido de sí mismo y de los demás. "El 'cableado duro' se está estableciendo y no es fácilmente susceptible al cambio".

Harms sitúa el problema en un contexto cultural y económico específico:

"Vivo, desafortunadamente, en los EE. UU., donde tenemos una sociedad muy enferma centrada en el dinero y el poder como éxito". Desde su punto de vista, allí no se valora realmente la crianza de los hijos y a menudo se menosprecia a quienes eligen ser madres que se quedan en casa. "Pero el obstáculo crítico es típicamente financiero. No apoyamos la crianza de los hijos de ninguna manera que se acerque a lo que se necesita", afirma, contrastando la situación con la de algunos países escandinavos que ofrecen largas licencias parentales pagadas y subsidios.

Lo que encuentra más preocupante es una carencia profunda de comprensión. "Lo que realmente falta, profundamente, es una comprensión del desarrollo infantil y de cómo el cerebro está creciendo y 'cableando' las experiencias del niño". Cree que esta comprensión debe ser generalizada para enfatizar la importancia crítica de esos primeros años. "O quizás la gente no quiere saberlo, porque podría significar hacer grandes cambios en sus vidas, si es que pueden permitírselos".

Como recurso, Harms suele recomendar un libro titulado "A General Theory of Love", que aborda, según ella, la importancia crítica de estos primeros años, la crianza y el desarrollo cerebral.

Ambas respuestas, desde la práctica educativa en Bulgaria y desde la psicología en Florida, no piden solo apagar las pantallas. Dibujan un mapa más complejo donde el tiempo de los niños debe medirse en calidad de interacción, en propósito y en las condiciones sociales que permiten que los adultos estén verdaderamente presentes. El debate, sugieren, no es sobre minutos u horas, sino sobre los cimientos que se construyen —o se descuidan— cuando el mundo real compite con uno digital.

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