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10 ideas para evitar riesgo en salud mental de niños varones

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La cuenta de Instagram de la terapeuta infantil Jess VanderWier, conocida como @nuturedfirst, ha publicado un mensaje que inicia con una declaración directa. "Los niños varones están sufriendo con su salud mental". Esta afirmación, según explica, surge de años de trabajo en consulta y de una constatación que comparten cada vez más profesionales: muchos niños experimentan dificultades emocionales para las que no siempre encuentran el apoyo adecuado.

La especialista, madre de tres niñas, observaba un patrón: numerosos niños llegaban con dificultades emocionales para las que el entorno no siempre ofrecía las herramientas o el espacio seguro necesarios. Fue a partir de esa experiencia acumulada que decidió estructurar un pensamiento. "Si yo tuviera un hijo varón", escribió, "estas son las 10 lecciones que tengo muy claro que les transmitiría desde la primera infancia".

La primera de esas lecciones, y quizás la que sostiene a todas las demás, es una frase que debe ser dicha, escuchada y, sobre todo, sentida: "Eres un buen niño y estoy de tu lado". VanderWier explica que se trata de un mensaje fundacional. Un niño necesita saber, de manera inequívoca, que el amor y el apoyo de sus figuras de referencia no son monedas de cambio que desaparecen cuando comete un error o cuando su comportamiento es desafiante. La seguridad que brota de saber que alguien está "de su lado", incluso en los momentos de mayor desconcierto, es lo que construye la confianza necesaria para hablar de lo que duele, para pedir ayuda sin temor a una reprimenda o a un rechazo. No se trata de justificar acciones inadecuadas, sino de realizar una separación clara y constante entre lo que el niño hace y lo que el niño es. Esta distinción, sutil pero poderosa, es la piedra angular sobre la que puede edificarse una autoestima resiliente.

La segunda lección traslada la mirada del núcleo familiar inmediato a un círculo más amplio: la importancia de los referentes masculinos positivos. VanderWier destaca que los niños necesitan ver, en carne y hueso, modelos de masculinidad que sean diversos y completos. Padres, tíos, abuelos, entrenadores, profesores. Hombres que, en su cotidianidad, muestren que es posible expresar cansancio, tristeza o miedo sin que eso suponga una pérdida de valor. Hombres que pidan ayuda cuando la necesitan, que sepan escuchar, que resuelvan conflictos sin recurrir a la agresión, que traten a los demás con un respeto genuino. Estos referentes actúan como un espejo ampliado, que devuelve al niño una imagen de sí mismo mucho más rica y habitable que la que a veces le ofrecen los estereotipos culturales más rígidos. Le enseñan, simplemente con existir, que no está solo en su experiencia y que hay múltiples maneras de ser hombre.

La tercera lección tiene que ver con la narración y la herencia emocional. VanderWier propone compartir con los niños historias y experiencias reales de los adultos que los rodean. No se trata de grandes hazañas, sino de relatos cotidianos sobre dificultades superadas, momentos de duda, decisiones complejas o sentimientos de frustración. Adaptando el lenguaje a su edad, estos relatos cumplen una función doble: por un lado, humanizan a la figura adulta, mostrándola como alguien que también tropieza y se levanta; por otro, transmiten un mensaje tácito pero profundamente tranquilizador: "Lo que tú sientes no es extraño. Yo también lo he sentido. Y se puede atravesar". Estas conversaciones, surgidas de la vulnerabilidad honesta del adulto, tienden un puente de conexión emocional que invita al niño a, a su vez, compartir su mundo interior.

La cuarta lección aborda un terreno que muchos padres y madres recorren con incomodidad: la necesidad de hablar de pornografía y de contenidos digitales inseguros. VanderWier argumenta que el silencio y la evitación no son estrategias de protección efectivas. En un mundo donde el acceso a contenidos inapropiados puede ser accidental y temprano, los niños necesitan un marco de referencia claro. La propuesta es crear, desde antes de que surja el problema, un clima de confianza abierto a estas conversaciones. Hablar de ello de forma calmada y progresiva, explicando qué son esos contenidos y por qué pueden ser dañinos, dota al niño de un protocolo interno. Le permite saber qué hacer si se encuentra con algo que le inquieta o le confunde, y le asegura que puede acudir a sus padres sin enfrentarse al miedo, la vergüenza o el castigo.

La quinta lección reivindica algo que, erróneamente, a veces se retira a los niños varones conforme crecen: el contacto físico y el afecto expresado corporalmente. Abrazos, una mano en el hombro, un gesto cariñoso. VanderWier recuerda que el contacto físico seguro es un regulador natural del sistema nervioso. Transmite calma, protección y una sensación de pertenencia profunda. Para un niño, sentirse querido a través del tacto en su propio hogar reduce la necesidad urgente de buscar esa validación y esa seguridad en otros entornos, a veces menos seguros. El afecto físico constante es un lenguaje que dice, sin palabras, "aquí estás a salvo".

La sexta lección conecta con una necesidad biológica básica, a menudo obstaculizada por las dinámicas modernas: el movimiento y la actividad física. La terapeuta observa que muchos niños pasan largas horas inmovilizados, ya sea en la escuela o frente a pantallas, y que esto tiene un impacto directo y negativo en su estado de ánimo. Correr, saltar, trepar, jugar al aire libre no son simples actividades de ocio; son mecanismos de liberación de tensión emocional. VanderWier insiste en que el movimiento no debe instrumentalizarse, ni usarse como moneda de premio o castigo. Es una necesidad. Permitir y fomentar que el niño mueva su cuerpo es darle una vía directa para procesar el estrés, la frustración o la ansiedad acumuladas.

La séptima lección se centra en el respeto, pero no desde la imposición, sino desde el modelado. Enseñar respeto, según VanderWier, no consiste principalmente en corregir al niño cuando es irrespetuoso, sino en mostrarle, en el día a día, cómo se trata a los demás con dignidad incluso en medio de un desacuerdo o un enfado. Implica acompañar sus momentos de brusquedad o sus expresiones inadecuadas no solo con un "eso no se dice", sino con una alternativa: "Así es como podrías decirlo". Es un trabajo de traducción emocional constante. Además, la terapeuta subraya la necesidad de incidir de manera explícita en conceptos como el consentimiento, enseñándoles que el respeto por el cuerpo y los límites de los demás es innegociable.

La octava lección habla del sentido de pertenencia. Todo niño necesita sentirse parte de algo, aceptado y valorado por quien es, no por lo que logra o cómo se comporta. VanderWier sugiere que este sentimiento se cultiva a través de un interés genuino por su mundo: sus aficiones, sus amigos, sus ideas, sus preguntas. Escuchar sin prisa, validar sus emociones aunque no las compartamos ("veo que eso te ha enfadado mucho"), celebrar sus peculiaridades. Este vínculo de aceptación incondicional, dentro de lo posible, actúa como un poderoso escudo. La investigación citada por VanderWier lo confirma: un fuerte apego familiar es uno de los factores de protección más sólidos frente a problemas de salud mental e incluso ante experiencias como el acoso escolar.

La novena lección extiende el concepto de protección al dominio digital. Para VanderWier, proteger hoy en día implica, necesariamente, acompañar la vida online del niño. Esto va más allá de instalar controles parentales. Se trata de interesarse activamente por lo que hace en internet, por los juegos que juega, los vídeos que ve y las personas con las que interactúa. La terapeuta es clara en una recomendación concreta: evitar que los niños, especialmente en edades tempranas, tengan dispositivos con conexión a internet en sus habitaciones, sin supervisión. Este simple límite físico reduce drásticamente la oportunidad de exposición a contenidos violentos, sexualizados o simplemente incomprensibles para los que su desarrollo emocional no está preparado.

La décima y última lección es, en cierto modo, una síntesis y una declaración de principios. Busca derribar uno de los mandatos más perniciosos que reciben muchos niños: la falsa dicotomía entre ser tierno y ser fuerte. VanderWier insta a mostrarles, con el ejemplo, que la fuerza verdadera no es la insensibilidad. Que se puede llorar ante una pérdida o expresar miedo ante un desafío y, al mismo tiempo, ser valiente, capaz y resiliente. Permitir que un niño varón exprese su vulnerabilidad no lo debilita; al contrario, le otorga un repertorio emocional completo. Le enseña que la tristeza, el temor o la duda no son enemigos a exterminar, sino señales internas a escuchar y gestionar. Un niño que aprende esto no construye una fortaleza hueca basada en la negación, sino una solidez interior arraigada en el autoconocimiento.

Todo este marco propuesto por VanderWier no surge en el vacío. Ella misma lo contextualiza al mencionar datos de investigaciones recientes. Un estudio publicado en la Revista Clínica de Medicina de Familia, que analizó una amplia muestra de niños de entre 4 y 14 años, arrojó una cifra elocuente: el 13,2% presentaba riesgo de mala salud mental. Al desagregar los datos, el riesgo era significativamente mayor en los niños (15,6%) que en las niñas (10,5%). Estas cifras no son, para la terapeuta, un mero porcentaje abstracto. Son la confirmación estadística de lo que ve en su práctica: el malestar emocional infantil es frecuente y no distingue de género, aunque puede manifestarse de manera diferente.

Los datos refuerzan, con el respaldo de la evidencia científica, la idea central de su decálogo: el entorno familiar, la calidad del vínculo y la disponibilidad emocional de los adultos no son solo "buenas intenciones" educativas. Son factores de protección tangibles, con un impacto demostrable en la capacidad del niño para nombrar, procesar y regular sus emociones, reduciendo así el riesgo de que las dificultades iniciales se cronifiquen o deriven en problemas de salud mental más complejos en el futuro.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Miller Law Group

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