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Teoría en torno al sueño infantil y su problemática

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El sueño infantil ha pasado de ser una necesidad compartida en la mayoría de las culturas a convertirse, en ciertas sociedades modernas, en un problema que genera angustia, recomendaciones contradictorias y un mercado en expansión.

Según las antropólogas Cecilia Tomori y Helen Ball, coautoras del estudio "Bebés en cajas y los eslabones perdidos del sueño seguro: la evolución humana y la revolución cultural", la forma en que hoy se concibe el sueño infantil entra en conflicto con la biología. Para ellas, el problema se originó "cuando los padres comenzaron a colocar a los bebés en habitaciones separadas y esperaban que durmieran toda la noche", algo que sitúan a finales del siglo XIX. Esta desconexión entre lo cultural y lo biológico, afirman, ha tenido consecuencias importantes.

Una visión que comparte la antropóloga española María José Garrido, autora del libro Etnopediatría: infancia, biología y cultura, quien recuerda que lo más habitual en gran parte del mundo sigue siendo dormir en compañía. “La idea de que los niños duerman solos es algo muy reciente en la historia de la humanidad”, sostiene.

El contexto actual, marcado por el estrés urbano y la soledad en la crianza, agudiza la necesidad de descanso. La falta de sueño con un bebé que se despierta frecuentemente se convierte en una experiencia agotadora. Un estudio en la revista Sleep concluye que las interrupciones constantes del sueño afectan más a la salud que dormir pocas horas.

A esta situación se suman las presiones de expertos y pediatras. La guía del Ministerio de Sanidad sobre trastornos del sueño, que no se actualiza desde 2011, y otros documentos institucionales alimentan la ansiedad de los padres. Las dudas sobre si el niño duerme lo suficiente o si se despierta demasiado son frecuentes en las consultas.

En Hijos y padres felices, los psicólogos Alberto Soler y Concepción Roger citan la Clasificación Internacional de Trastornos del Sueño de la American Academy of Sleep Medicine, que define como trastorno que un bebé necesite ayuda externa para dormir. "Por la descripción de este trastorno, parece ser que todo lo que escape de que el niño se duerma solo sin la ayuda de sus padres sería patológico", escriben.

El doctor Eduard Estivill, autor de Duérmete niño, sostiene que si el niño asocia el sueño a la presencia de sus padres, necesitará esa presencia para volver a dormirse. Según Estivill, "en la Asociación Americana de Pediatría hay estudios que nos dicen que hay niños inseguros, con déficits afectivos por culpa de esta situación".

Una postura muy distinta tiene el pediatra Carlos González, autor de Bésame mucho, quien considera que “eso del trastorno de las asociaciones al inicio del sueño no es más que inventar un problema para cada solución”. Añade: "Si prohibimos a los padres mecer, acunar, cantar, dar el pecho y hasta poner el chupete a los niños, claro, no duermen, ¡y ya hemos creado el problema!". También la neuropediatra María José Mas Salguero señala: “Los niños muy pequeños prefieren por naturaleza dormir con sus padres y al cambiar esto generamos problemas donde no los había”.

María José Garrido afirma que “en otros países no existen problemas de sueño infantil” y que en algunas culturas africanas ni siquiera existe una palabra para insomnio, porque los despertares nocturnos se consideran normales, incluso en adultos.

La búsqueda de soluciones lleva a muchos padres a seguir métodos conductistas como el de Estivill, basado en el llamado método Ferber.

Presentado en 1996, proponía enseñar a dormir a los niños con técnicas que, según sus defensores, se basaban en hallazgos de la cronobiología y la pedagogía conductual. Estivill afirma: “Gracias a los descubrimientos en el campo de la cronobiología y a la ayuda de pedagogos conductuales que nos informaron de que el sueño es un hábito y todo hábito se puede enseñar, llegamos a la conclusión de que podíamos ayudar a millones de niños en el mundo que duermen mal”.

Sin embargo, el método se popularizó y se aplicó de forma generalizada, incluso a niños sin problemas de sueño. “Ni nosotros ni nadie del mundo científico ha declarado nunca que las normas para enseñar a dormir se han de aplicar a todos los niños”, señala Estivill.

María José Garrido advierte que “el problema de estos métodos conductistas es que funcionan. Los niños dejan de llamar a los padres, no de despertarse, porque aprenden que no van a acudir”. Para ella, esto implica que los niños “dejan de pedir lo que necesitan al resignarse a que nadie responda cuando sienten miedo”.

María Berrozpe, bióloga y autora de La ciencia del sueño infantil, opina que esos métodos “consiguen adiestrarte a ti para que seas capaz de obligar a tu hijo a hacer algo que él ni quiere ni necesita hacer”.

En esta línea aparece una nueva figura: el coach del sueño. Aunque todavía poco implantada en España, ya tiene presencia en otros países.

Carlos González se muestra escéptico: “No entiendo por qué les parece que dormir al niño sin mecerlo ni darle el pecho ni hacerle compañía es una ventaja para los padres. Es como si alguien me propusiera un método para lograr que mi esposa vaya al cine sin mí”.

Otra tendencia en auge es la medicalización del sueño infantil. En 2017, los consumidores en Estados Unidos gastaron más de 437 millones de dólares en suplementos de melatonina, según la revista Nutrition Business Journal. Más de tres millones de adultos y medio millón de niños los consumen. Se espera que la cifra siga creciendo.

La melatonina, que se vende también en herbolarios y supermercados, es reconocida por la Asociación Española de Pediatría como un agente eficaz para ajustar ritmos circadianos, aunque advierte que los datos sobre sus efectos a medio y largo plazo en niños son limitados. La entidad recomienda que solo se utilice bajo supervisión médica, y nunca en menores de seis meses.

Para María José Garrido, esto forma parte de una cultura de “alto grado de control e intervencionismo” que “no respeta el desarrollo natural de procesos del ciclo vital”. A su juicio, medicar a niños para dormir “es innecesario y peligroso”. Carlos González también se opone: “O es verdad que esa sustancia hace dormir a los niños, o es mentira. Si es mentira, ¿para qué dársela? Y si es verdad, pues se trata de un somnífero, tan somnífero como una pastilla comprada en la farmacia”.

Para Berrozpe, el auge del negocio del sueño responde al agotamiento y la inseguridad de muchos padres que buscan soluciones rápidas. María José Mas Salguero considera que “es importante conocer que el sueño del bebé y del niño no tiene los mismos patrones que el del adulto”, lo que podría ayudar a evitar preocupaciones innecesarias.

“Todos necesitamos dormir y no dormir bien es una de las peores torturas”, afirma Berrozpe. Y concluye: “Si te venden la moto de que el niño tiene que dormir solo y después te aseguran que está científicamente demostrado que es bueno que le dejes llorar o le mediques y, encima, que todo lo haces por su bien, consiguen que silencies tus propias emociones y sentimientos… y compres lo único que te permite dormir bien a ti en estas circunstancias”.

© SomosTV LLC-NC / Photo: © Pexels

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